The Haunting of Hill House (La Casa Encantada) es quizás el trabajo más redondo de Shirley Jackson. Publicada en 1959, la novela recrea los días de cuatro personas, el doctor Montague, Luke, Theodora y la narradora Eleanor, en las vivencias de un verano en el que tratan de investigar los fenómenos sobrenaturales que se dan…

Hay aquí un confinamiento terrible del que es imposible escapar, lo familiar que deviene horrible, ominoso. ¿Quién duda ya de que esta antigua casa sea la puerta abierta a nuestro propio subconsciente? Aquí reposan los monstruos, soterrados en desvanes. En nuestra mente, reposan otros, toda vez que, en el fondo, Malpertuis sólo está construida en el foco mismo de cada uno.

Desde que tengo uso de razón, Jacques, este amigo, o Derrida, este amigo al que nunca conocí y sobre el que intento escribir sin saber si es posible, nos habla, o más bien nos llama a la muerte. No piensa en la muerte. No piensa la muerte. Más bien, tal vez, piensa a muerte. A fondo. Cuestión de analogía: incondicional e irreconciliable. Como la sonrisa, la última de las últimas: sonrisa a través de las lágrimas, más allá del rastro y del archivo. Recuerdo de una promesa o promesa de un recuerdo. Una despedida es una transacción entre dos imperativos igualmente irreconciliables. Por eso esta es una carta breve a un amigo, decía, cuya respuesta no obtendré jamás. No habrá postal, ni siquiera una carta en souffrance. En souffrance: dolorosa porque todavía para siempre pendiente, algo que quizás se correspondería con cualquier palabra que uno escriba a la muerte de alguien, mejor aún, después de la muerte, póstumo a la propia muerte.

Ahora me importa el verbo «salvar». No sólo es que libros como este del que ahora hablamos salvan a la filosofía, por lo menos al cada vez más difícilmente satisfactorio, ejercicio de leer nuevos títulos y promesas y naderías, sino que el acto filosófico al que nos convocan, tanto Marín como Choza, es al de salvar la realidad, en servir a la verdad de la cosa. Hace años, hablando en particular de Jacinto Choza, un individuo al que no tengo por completamente necio, al menos a la vista de su prosperidad universitaria, me dijo que Choza no le interesaba nada, por tratarse de una filosofía meramente descriptiva. Y esto, que pensar sea efectuar descripciones afortunadas, capaces de salvar el fenómeno mismo, no me parece mayor detrimento. Aunque sí me lleva, claro, a hacer alguna reflexión sobre el significado de la prosperidad académica.

El nombre no es el libro, el libro es la unidad a deconstruir, lo real de este nombre está constantemente desplazado por la máquina textual, la Biografía es la definición, la máquina textual, y su paradigma platónico de tejido siempre en la memoria, recordado, es la imagen del nombre. El nombre sería el texto definido por la Biografía, pero el definiens es aleatorio, acarreado por el juego de su diferenciación. El conocimiento sería la lectura a condición de recordar que la lectura y la escritura son lo mismo a través de la diferencia que las constituye. El quinto factor es la escritura, siempre idéntica a sí misma y siempre distinta, a través de la lectura, y en relación con la cual el texto sería el reflejo. Este comentario platónico podría ser acusado de reconducir una forma de dualidad metafísica, pero el texto-imagen es también múltiple y cada lectura reconfigura la identidad y la preserva. El texto es ese φαρμακός que, no siendo ni cura ni veneno –escritura o contraescritura-, se afirma por ambos.