La etapa de madurez e independencia vino acompañada de crecimiento y consolidación de su genialidad; las películas que rodó fortalecieron a Hitchcock, no solo como uno de los célebres cineastas de la historia, sino que al igual podemos hablar de él como un autor perfectamente reconocible para los espectadores mundiales.
Aglutinar las acciones en un solo lugar no es algo que le resulte fácil a los directores cuando planifican sus películas. Él mantenía que la emoción se concentrara. En “Crimen perfecto” (1954), para lograr que la intensidad creciera, hace uso de una paleta de colores donde la protagonista aparece vestida en tonos más o menos cálidos y con las luces adecuadas a la dramatización recreada.

“La ventana indiscreta” (1954) viene a confirmar cómo el cine es un espectáculo complejo y diverso, el mejor espectáculo, constituyéndose en fábula irónica de la vida. El voyerismo de James Stewart (Jeff), un periodista arriesgado y machista que ve la vida pasar a través de la ventana del salón de su casa, donde convalece de una rotura de pierna que lo mantiene escayolado e inmovilizado, sirve como despliegue de situaciones cotidianas. Los personajes sin voz, pero con imágenes, reflejan circunstancias de su día a día desde la mirada subjetiva del protagonista. El objetivo de la tan aludida cámara de fotografías de James Stewart hace de testigo de la alienación urbana que sienten los personajes. Es tal la demostración de inteligencia de Hitchcock que no olvida recrear al fondo del patio de vecindad la salida a una calle transversal que tendrá una importancia vital en la narración de la historia. Desde esa imagen del mundo asistimos a una serie de comportamientos humanos comunes y corrientes. Podría haber caído en el error de mostrar decorados vistosos y coloristas. Esto no sucede porque la magnitud de sus imágenes está en función de la emoción que desea conseguir de los espectadores. Los elementos de atrezo con los que cuenta están directamente relacionados con los personajes y el lugar donde transcurre la acción. Entre ellos hay que destacar la cámara fotográfica, el perrito de la vecina, el piano del compositor, los baúles del asesino, las joyas, los accesorios de maquillaje, la comida que se consume… En esta historia visual como ninguna, lo que menos importa es lo que verbalizan los personajes; lo notable son las imágenes y el ruido ambiental junto a la música extradiegética.

Con “Atrapa a un ladrón” (1955), el erotismo del que gozaban las películas del director toma cuerpo en la figura de Grace Kelly en su papel de rica y caprichosa heredera millonaria que se enamora de Grant (John Robie “El Gato”) en la Riviera Francesa. Confundir a Cary Grant una vez embelesado no es difícil, como tampoco lo fue dar la vuelta al guion. Los personajes que interpretó el gran actor que fue Cary Grant eran muy fáciles de conducir por el humor; en el caso de James Stewart, la emoción tomaba cuerpo.
“Falso culpable” (1956), otro recreo por los falsos culpables del director, donde Henry Fonda es acusado de varios atracos a mano armada que no ha cometido. Serán la vida cotidiana y sus circunstancias quienes le obliguen a entrar en este juego. Secuencias del protagonista dentro del coche con una mirada “Fonda”, observador de la vida cotidiana que transcurre normalmente y de la que está excluido, narran la historia. Desde otro contexto y perspectiva, la situación también se presenta en el personaje que interpreta Sean Connery en “Marnie, la ladrona” (1968).

“Con la muerte en los talones” (1955) recupera a Cary Grant y lo empareja con Eva Marie Saint, sin olvidarnos del peso de la presencia del personaje interpretado por James Mason, haciendo de “malo malísimo”. Un filme lleno de trucos invisibles, maquetas y falsos decorados entre los que disfrutamos de una maravillosa recreación del monte Rushmore, denominado santuario de la democracia, por donde transitan los protagonistas y sufren toda clase de infortunios. Para esta película también se construyeron en los platos los espacios reales de las Naciones Unidas, deseo del director; siempre le preocupó la recreación de los lugares reales. La gran escena de Cary Grant en el desierto, que tiene una duración de 7’, muestra la destreza y genialidad de este actor. Hitchcock y su no recurrencia al montaje acelerado, prescindiendo de presentar planos demasiado cortos, acierta de nuevo. Con ello no asistimos a la manipulación del tiempo, sino más bien del espacio; en su lugar, se opta por la objetividad y no la subjetividad de los planos.
Es inexcusable que las películas del director británico estén llenas de onirismo. Como ejemplo podríamos volver a nombrar la colaboración con Salvador Dalí en “Recuerda” (1945). Al igual que del componente muerte, que siempre está presente, teniendo algo que hacer o simplemente que sugerir a los personajes. “El hombre que sabía demasiado” (1956), una segunda versión de la película, realizada con el mismo título en 1934. Esta versión recrea escenas que tienen lugar en el Albert Hall, consideradas de alto voltaje por aunar no solo intriga, suspense y música a cargo de Bernard Hermann. Una proeza cinematográfica, admirada y recreada en sus películas por otros célebres directores de la historia del cine.
Para conseguir en la pantalla el maravilloso amor físico que rezuman muchas de sus escenas, es necesario que las imágenes estén rigurosamente planificadas; con ello no se interrumpe la emoción y, además, no se perjudica el ritmo de la película.

Con “Vértigo. “De entre los muertos” (1958) nos vuelve a posicionar en la incógnita constante de su cine. Estamos ante un cine, ¿de suspense o sorpresa?; el director se sirve de Kim Novak y la duplicidad con la que su personaje se presenta, Madelaine. Cayendo en la necrofilia, nos pone ante un personaje interpretado por James Stewart (Scottie) que quiere acostarse con una muerta. Los esfuerzos que realiza con su mirada azul, altamente penetrante, nos llevan a pensar lo que hace con Kim Novak, que no es vestirla, sino todo lo contrario: la desnuda en su interior. Hitchcock nos teníaacostumbrados a atravesar y leer sus películas con rapidez; en el caso de “Vértigo”, “De entre los muertos” nos obliga a ver a los personajes con lentitud y a un ritmo contemplativo, sosegado, observacional y, para ello, añade el protagonismo a un hombre emocional, nunca sensiblero, más bien fascinado.
En su película “Psicosis” (1960), deja notar la influencia de sus trabajos en televisión; contemplamos a los personajes que sufren acciones violentas —famosa imagen de la ducha protagonizada por Janet Leigh (Marion Crane)— o simplemente inmiscuidas en los lugares donde el espectador se los encuentra. Uno de los datos más indicativos de dónde y en qué punto estaba la obra del director fue la utilización que hizo del acercamiento del arte cinematográfico como creador de emoción masiva en las masas.
“Los pájaros” (1963) muestra una increíble modernidad en su momento, fruto de la experimentada vida creativa del director. Colorista y radiante, engañosa y furtiva, donde se nos aparece claramente como una especulación, una fantasía. Arropada por esa capacidad mental para mostrar cosas irreales, inexistentes por improbables y alejadas de la realidad más cotidiana, es un producto inventado y construido en imágenes.

Portadoras de un lenguaje cinematográfico del que Hitchcock se hacía eco, no solo como buen recreador, al igual que como inventor. El símil connotativo, cuando vemos a Tippi Hedren en la cabina telefónica atacada por los pájaros, nos indica que ella es como un pájaro en una jaula. Aquí lo figurado, subjetivo y emocional del lenguaje aparece en su más certera expresión. La magia que imprime en sus películas venía de su convencimiento de que las imágenes no eran largas o cortas, que era el espectador y la tolerancia que posee ante las mismas quien las determina. En el caso de “Los pájaros” (1963), se construyó una banda sonora con el sonido de los pájaros para sugestionar al espectador. Esto fue capital en muchos momentos del filme.
“Marnie, la ladrona” (1964) se sitúa más allá de la materialidad de los hechos; el enamoramiento y la moralidad tienen un lugar muy particular dentro de la carrera del director. El personaje de Sean Connery (Mark Rutland) nos aparece simplemente como protector de Tippi Hedren (Marnie) en una atmósfera atosigante. Los problemas de decisión del personaje de Marnie hacen que Mark Rutland entre en consideraciones morales frente a situaciones éticas que no le permiten saltarse los impedimentos que tiene Marnie. Por ejemplo, se casan, pero no le permite tener relaciones sexuales con ella, situándose en el dilema de lo que debe hacer y actuando de manera ética. Su reflexión ante el mundo moral que mantiene Marnie es respetada y la toma como una opción humana. Está presto a ayudarla. El público se sitúa ante una pesadilla asfixiante.
“Cortina rasgada” (1966): un argumento y un tiempo donde los directores en líneas generales se preocuparon por la relación de los científicos americanos y los que estaban detrás del telón de acero. Una trama que no acaba de convencer, por la frialdad y las interpretaciones de Paul Newman y Julie Andrews. La historia parte de un misterio y la trama nos mantiene detrás del mismo. Todo el saber que el director había acumulado a lo largo de los años en esta ocasión no le da los resultados deseados. Paul Newman, por su parte, no lo tuvo fácil, puesto que era un actor muy intervenido por sus estudios y métodos utilizados en el “Actor Studios”, que resultaban difíciles de corregir, aportando con ello una emocionalidad excesiva y un tic en el que continuamente volteaba su cabeza. Con ello, Hitchcock, que siempre se inspiró y filmó cosas que visualmente le apetecían y que le interesaban a nivel dramático, aquí se resiente. Ahora bien, también dejo patente que su amor por el cine estaba por encima de cualquier moral.

Dotado del privilegio de hacer obras maestras antiliterarias, lo sitúan en el lugar al que pertenecen los directores estrictos con el lenguaje exclusivamente cinematográfico. Con el paso de los años, ya en la década de los 60, el director echa en falta a sus estrellas con quienes había cosechado grandes éxitos, más que nada porque nunca hizo un cine de personajes, sino de situaciones que creaba para los mismos. En 1969 rueda “Topaz” que, aunque no desmerece sus películas anteriores, la cinefilia se resiente al ver a los grandes actores sustituidos por otros con los que no se conecta. Esto le hace daño al completo de su obra. Las dos últimas producciones, “Frenesí” (1972) y “La trama” (1976), tienen grandes momentos, pero adolecen de la fuerza expresiva y la elegancia a la que nos tenía acostumbrados. No obstante, en la primera rueda, un travelling invertido por unas escaleras de notoria valía, por la carencia de personas en la escena, casi una ironía frente a las muchas escaleras que había rodado en sus películas anteriores (“Encadenados” (1946), “Psicosis” (1960)). En cuanto a “La trama” (1976), en la línea de “Pero ¿quién mató a Harry?” (1955), no satisfizo a los públicos y las escenas en tono cómico en torno al espiritismo no convencieron. Una despedida que no estuvo a la altura de una obra cinematográfica magnífica en donde angustia, sexo y muerte fueron los elementos principales que la presidieron.

Top 10 Hitchcock (1954 – 1976) (sin orden de preferencia y por orden cronológico)
- 1. “Crimen perfecto” (1954)
- 2. “La ventana indiscreta” (1954)
- 3. “Falso culpable” (1956)
- 4. “El hombre que sabía demasiado” (1956)
- 5. “Vértigo (De entre los muertos)” (1958)
- 6. “Con la muerte en los talones” (1959)
- 7. “Psicosis” (1960)
- 8. “Los pájaros” (1963)
- 9. “Marnie, la ladrona” (1964)
- 10. “Topaz” (1969)