¿Dónde comienza una historia? Habría que desconfiar, para empezar, de la propia pregunta y hasta de su primera palabra, porque preguntar dónde supone que el comienzo ocupa un lugar susceptible, llegado el caso, de ser señalado y distinguido de cuanto lo precede y de cuanto vendrá después. Bastaría entonces con posar el dedo sobre una frase, o sobre una palabra, y decir aquí para que la historia se aviniese a comenzar donde hemos decidido que lo haga. Pero, en el instante mismo de pronunciar ese aquí, algo se nos ha adelantado: comenzar depende de eso que, habiendo comenzado sin nosotros, nos obliga a llegar después, cuando no es posible hallar el acontecimiento, sino, en todo caso, alguna marca suya. El nombre que alguien dejó escrito, por ejemplo, o cierta diferencia sobre una superficie que parecía intacta (prometo que todo esto será aclarado, antes o después). Sea como fuere, lo cierto es que una historia nunca comienza exactamente donde comienza, si es que puede decirse así, y contarla significa haber llegado tarde a lo que la hizo posible. Responder a lo sucedido sin nosotros y, a la vez (ah, la lengua empieza enseguida a complicar las cosas), responder de aquello cuya retirada no habrá sido nunca tan completa como para impedir su permanencia misma.
La actividad de investigar tiene que ver con una demora tal, con ese modo de arribar cuando un lugar ha sido abandonado y, sin embargo, no está vacío. La vieja palabra lo recuerda mejor que nosotros mismos al emplearla: investigare, seguir el vestigium, ir tras una huella, aunque aquello a lo que llamamos huella suponga la ausencia de quien la produjo y no aparezca propiamente mientras el pie continúa sobre la arena. Algo tiene que haberse retirado antes de que podamos seguirlo y eso explicaría el retraso del investigador, por consiguiente, que llega cuando el disparo ha sonado, alguien ha mentido o un cuerpo ha desaparecido y queda, en lugar de lo que no está, una serie de cosas que no valdrían nada si no fuese porque conservan cierta relación con esa ausencia. Investigar significa aprender a leer lo que se da solo porque otra cosa falta; esa singular presencia de lo ausente que, como sabe cualquiera que haya buscado alguna vez algo o a alguien, puede ocupar mucho más espacio que cuanto tenemos delante. Poe sabía algo de esto y no menos Raymond Chandler, que es de quien es pretensión nuestra hablar aquí, pero decirlo así, comenzar de tal modo, sería conceder todavía demasiado a los nombres propios. Una historia comienza, o es posible que lo haga, cuando algo se ha retirado, pero su retirada, en vez de concluirlo todo, nos deja precisamente lo que permitirá seguirla.
Digamos que es ahora cuando el lago entra en escena. Porque un lago guarda, y guardar tampoco quiere decir una sola cosa: puede ocultar lo que recibe, substraerlo a la vista, impedir durante un tiempo que vuelva a la superficie, pero guarda asimismo quien mantiene algo a salvo de su desaparición y, queriéndolo o no, lo reserva para una posible restitución. Las aguas esconden y conservan con un mismo gesto: reciben lo que se les entrega y pueden devolverlo cuando nadie espera su regreso. Por eso una de las más antiguas historias de lo que desaparece sin del todo perderse necesita de ese lago. De sus aguas, dice la leyenda, surgía una mujer que entregaba una espada a un caballero: la Dama del Lago, señora de un territorio en el que las leyes de tierra firme se demoraban apenas comenzaban las aguas. Esa espada era Excalibur. Hagamos memoria: en Le Morte d’Arthur, Sir Thomas Malory cuenta que Arturo y Merlín llegaron a unas aguas hermosas y anchas y que allí, en medio del lago, el rey vio un brazo vestido de brocado blanco que sostenía una espada; después aparecería la doncella sobre las aguas y Merlín podría darle por fin un nombre: «Esa es la Dama del Lago»[1]MALORY, Sir Thomas. 1973. Le Morte d’Arthur. London: Penguin, p. 55. No conviene, es verdad, obligar a la imagen a decir más de lo que dice, aunque tampoco está ya en nuestras manos impedirle que continúe haciéndolo después de Malory: el lago ha guardado demasiado tiempo esa escena como para que podamos fingir que nada sucede cuando, varios siglos y unas cuantas miles de millas más lejos, una dama vuelve a aparecer junto a otras aguas.
Fue Raymond Chandler quien la llevó hasta California y le quitó la espada, operación nada desdeñable, pues lo que regresa nunca lo hace intacto y no habría regreso si todo pudiera tornar exactamente igual. Por eso cuesta contemplar de forma inocente un título como La dama del lago. No encontraremos a Arturo ni a Merlín y sería difícil pretender levantar Camelot entre pistolas, tugurios, corrupción y automóviles que atraviesan, arriba y abajo, California, pero algo de aquella caballería, tan maltratada por los siglos, secularizada y reducida a un comportamiento cuya antigua procedencia es inútil recordar, ha conseguido alcanzar ese lugar. Sobrevivir (todavía podemos emplear esa palabra) tendría menos que ver con la conservación intacta de una forma que con esa extraña fidelidad de lo que retorna alterado, irreconocible a primera vista, llevando consigo una herencia que ni siquiera necesita reconocer como propia. Queda, a su manera, un caballero. Su nombre es Philip Marlowe, lector infatigable de Hemingway, Eliot o Flaubert. Es aquel que carece de corte y escudero y, sin embargo, prosigue su viático.
Mas la huella artúrica había aparecido mucho antes, ya en las primeras páginas de El sueño eterno. Dentro de la mansión Sternwood, Marlowe contemplaba, si bien recordamos, una vidriera donde un caballero intenta rescatar a una dama y piensa que, tarde o temprano, tendrá que subir a ayudarlo, pues aquel hombre «didn’t seem to be really trying»[2]CHANDLER, Raymond. 1972. The Raymond Chandler Omnibus. London: Book Club Associates, p. 3 (todas las citas, en adelante, estarán extraídas de este libro, e irán consignadas entre paréntesis). Marlowe se burla, naturalmente, aunque algo de esa burla recaiga sobre quien la pronuncia: uno de los caballeros permanecerá para siempre en el vidrio, limpio todavía de lodo y sangre; el otro tendrá que abandonar la mansión, salir a la calle y ensuciarse los zapatos para saber cuánto puede sobrevivir de los antiguos fueros morales. Su ministerio ya no merece tierras ni honores (algunas veces ni siquiera el dinero convenido). Consiste, empero, en caminar, según Chandler, por calles malvadas sin dejar por ello de ser un «man of honor»[3]CHANDLER, Raymond. 1968. The Simple Art of Murder. New York: Norton, p. 533. El mundo ha cambiado mucho, demasiado, desde los tiempos de Malory, salvo quizá esa obstinación en la honorabilidad.
Marlowe nos interesa menos, si es que aquí fuera posible separar al detective de aquello que persigue, por los casos que resuelve que por su manera singular de andar dentro de ellos. Llega tarde, no podría hacerlo de otro modo, de otra manera: lo decisivo ha ocurrido ya, alguien pasó por la habitación, movió una cosa, pronunció una frase o dejó, tras de sí, un cadáver. También Marlowe tiene, en esto, su propio Dasein: se gana la vida en un mundo (bien que no demasiado valiente ni nuevo) que ha comenzado sin él y donde leer significa leer lo que queda, los vestigios. Podemos olvidar durante unas páginas quién mató a quién en El sueño eterno[4]Ni siquiera el propio Chandler parecía tenerlo demasiado claro, a juzgar por la célebre historia de Owen Taylor, cuya muerte desconcertó durante la adaptación cinematográfica a Hawks y sus guionistas, Faulkner entre ellos, y acabó turbando incluso al propio Chandler. Vid., HINEY, Tom, and Frank MACSHANE (Eds.). 2000. The Raymond Chandler Papers: Selected Letters and Nonfiction, 1909-1959. New York: Atlantic Monthly Press, p. 105, extraviarnos entre los nombres de Adiós, muñeca o perder por el camino alguna herencia de La ventana alta, pero Marlowe seguirá mirando donde los demás no ven nada, porque a veces basta con que una cosa haya cambiado de sitio para que cambie también cuanto creíamos saber. Lo que ocurre cuando prestamos atención a las cosas, y lo he escrito de esa manera en muchas otras ocasiones, es que las cosas cambian.
La dama del lago, publicada en 1943, llega después de El sueño eterno, Adiós, muñeca y La ventana alta, cuando Los Ángeles es ya Chandlertown, según la feliz denominación que escogería Edward Thorpe[5]Vid., THORPE, Edward. 1983. Chandlertown: The Los Angeles of Philip Marlowe. New York: St. Martin’s Press, porque pocas ciudades de la literatura norteamericana del siglo XX han quedado tan estrechamente ligadas a un escritor como esta California que Chandler recorrió hasta acabar convirtiéndola en territorio propio. Basta abrir cualquiera de sus novelas para que regresen los naranjos, el jazmín o los eucaliptos agitados por el viento nocturno, la brisa que llega del Pacífico y esa luna suspendida sobre las palmeras negras que, entre una muerte y la siguiente, concede decisivas treguas a Marlowe. En El largo adiós hay un pasaje extraordinario en que, después de prepararse un trago, contempla la ciudad desde su casa: «Me quedé junto a la ventana abierta del salón, bebiéndolo mientras escuchaba el oleaje profundo del tráfico en Laurel Canyon Boulevard y contemplaba el resplandor de la gran ciudad airada suspendido sobre el hombro de las colinas por las que se había abierto paso el bulevar. A lo lejos, el aullido de alma en pena de las sirenas de la policía o de los bomberos subía y bajaba, sin quedar nunca del todo en silencio durante mucho tiempo. Veinticuatro horas al día, alguien huye y alguien intenta darle alcance. Allí fuera, en la noche de los mil crímenes, la gente moría, quedaba mutilada, herida por cristales que saltaban por los aires, aplastada contra los volantes o bajo los pesados neumáticos de los automóviles. La gente era golpeada, robada, estrangulada, violada y asesinada. Había gente hambrienta, enferma, aburrida, desesperada de soledad, de remordimiento o de miedo; airada, cruel, febril, sacudida por los sollozos. Una ciudad no peor que otras, rica y vigorosa y llena de orgullo. Perdida y derrotada y llena de vacío»[6]CHANDLER, Raymond. 1973. The Long Goodbye. New York: Ballantine Books, p. 224.
Marlowe conoce la ciudad hasta sus extremos, de Pasadena a Bay City y de allí al océano, porque su oficio no le ha permitido conocerla de otra manera que recorriéndola. Ha tenido, de un modo benjaminiano, que perderse por ella para (re)conocerla. El admirable Fredric Jameson supo ver qué hacía aquella geografía extendida horizontalmente y privada de un centro: dispersaba cuanto sucedía en ella y retiraba, con el centro, la posibilidad de una mirada capaz de reunirlo. Las clases ocupan territorios que apenas llegan a tocarse. Se ha perdido la relativa legibilidad vertical que aún podía ofrecer la ciudad decimonónica, aunque permanezcan sus partes y, entre ellas, unas relaciones que ningún punto de vista alcanza a abarcar por entero. «Ya no hay ninguna experiencia privilegiada en la que pueda aprehenderse la totalidad de la estructura social», escribe Jameson[7]JAMESON, Fredric. 2016. Raymond Chandler: The Detections of Totality. London/New York: Verso, pp. 6-7, y Marlowe (que no creo, a pesar de lo que pueda extraerse de estas reflexiones, que salga de casa con el propósito de conocer las estructuras secretas del capitalismo californiano) acaba peregrinando por esa totalidad imposible mientras busca a alguien o trata de averiguar quién ha mentido, entrando por razón de su oficio en lugares donde nadie esperaba encontrarlo. Por eso Jameson lo llama «explorador involuntario de la sociedad»[8]Ibíd., p. 7 (las cursivas son nuestras), y el adjetivo nos importa: cuanto Marlowe conoce de la ciudad lo descubre mientras perseguía otra cosa, llevado por un rastro que vuelve a ponerlo en camino apenas creía haber llegado.
Investigare recobra su antiguo vestigium, aunque después del camino recorrido tampoco vestigium pueda significar exactamente lo mismo que al principio, pues Marlowe trabaja con lo que queda después de que alguien haya mentido, huido o muerto; marcas, en fin, que remiten a una ausencia y que, al hacerlo, impiden que aquella quede simplemente ausente. «Las huellas, por definición, nunca son visibles en cuanto huellas. Solo si se las busca como marcas de aquello que ya no está», nos ha dicho Quignard[9]QUIGNARD, Pascal. 2002. Sur le jadis. Paris: Grasset, p. 62. El detective analiza ese resto y lo sigue, aunque seguirlo implique dejarse conducir por él: investigar, podríamos aventurar, se acerca por un momento a instigar, puesto que la huella viene de lo ocurrido y, sin embargo, actúa desde delante, llama a Marlowe, lo obliga a atravesar una ciudad que ninguna suma de trayectos conseguirá recomponer. Chandler puede atestarla de gente y conseguir, pese a ello, que cada cual permanezca recluido en su pequeño territorio. La oficina está separada de la siguiente y cualquier casa comienza a apartarse de la acera apenas cruzamos la puerta[10]JAMESON, Raymond Chandler…, Op. Cit., p. 11.
Que dos personas compartan una ciudad no asegura (o no todavía) que vivan en el mismo mundo. La propia palabra compartir conserva la partición que distribuye aquello que se tiene en común y mantiene separados a quienes participan de ello. Jean-Luc Nancy apunta, en La ciudad a lo lejos, que la ciudad se aleja por los puertos, las pistas de despegue, los ríos, las rutas y las vías férreas[11]NANCY, Jean-Luc. 2013. La ciudad a lo lejos. Buenos Aires: Manantial, pp. 12-15: por esos lugares, cuanto tenemos delante puede marcharse. Algo de ese alejamiento acompaña a Marlowe mientras atraviesa Los Ángeles sin poseerlo nunca por entero. Recordemos que Jameson advertía que sus habitantes viven bajo la impresión de que «el centro de las cosas, de la vida, del control, está en otra parte»[12]JAMESON, Raymond Chandler…, Op. Cit., p. 6, y basta que una dirección conduzca a la siguiente para que lo buscado vuelva a quedar unos kilómetros más lejos. Otros detectives podían permitirse reunir el mundo ante ellos y ordenar, por último, el crimen en una estancia, pero Marlowe no. Ya que, en su caso, esto no es ni filosófica ni prácticamente posible, ha de deambular por doquier, sabedor de que hasta el detalle más pequeño pertenece a un lugar y que, por ende, es preciso llegar hasta él para entenderlo. La dama del lago prolonga ese movimiento montaña arriba, hacia Little Fawn Lake, que parece haberse sustraído a la lógica de Los Ángeles y promete por un instante una vida más limpia. La promesa, no obstante, durará lo que tarde el lago en devolver aquello que alguien confió a sus aguas para hacerlo desaparecer.
¿Pero qué sería, después de todo, poseer una ciudad, permanecer en ella, habitarla? Heidegger escribió en Construir, habitar, pensar que «ser hombre significa estar sobre la tierra como mortal, habitar»[13]HEIDEGGER, Martin. 2000. Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, p. 149 y que «el habitar es la manera en que los mortales están sobre la tierra»[14]Ibíd., p. 150. Al retroceder hasta el antiguo alto alemán buan (habitar, permanecer, demorarse), encuentra allí el parentesco con las formas del verbo ser, de suerte que bajo ich bin, du bist, esto es, bajo cuanto creemos haber dicho cuando decimos soy, continuaría oyéndose algo de aquel antiguo yo habito, tú habitas. Chandler se encuentra, es verdad, bastante lejos de Todtnauberg, pero la distancia entre tener domicilio y haber encontrado un lugar donde permanecer me parece que sí recorre sus novelas de principio a fin. Sus personajes poseen alojamiento, si bien pocos son los que parecen habitarlo. Algo de lo que no está exento Marlowe, hombre de parvas permanencias, que pasa buena parte de las novelas trasladándose de un sitio a otro para regresar, de madrugada, a un apartamento cuya puerta puede abrir con su propia llave, sin que la posesión de esa llave (por más que le permita entrar) nos asegure, ni por un instante, que haya vuelto a casa. La vieja pregunta heideggeriana acerca de si las viviendas «garantizan ya que acontezca un habitar»[15]Ibíd., p. 147 ha descendido, ahora sí, desde las alturas de la Selva Negra hasta una puerta cualquiera de Los Ángeles.
Para Chandler, la ciudad ofrece todavía la multitud, vieja aliada de aquellos cuyo deseo es perderse. En cambio, dispone el lago de un procedimiento mucho más inobjetable: desaparecer bajo el agua.
En La dama del lago, asimismo, desaparece la seguridad de los nombres. Crystal Kingsley, Muriel Chess, Mildred Haviland… Marlowe había salido en busca de una mujer y termina obligado a averiguar a quién estaba buscando, pues el nombre, aquello que en principio debía permitirle responder a la pregunta quién, forma parte ya de una economía de lo secreto y de su guarda. «La révélation est institution d’un secret», dejó dicho el laudable Boutang[16]BOUTANG, Pierre. 1973. Ontologie du secret. Paris: Presses Universitaires de France, p. 458. De todos modos, no es menos cierto que fue Benjamin quien relacionó el nacimiento del detective moderno con la metrópolis y con esa nueva ciencia de los indicios mediante la cual todavía era posible perseguir al individuo después de que este hubiese aprendido a desvanecerse entre los demás[17]BENJAMIN, Walter. 1972. Iluminaciones II. Madrid: Taurus, p. 183. Chandler hace desaparecer también el cuerpo, que en La dama del lago permanece durante un tiempo bajo las aguas de Little Fawn Lake, convertido él mismo en la huella, en el vestigium, que habrá de ser leído cuando regrese a la superficie. Algo queda, a pesar de todo, de aquella otra dama que surgía del lago para confiar una misión y una espada a Arturo. Solo que lo que las aguas de Chandler, fieles todavía a su antigua facultad de guardar y devolver, entregarán a Marlowe es un cadáver. Repito: sin nombre o con todos ellos. Algo a lo que, por cierto y desde Melville, no es ajena la gran novela americana.
Esa mujer, cuya ausencia pone en marcha (trátase de una presencia, pues, ausente) la novela, existe durante las primeras páginas únicamente en las palabras de otros y, apenas desaparecida, empieza a quedar sepultada bajo las versiones que pretenden decir algo sobre ella, hasta el extremo de que la búsqueda de un cuerpo termina siendo también una investigación acerca de un nombre. Blanchot sugería, en La literatura y el derecho a la muerte, que nombrar puede separar a la persona «de sí misma, sustraída de su existencia y de su presencia»[18]BLANCHOT, Maurice. 2007. La parte del fuego. La literatura y el derecho a la muerte. Madrid: Arena Libros, p. 288 y, al detenerse en La celosía de Robbe-Grillet, reconocería en el centro de aquella intriga «una fuerte ausencia», algo que falta y cuya falta «permite decirlo y verlo todo»[19]BLANCHOT, Maurice. 1969. El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila, p. 185. Crystal Kingsley ocupa un lugar semejante: apenas falta, su nombre queda disponible, vacante, para quienes pueden pronunciarlo y, bajo ese nombre expedito, mientras Marlowe la busca, van componiendo una mujer incapaz ahora de responderles. Ni siquiera la aparición del cuerpo resuelve por entero esa violencia. A Marlowe le resta perseguir las huellas y deshacer, hasta donde alcance, esa circulación de nombres que ha permitido a unos vivir bajo el de otros y a los muertos seguir respondiendo por palabras que de ningún modo dijeron.
Jameson observa que la obra de Chandler, tan atenta al espacio y al recorrido, se aproxima con frecuencia a un vacío cuya forma extrema será la muerte, y La dama del lago concede a esa intuición una materialidad patente: mientras Marlowe va y viene por carreteras y calles, hay un cuerpo bajo el agua y el crimen pertenece al orden de lo sucedido. Auden había pensado la novela detectivesca clásica, en The Guilty Vicarage, desde una «dialectic of innocence and guilt»[20]AUDEN, W. H. 2002. The Complete Works of W. H. Auden: Prose Volume II: 1939-1948. Princeton: Princeton University Press, p. 262, mediante la cual el crimen irrumpía en una comunidad supuestamente inocente y el descubrimiento del culpable permitía imaginar, siquiera de forma ideal, la restauración del orden quebrantado, hasta el punto de que habla, el poeta, de una fantasía de regreso al Edén. Pero Chandler escribe cuando ese jardín queda lejos y Marlowe, aunque dé con la solución de los casos, no dispone de camino alguno para regresar a él, como tampoco los expulsados de Milton recuperaban aquella blissful seat[21]MILTON, John. 1957. Complete Poems and Major Prose. New York: Odyssey Press, p. 211, y al término de Paradise Lost, con el mundo entero extendiéndose ante ellos, dejaban el Paraíso definitivamente a sus espaldas[22]Ibíd., p. 469. Desvanecida, pues, de ese modo y manera, la antigua confianza en semejante restitución, la novela policíaca todavía puede hablar del mal porque la literatura conserva algo de aquella «vigorosa fuerza de exorcismo del mal radical y del horror» que Bernard Sichère le atribuía[23]SICHÈRE, Bernard. 1996. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, p. 202. En Chandler, sin embargo, el exorcismo llega tarde: cuando comienza, aquello que debía expulsar ha sucedido. El crimen se esclarecerá y conoceremos el nombre del culpable; nada de eso recompone lo ocurrido. La verdad de Marlowe llegará después del disparo, cuando ninguna explicación tenga poder suficiente para obligar a la bala a recorrer, en sentido contrario, el camino hasta el cañón de la pistola.
Kracauer confió algo más, es verdad, en las facultades del detective o, por decirlo con mayor exactitud, comprendió la desmesura de la pretensión que las sostenía. De esa forma, en su tratado sobre la novela policial, la ratio, convertida en «principio constitutivo del mundo», reclama para sí «un mundo completamente accesible al intelecto desligado»[24]KRACAUER, Siegfried. 1981. Le roman policier. Un traité philosophique. Paris: Payot, p. 45, hasta alcanzar en el desenlace «la victoria incontestada de la ratio», cuando la oscuridad ha sido finalmente iluminada y la banalidad de los hechos puede reconstruirse «sin lagunas»[25]Ibíd., p. 173. También Chandler necesita que Marlowe reconstruya los hechos y habrá, al final, algo que pueda llamarse solución. Lo que le niega es la satisfacción de creer que haber resuelto un crimen equivalga a haber puesto en orden el mundo donde pudo cometerse. La policía archivará el expediente y Marlowe volverá a una ciudad que, para resolverlo, tuvo que recorrer por partes. Una ciudad que continúa alrededor de él, intacta y dañada, si es que una de las dos cosas y las dos no son, exactamente y en este caso, la misma.
En cualquier caso, pedirle a Marlowe que formule su código sería una de las formas más seguras de perderlo, porque aquello que guía su conducta suele revelarse justamente cuando encuentra algo que no está dispuesto a hacer y pronuncia, sin protecciones doctrinarias ni el alivio de las explicaciones, un simple no. Camus situaba en esa negativa el nacimiento de la rebelión: alguien (Marlowe, en este caso) dice no y descubre, al decirlo, un límite cuya existencia desconocía hasta que otra persona pretendió obligarlo a cruzarlo. Así, pronunciará el genial argelino, «yo me rebelo, luego existimos»[26]CAMUS, Albert. 1981. Ensayos. Madrid: Aguilar, p. 573. Marlowe, que no lleva ese límite escrito de antemano, lo encuentra, en cambio, cuando alguien pretende decidir por él. «It’s against my principles», responde en El sueño eterno cuando traicionar la confianza de un cliente facilitaría mucho las cosas (70); en La dama del lago, ante la propuesta de hacer desaparecer una prueba, apenas necesita un «Nope», seguido de la advertencia de que «the story will have to come out» (548). Y si alguien pretende, además, imponerle el relato de lo sucedido, dirá: «That’s your story. I don’t have to get stuck with it» (539).
Responder, aquí, se divide (y la palabra no saldrá indemne de la división) entre responder a quien pregunta y responder de aquello que uno haga con la respuesta. Marlowe puede contestar sin entregar lo que esperaban obtener de él e incluso su silencio continúa respondiendo. Chandler encontrará, para La hermana pequeña, una formulación genial: «I won’t lie to you. And I won’t tell you anything I don’t want to tell»[27]CHANDLER, Raymond. 1969. The Little Sister. London: Hamilton, p. 217. La policía puede ordenarle que hable, pero ninguna orden se vuelve justa por el hecho de haber sido pronunciada por la policía, ni tampoco Marlowe aspira a sustituirla. Decide por su cuenta, y ese «por su cuenta» importa porque nada garantiza que vaya a acertar. Chandler lo quiso honorable «by instinct, by inevitability»[28]CHANDLER, The Simple…, Op. Cit., p. 533. Hay cosas que Marlowe no necesita reducir a doctrina para saber, llegado el momento, que no cederá. El día en que Chandler se hubiese sentado a redactar la ética de su detective habríamos perdido al personaje, por más que podamos decir, como Vázquez de Parga, que, a pesar de su cualidad de hombre desengañado que no confía en nada ni en nadie, la lealtad y la honradez son las cualidades más sobresalientes de Marlowe[29]VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador. 1986. De la novela policíaca a la novela negra. Los mitos de la novela criminal. Barcelona: Plaza & Janés, p. 228.
Sí, las cosas, cuando se trata de hablar de Raymond Chandler, se acumulan, es cierto, y todo nos habla con férrea lengua de medianoche, pero quisiera pedir todavía un aplazamiento paciente para poder continuar. Por ejemplo, para decir que Georg Simmel observó, en Die Großstädte und das Geistesleben, que la metrópolis obligaba a desarrollar cierta indiferencia defensiva ante la acumulación de estímulos[30]SIMMEL, Georg. 2016. Las grandes ciudades y la vida intelectual. Paracuellos de Jarama: Hermida Editores, pp. 65-66, necesaria para quien ha de pasar a diario junto a cientos de cosas sin reaccionar a todas ellas. Marlowe parece haberse educado contra semejante hábito y conserva, incluso después de tantos años recorriendo Los Ángeles, una atención dispuesta a demorarse en ese mismo momento en el que el resto ha dejado, consciente o inconscientemente, de prestar atención. Como se sabe, y así se ha dicho no pocas veces, las famosas comparaciones de Chandler pertenecen a esa mirada y sería mezquino, por mi parte, reducirlas al simple oropel. Marlowe ve mal, en el sentido más saludable de la expresión: el detective ve aquello que estropea la apariencia que alguien había dispuesto para ser visto, y una mansión demasiado solemne, un policía satisfecho de su placa o cierto rostro cuidadosamente compuesto pueden venirse abajo por obra de una imagen que no les concede la dignidad solicitada. Chandler sabía que mirar de ese modo era también escribir de ese modo. «There are no dull subjects, only dull minds», acuñó en El simple arte de matar[31]CHANDLER, The Simple…, Op. Cit., p. 528, frase de singular peligrosidad para quienes habían decidido de antemano qué asuntos merecían ser considerados literatura y cuáles debían permanecer en el anaquel de los géneros menores. Después del ramillete de obras maestras facturadas por Chandler, resulta difícil no inclinarse por lo primero. Sé que mi querido Steiner habría tenido, al menos en un momento de su larga carrera, algo que objetar. Je m’excuse.
Dejemos, entonces, por un momento a la literatura con sus nobles aduaneros y regresemos a las cosas todas, aunque solo sea para advertir que tampoco ellas terminan donde termina el caso. Podemos olvidar quién mató a quién y conservar durante años determinada luz sobre una acera, una voz que ya no sabríamos atribuir a nadie o la entrada de alguien en un despacho. Algo queda cuando la intriga se ha cerrado y, entre cuanto queda, se hallan también las fuerzas que hicieron posible el crimen y que ninguna solución detectivesca consigue llevarse consigo. Es por eso, creo, que la policía pertenece en la literatura de Chandler, o suele hacerlo, al problema mismo. La inteligencia excepcional del detective ya no colabora, pese a la torpeza de los agentes, en una restauración más o menos tranquilizadora del orden jurídico, porque Marlowe, antes de entregar una verdad, tendrá que preguntarse qué hará con ella quien posee el poder de administrarla. Bay City le ha enseñado bastante acerca de semejante poder como para desconfiar incluso de la autoridad a la que, en teoría, debería recurrir.
Pero la policía es solo una parte. Adorno escribió en Minima Moralia (en uno de sus exiguos instantes de acierto, aunque dejaremos esa cuestión para otro momento) que «quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas»[32]ADORNO, Theodor W. 2001. Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Madrid: Taurus, p. 9, y unas páginas después añade que «el ámbito entero de lo privado es engullido» por una actividad que ha adoptado las formas de la relación comercial[33]Ibíd., p. 19. Marlowe sabe algo de esa intromisión por una razón menos noble que cualquier vocación de justicia: cobra por entrar en vidas ajenas, por abrir aquello que alguien había preferido mantener cerrado. Después vuelve a casa, si es que podemos seguir llamando casa al lugar donde nadie espera su regreso, y en algunas novelas lo veremos jugar al ajedrez consigo mismo. Es uno de los momentos más tristes de Chandler y, siempre me lo ha parecido, también de los menos necesitados de explicación: quien ha pasado el día interrogando a otras personas es el más adecuado para ocupar, por la noche, ambos lados del tablero. Puede salir a cualquier hora o regresar cuando ya ha amanecido sin que ninguna vida familiar reclame su presencia. Llamaremos libertad a semejante disponibilidad, aunque la palabra empiece a vacilar, otra vez, apenas preguntamos quién podría estar esperándolo al otro lado de la puerta. Tiene apartamento, oficina y una ciudad que conoce mejor que casi nadie. Tiene incluso la llave, como apuntábamos antes. Ahora bien, resulta bastante más difícil decir dónde está su casa.
El largo adiós nos golpea de una manera particular dentro de la serie, porque su amigo Terry Lennox pertenece al reducido número de personas que entran en la vida de Marlowe sin que medie un contrato y, cuando llega la traición, alcanza un lugar que la soledad habitual del detective, administrada durante años hasta convertirse casi en una forma de vida, había conseguido mantener a resguardo. Marlowe había confiado en alguien, cosa poco frecuente en él (recordemos las palabras de Vázquez de Parga), y esta vez no hay cliente, encargo ni dinero que permitan mantener el daño a la distancia acostumbrada[34]Conviene recordar, por cierto, el giro que Robert Altman y Leigh Brackett otorgaron a esa relación en su extraordinaria versión cinematográfica, donde Marlowe llega incluso a matar al propio Lennox. Vid., a este respecto, nuestro artículo: ARANA, Daniel. 2023. «Ocurre todos los días y para mí está bien». Amanece Metrópolis [en línea]. 9 de agosto de 2023. [Fecha de consulta: 26 agosto 2026]. Disponible en: https\://amanecemetropolis.net/ocurre-todos-los-dias-y-para-mi-esta-bien/.
En fin, es perentorio, ahora sí, no dilatar más este homenaje. Ignoro si habremos cumplido aquella promesa, hecha casi al comienzo, de aclararlo todo antes o después. Conviene evitar que, por allegar demasiado la lámpara al texto y querer iluminar hasta su último vericueto, terminemos quemando aquello mismo que pretendíamos leer. Pero ya que hemos encendido el candil crítico, demorémonos todavía un instante en ella, en la luz, porque decimos noir con tanta facilidad que acabamos imaginando siempre el hard-boiled entre calles mojadas, farolas y persianas venecianas, mientras que lo que California ofrece a Chandler es de una crueldad bastante más luminosa, hecha de piscinas y palmeras, perfumes, automóviles, terrazas abiertas y cielos azules bajo los cuales la corrupción puede desenvolverse sin necesidad de que llueva u oscurezca. En La dama del lago, de hecho, Marlowe abandona la ciudad y asciende hacia un paisaje donde cierta herencia romántica permitiría esperar alguna reconciliación. Sin embargo, no obliga el crimen a los árboles a volverse monstruosos ni la muerte de una mujer tiene por qué enturbiar las alturas. No hay un color aberrante que caiga del cielo, sino que el lago sigue siendo hermoso. Refleja la luz y permanece indiferente a cuanto yace bajo sus aguas, y esa serenidad nos mueve a sospecha más que cualquier tormenta. Una década antes lo había dicho ya la inmensa Agatha Christie, por boca de su inmortal Poirot: «Todo respira paz. Brilla el sol. El mar es azul. Pero no olvide que en todas partes está la maldad bajo el sol»[35]CHRISTIE, Agatha. 1963. Evil Under the Sun. London: Pan Books, p. 15.
Y es el lago, claro, y no únicamente la luz, lo que nos devuelve por última vez a Marlowe. Algo de cuanto hemos encontrado estaba ya en aquella vidriera de El sueño eterno y algo seguirá regresando después, cuando El largo adiós lleve hasta la amistad, fuera ya de todo contrato, una herida que el oficio permitía mantener a cierta distancia. Volvamos, pues, retornemos, aunque el regreso nos haya movido entretanto el lugar del que partimos, al lugar donde una dama surgía antiguamente de las aguas para entregar una espada al caballero. Nos queda, eso es, el lago, de cuyas aguas habíamos comenzado diciendo que guardan porque esconden y conservan, y que aquello que reciben puede regresar algún día a la superficie. Faltaba añadir que devolver no significa restituir: la antigua dama surgía de las aguas para entregar una espada a un caballero y la de Chandler regresa cuando ninguna espada podría servirle ya de nada. Marlowe averiguará qué ocurrió, devolverá a cada nombre cuanto pueda todavía pertenecerle y evitará, hasta donde esté en su mano, que una mentira ocupe definitivamente el lugar de los muertos, pero habrá llegado tarde también para eso que ninguna investigación alcanza. El lago devuelve el cuerpo y se queda con el resto. Arturo recibía Excalibur y a Marlowe se le entrega un caso.
Sí, casi podemos sentirlo: Little Fawn Lake ha quedado lejos, quieto entre los pinos y ya otra vez dueño de su silencio, cuando Marlowe regresa a su apartamento y comienzan a encenderse las luces de Los Ángeles. Ah, si se nos concediera aún una pequeña boutade, podríamos decir que la mejor imagen del inconsciente podría ser Los Ángeles al atardecer. En alguna oficina queda una lámpara encendida y su luz, en vez de disipar las sombras, las endurece. Alrededor continúa la ciudad, inmensa y ocupada en vidas que Marlowe desconoce y que solo llegarán hasta él cuando una de ellas, por alguna razón, venga a buscarlo. Coloca el sabueso las piezas sobre el tablero y ocupa de nuevo ambos lados. Mañana regresará a las calles que Chandler llamó malvadas y continuará su viático, hasta que lo veamos alejarse poco a poco y confundirse con la ciudad que durante tantos años recorrió sin poseer.
Marlowe, a lo lejos…
| Título: La dama del lago |
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Referencias
| ↑1 | MALORY, Sir Thomas. 1973. Le Morte d’Arthur. London: Penguin, p. 55 |
|---|---|
| ↑2 | CHANDLER, Raymond. 1972. The Raymond Chandler Omnibus. London: Book Club Associates, p. 3 (todas las citas, en adelante, estarán extraídas de este libro, e irán consignadas entre paréntesis) |
| ↑3 | CHANDLER, Raymond. 1968. The Simple Art of Murder. New York: Norton, p. 533 |
| ↑4 | Ni siquiera el propio Chandler parecía tenerlo demasiado claro, a juzgar por la célebre historia de Owen Taylor, cuya muerte desconcertó durante la adaptación cinematográfica a Hawks y sus guionistas, Faulkner entre ellos, y acabó turbando incluso al propio Chandler. Vid., HINEY, Tom, and Frank MACSHANE (Eds.). 2000. The Raymond Chandler Papers: Selected Letters and Nonfiction, 1909-1959. New York: Atlantic Monthly Press, p. 105 |
| ↑5 | Vid., THORPE, Edward. 1983. Chandlertown: The Los Angeles of Philip Marlowe. New York: St. Martin’s Press |
| ↑6 | CHANDLER, Raymond. 1973. The Long Goodbye. New York: Ballantine Books, p. 224 |
| ↑7 | JAMESON, Fredric. 2016. Raymond Chandler: The Detections of Totality. London/New York: Verso, pp. 6-7 |
| ↑8 | Ibíd., p. 7 (las cursivas son nuestras) |
| ↑9 | QUIGNARD, Pascal. 2002. Sur le jadis. Paris: Grasset, p. 62 |
| ↑10 | JAMESON, Raymond Chandler…, Op. Cit., p. 11 |
| ↑11 | NANCY, Jean-Luc. 2013. La ciudad a lo lejos. Buenos Aires: Manantial, pp. 12-15 |
| ↑12 | JAMESON, Raymond Chandler…, Op. Cit., p. 6 |
| ↑13 | HEIDEGGER, Martin. 2000. Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, p. 149 |
| ↑14 | Ibíd., p. 150 |
| ↑15 | Ibíd., p. 147 |
| ↑16 | BOUTANG, Pierre. 1973. Ontologie du secret. Paris: Presses Universitaires de France, p. 458 |
| ↑17 | BENJAMIN, Walter. 1972. Iluminaciones II. Madrid: Taurus, p. 183 |
| ↑18 | BLANCHOT, Maurice. 2007. La parte del fuego. La literatura y el derecho a la muerte. Madrid: Arena Libros, p. 288 |
| ↑19 | BLANCHOT, Maurice. 1969. El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila, p. 185 |
| ↑20 | AUDEN, W. H. 2002. The Complete Works of W. H. Auden: Prose Volume II: 1939-1948. Princeton: Princeton University Press, p. 262 |
| ↑21 | MILTON, John. 1957. Complete Poems and Major Prose. New York: Odyssey Press, p. 211 |
| ↑22 | Ibíd., p. 469 |
| ↑23 | SICHÈRE, Bernard. 1996. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, p. 202 |
| ↑24 | KRACAUER, Siegfried. 1981. Le roman policier. Un traité philosophique. Paris: Payot, p. 45 |
| ↑25 | Ibíd., p. 173 |
| ↑26 | CAMUS, Albert. 1981. Ensayos. Madrid: Aguilar, p. 573 |
| ↑27 | CHANDLER, Raymond. 1969. The Little Sister. London: Hamilton, p. 217 |
| ↑28 | CHANDLER, The Simple…, Op. Cit., p. 533 |
| ↑29 | VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador. 1986. De la novela policíaca a la novela negra. Los mitos de la novela criminal. Barcelona: Plaza & Janés, p. 228 |
| ↑30 | SIMMEL, Georg. 2016. Las grandes ciudades y la vida intelectual. Paracuellos de Jarama: Hermida Editores, pp. 65-66 |
| ↑31 | CHANDLER, The Simple…, Op. Cit., p. 528 |
| ↑32 | ADORNO, Theodor W. 2001. Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Madrid: Taurus, p. 9 |
| ↑33 | Ibíd., p. 19 |
| ↑34 | Conviene recordar, por cierto, el giro que Robert Altman y Leigh Brackett otorgaron a esa relación en su extraordinaria versión cinematográfica, donde Marlowe llega incluso a matar al propio Lennox. Vid., a este respecto, nuestro artículo: ARANA, Daniel. 2023. «Ocurre todos los días y para mí está bien». Amanece Metrópolis [en línea]. 9 de agosto de 2023. [Fecha de consulta: 26 agosto 2026]. Disponible en: https\://amanecemetropolis.net/ocurre-todos-los-dias-y-para-mi-esta-bien/ |
| ↑35 | CHRISTIE, Agatha. 1963. Evil Under the Sun. London: Pan Books, p. 15 |