Morrison también abordó en esta novela aspectos de la condición de género; de la desventaja y la subordinación a las que hemos estado sometidas las mujeres por los siglos de los siglos, amén. Uno de los elementos más perniciosos y que persiste aún en la actualidad es el concepto de belleza femenina impuesto (que no siempre lo decide el sexo opuesto).

Es un hablar siempre inadecuado, vejado por metáforas inservibles, inferiores a su objeto. Es imposible, digo, pensar la música. Y estas líneas serían del todo innecesarias, al sernos devuelto el discurso a la fatalidad de lo inexpresable, de lo inefable, de eso que Fauré llamará el punto intraducible por encima de lo que es, mientras se preguntaba, como nosotros ahora, como nosotros quizás ya nunca, antes de estas palabras, ¿qué es la música?

Pero es que este librito encantador relata un preludio de la gran historia a la que nos referimos. Me refiero al viaje que realizaron en julio de 1814 Mary Shelley, con sólo dieciséis años, hija de la filósofa Mary Wollstonecraft, que murió en el parto de la niña, y del gurú del anarquismo Wiliam Godwin. Su acompañante es un joven poeta Percy Bysshe Shelley, que está a punto de cumplir veinticuatro, y la hermanastra de la primera, Claire Clairmont, que será a su vez amante de Lord Byron. Percy y Mary han iniciado un romance bastante escandaloso en Inglaterra, ya que el poeta está casado. Y todo este viaje es una especie de fuga y de reto hacia la buena sociedad de la isla que han dejado atrás.

Blanchot reescribió a Kafka, ¿pero sabía la reescritura que realmente rige el texto del cazador? Fue necesario un estudio de los manuscritos que la primera versión francesa no conocía para sacarlo a la luz. Otras ediciones dejan una incoherencia en el final del relato, sin duda siguiendo el ejemplo de las primeras ediciones alemanas: el cazador Gracchus, que le cuenta al alcalde sus largas andanzas, evoca de repente, al final de su discurso, una actividad de escritura que cabe en una frase y se insinúa brevemente en el hilo oral del diálogo.

Hace algún tiempo, buscando información sobre Hans Bellmer en Internet, una impactante fotografía me sobrecogió por la crueldad de su exposición: un cuerpo de mujer desnudo, marcado por la tirantez de un cordón que la rodeaba y estrangulaba del cuello a los tobillos. La palabra que se impuso en mi mente fue “sumisión”, pero Bellmer…