Veraneábamos en una pequeña casa de campo que pertenecía a mi familia desde hacía múltiples generaciones.
Al atardecer, mientras mis hijas preferían quedarse en casa a leer y dibujar con su madre, mi hijo Ícaro y yo hacíamos caminatas por los campos que se extendían al pie de las montañas. Entre los naranjos, algarrobos y almendros, los pinos aparecían solitarios al principio, pero después se consolidaban en largas arboledas con sombra. Durante los tórridos veranos, la cordillera estaba reseca y los animales descendían por las laderas y pululaban por los campos irrigados. Los jabalíes se colaban en las granjas; las serpientes, en las casas, y uno avistaba ratones y conejos por doquier.
Desde el cielo, los seguían las rapaces. Búhos, cernícalos, gavilanes… incluso águilas que veíamos volar en círculos, en busca de algún animal.
Un día a mi hijo y a mí se nos hizo tarde y salimos casi al anochecer. El cielo estaba naranja y al poco comenzó a adoptar tonos violáceos. Le dije que, en esta ocasión, la caminata sería corta y que debíamos aligerar la marcha. Tras el primer recodo, empezó a contarme cosas. Yo me limitaba a escucharle, pues lo que deseaba era oírle hablar. Con suma atención me esforzaba por entender todo lo que decía; le hacía preguntas, le ayudaba a completar las frases y le indicaba cómo formular su mensaje aún mejor. Con ello, mi único ánimo era abrirle las puertas de su propia imaginación, empujarle a que se descubriese a sí mismo a través de sus metáforas, asociaciones e ideas, de la belleza que creaba con su increíble cabeza y a la que su boca, de apenas cinco años, daba una forma tan estupenda. Le felicitaba por sus frases y después le proponía construcciones equivalentes, palabras sinónimas que le presentaba como una opción adicional a la que había ideado por sí mismo. Lejos de ofenderse, mi hijo captaba mi consejo al vuelo y lo asumía en su siguiente ejercicio, en la nueva versión de la misma historia que me contaría en nuestro próximo paseo al atardecer. Repetía las anécdotas que tanto me habían fascinado por el mero gusto de escucharse a sí mismo (le encantaba oír su voz), pero también para sentirse celebrado, querido y amado por mí. Y a buen seguro que lo era. Me repetía pensamientos antiguos, sueños o historias que ya había compartido conmigo, y que recontaría también mañana, incorporando los nuevos giros que habían nacido de nuestra conversación. Mientras tanto, yo lloraba de la emoción; la imagen del cuerpo parlante de mi hijo paseando por los campos encarnaba, para mí, la cima de la creación, la cúspide de toda la belleza, la inteligencia y la alegría que había en la Tierra.
Durante aquel paseo tardío, de entre las sombras entrelazadas de las nubes y las copas de los pinos, salió de pronto una inmensa lechuza que, como nosotros, también había levantado el vuelo al atardecer. Izó a mi hijo violentamente del suelo y trató de llevárselo a su nido, con todo su peso, agarrándolo por los hombros. Desesperado, me transformé en un águila portentosa y batí mis alas majestuosas para lanzarme tras él. Alcancé a la bestia a mitad de camino y (sin dejar que mi hijo cayera) la descuarticé en pleno vuelo. Pasamos la noche en el nido que una rapaz había abandonado en las montañas. Y allí hemos vivido desde entonces, en un verano eterno. Nos alimentamos de conejos, roedores, serpientes y de otras palabras. Igual que antes, cada tarde y desde hace años despegamos del risco y volamos allende la cordillera, más allá de las fronteras de nuestro reino, allí donde empiezan las granjas y las residencias estivales. Como estrellas gemelas, planeamos en círculos sobre nuestra antigua residencia y nos asomamos a nuestra vida anterior. Nos observamos a nosotros mismos (cada vez mayores), junto a mi mujer y mis hijas (más crecidas), comiendo en torno a una mesa bien nutrida, o bañándonos en la piscina. Nos visitan, a veces, mis padres (ya ancianos) y al cabo del tiempo aparecen hijos, primos, tíos y nietos, bisnietos… aunque nosotros, en el cielo, nunca cambiamos. Y otra cosa jamás varía: la forma en que los humanos se exaltan al vernos y nos señalan con las manos. A veces incluso parece que se tapen los ojos, como si se protegiesen del sol. Me acuerdo entonces de cuando yo era niño y veía los aviones pasar, y también levantaba y agitaba los brazos, cual náufrago que estuviera gritando:
—¡Socorro! ¡Estoy aquí! ¡Rescátame!
Luis S. Villacañas de Castro
Soy doctor en Filosofía y profesor de la Universitat de València. Me interesan los diferentes mecanismos de transformación social, especialmente el educativo. He publicado "De Kafka a Dewey: Una autobiografía educativa" (Ediciones Antígona) y más recientemente el libro de cuentos "Los niños suicidas y otras catástrofes", en la editorial Guillermo Escolar de Madrid. En ambos casos, muchas de sus secciones y relatos vieron su primera versión en Amanecemetropolis.