A priori, puede parecer extraño establecer un nexo entre “La cinta dorada” y “Alicia en el país de las maravillas” (Lewis Carroll, 1865), pero muchos de sus personajes perdieron su infancia y entraron abruptamente en el mundo de los adultos a través de una puerta, cayendo en un agujero. Sin embargo, Adela, Erni, Moncho y Javier ya no pudieron despertar jamás de ese sueño sin sentido. El Conejo Blanco, el Sombrerero y la Reina de Corazones se transformaron en seres habituales en su constante huida. Los mares de lágrimas se ahogaron en alcohol o en sexo, las orugas azules se aburrieron de dar consejos, las meriendas de locos cada vez fueron más insoportables, las rosas blancas y rojas se quedaron sin pétalos.

La piedra nos arroja al afuera del pleonasmo: la piedra es un ornato a la altura de las palabras. Ante la imposibilidad de interpretar esos signos, quizá este humanismo de Caillois nos conduzca a apilar estas escrituras, a poner piedra sobre piedra en el bosquejo singular que se hace por las propias instancias. Evidentemente, el humanismo de Caillois se confirma con su preocupación por que la poesía sea un intermediario privilegiado del conocimiento y, por tanto, un medio para tener más control sobre la realidad. Eso explica, por ejemplo, que la poesía de Saint-John Perse le fascine, pues manifiesta, no por nada, una comprensión inigualable del universo, siguiendo la síntesis orquestal de la naturaleza y las civilizaciones que realiza.

Y es un golpe de genio, como el último acorde de una balada triste, un poco loca y perversamente naif, el que elige Christle para cerrar su itinerario. Por si nos ha dado pesadumbre, aunque lo hayamos devorado con los ojos chispeantes y una permanente media sonrisa, a lo que ayuda sobremanera la acogedora edición. Estimulante y depresiva, suministradora del estímulo de la depresión. En esto me recuerda Heather Christle a Cioran, si es que se puede comparar, sin dar un salto mortal, al mejor heredero de los moralistas francesas, con esta inteligente pitonisa, disfrazada de ese muñeco un poco raro y kawaῑ, que nos conmueve en una tarde de lluvia mientras escuchamos canciones de Belle & Sebastian en un tocadiscos.

Hotaru seduce con el misterio y la transgresión, con la sensualidad de los silencios ebrios de historias; con personajes que sobreviven sin quejarse en un círculo que se estrecha, pero degustando, al tiempo que lastimando, cada segundo que marca el péndulo de las épocas y la constancia de la existencia. En la novela está muy presente el realismo mágico en situaciones extrañas que no se cuestionan, aunque resulten inconcebibles en nuestro mundo tangible y práctico, como la ceguera voluntaria por un amor allende el mar o las lágrimas heladas rescatadas de alguna mejilla después de un sueño.