A lo largo de toda su vida, el director Maurice Pialat concedió entrevistas e hizo declaraciones donde destacó que había intentado sobrevivir como pintor. Se declaró tímido en un intento de justificar sus malas relaciones con los demás. Tuvo un nexo importante con el teatro que dejó sentir en la puesta en escena de sus trabajos. Su primer largometraje lo realizó a los 42 años, situándose entre los realizadores tardíos en sus debuts. No se consideraba partidario de imitar a nadie y se jactó de buscar la verdad del momento. Su estilo no fue buscado deliberadamente; rechazó en sus primeros filmes el formalismo estético. Deploraba la literalidad narrativa en el cine. Diversas causas interrumpieron sus rodajes con facilidad. Su reputación apunta a ser causante de las mismas.

La tosquedad en las películas de Maurice Pialat es otra cosa; se encuentra llena de sutileza. Buscar en él simpatía o amabilidad es un punto de partida inútil: Sus historias son pretendidamente antipáticas. Debemos considerarle un director que camina con una direccionalidad hiriente dirigida a lo turbio desde una claridad soslayable.” “Nosotros no envejeceremos juntos” (1972), Jean (Jean Yanne), un cineasta colérico y desagradable, y Catherine (Marlene Jobert), amante neurótica y torpe. Protagonizan una historia que se resiste a la ruptura. Recuerdo la escena donde ambos pasean, rodando en el ambiente que fluye en un mercado, y él no solo la rechaza verbalmente, sino que también la empuja sin piedad ante la mirada de las gentes.
Si lo buscado son películas agradables e insípidas, vamos por la senda equivocada. La tranquilidad y el sosiego en las imágenes no forman parte de su universo fílmico. Ahora bien, no seamos cautos o ingenuos porque, al igual, es uno de los cineastas que más astucia ha mostrado con sus propuestas. Por este motivo podemos sentirnos cautivados por lo antipático, lo rotundo. En “La infancia desnuda” (1968), su protagonista, Francois, de nueve años, duerme en el descansillo de una casa de acogida, tierra de nadie, situado entre las dependencias comunes y las privadas. Esta zona de paso nos sirve para situarnos en la provisionalidad que concede a la vida el director. Es tan arduo vivir y duele tanto que nos invita a no echar raíces en ningún lugar. A lo largo de sus películas nos muestra lo transitorio y lo falso de los afectos, dentro y fuera del entorno familiar. Autor crítico y lacerante con todo lo que huela a compromiso, sumisión, dependencia o amor tradicional. “Aprueba primero” (1978): En un pueblo del norte de Francia, los adolescentes asisten al instituto con indiferencia; solo necesitan graduarse para alejarse de los adultos que los sienten como el enemigo y conseguir un mal trabajo, un desempleo asegurado, piensan los mismos desencantados de la vida. Podríamos considerarlo el mago de lo imprevisible, rompedor de lo cotidiano, detractor de todo aquello que huela a actitudes tradicionales. Natural y áspero a los afectos, transita por lo fúnebre “Bajo el sol de Satán” (1987), la muerte “La boca abierta” (1974), el asesinato, las drogas y la migración delictiva “Police” (1985), la infidelidad y prostitución “Loulou” (1980), el sometimiento “Nosotros no envejeceremos juntos” (1972). Se muestra igual de resolutivo ante la maldad que ante la bondad. Cómo no resituarnos en el confesionario donde un infarto fulmina a Donissan (Depardieu) en “Bajo el sol de Satán” (1987), adaptación al lenguaje cinematográfico de la obra de Bernanos, o en las bofetadas que propina a Suzane (Sandrine Bonnaire) un hermano abusivo en fuerza que no en inteligencia, con una displicencia absoluta en “A nuestros amores” (1983)?Junto a esto, la bondad se nos muestra en “La infancia desnuda” (1968). Francoise, un niño de nueve años, establece con la abuela de la casa un afecto real; la quiere y se siente querido por la dulzura de los besos que le propina, robados en una vida anterior en su situación de orfandad.

La mayoría de las películas de Pialat transitan por las tres edades del hombre: la infancia, la madurez y la vejez. La aceptación de la premisa de que lo que tenga que suceder en la vida sucederá queda reflejada en “Aprueba primero” (1978). A este propósito recuerdo una escena en la que una de las jóvenes se casará argumentando que quiere irse del hogar familiar, construyendo un hogar aborrecible en poco tiempo. Vidas que acaban antes de comenzar un proyecto.
Que la vida está llena de transitoriedad es algo común a sus películas. En “Nosotros no envejeceremos juntos” (1972), la pareja juega a un ni contigo, ni sin ti constante. El director hará que el feísmo de las situaciones que se generan esté muy en connivencia con la falta de belleza formal planificada con prioridad. Todo es visualmente aleatorio y, al igual que oímos, vemos saltos de ejes e incoherencias narrativas, sembrándonos la duda de si esto es buscado deliberadamente o fruto del montaje.
Cineasta aguerrido con fuerza a lo que somos y quiénes somos. El interés por lo romántico no se contempla. Nunca estuvo de moda y enorme parte de ello fue debido a que es un director no apto para todos los paladares. Construye sus películas de manera abrupta, fea, rugosa, descubriendo el alma humana y no solo duele; en la mayoría de los casos ofende. “La boca abierta” (1974): En una aldea de Auvergne, una mujer vive sus últimos días enferma de cáncer; alrededor están su hijo y su marido.
Esta rareza en la historia del cine que constituye el cine de Maurice Pialat es complejo de asimilar y tragar. El espejo en su cine descubre bajezas, falta de
amor, cero ternura, egoísmo y afectos que se pierden en el entorno sombrío y gris.
Lo anómalo de su propuesta a distancia no solo afecta a los públicos, sino también a los actores, los productores y aquellos que participan en el proceso conclusivo de sus películas.

Es frecuente la interrupción de la mirada formal en sus filmes, deliberadamente buscada, optando por planos que rompen la cuarta pared a propósito. El suyo es un cine poblado de relaciones insalubres, maltrato a la infancia y a las mujeres iluminadamente torturadas. En su afán por construir imágenes desagradables, se sirve de planos improvisados, de larga duración, buscando una manera de rodar natural, con vínculos directos a la mirada del ser humano. Los saltos de continuidad son proclives, o los fallos inconexos entre planos; la ruptura con la narrativa lineal del cine clásico es continua y con ello se dificulta la comprensión correcta de la trama. Muy a pesar de la falta de forma, consigue realizar películas que desarman y dejan a los públicos como mínimo pensando en lo que han visto, algo que la mayoría de las películas no logran.
Me pregunto, ¿desde dónde tiene que leer las imágenes el espectador? Desde la incomodidad “Nosotros no envejeceremos juntos” (1972), nunca desde el buenismo o la esperanza, desde la incerteza que se encuentra lejos de la obviedad “Bajo el sol de Satán” (1987). La violencia que rodea a sus personajes no da tregua a la posibilidad de redención de estos “A nuestros amores” (1983). No tergiversar las películas ideadas exige leer entre líneas todos los detalles que las componen. Películas desesperadas. Inesperadas, desquiciadamente bellas, “Loulou” (1980): Nelly (Isabelle Huppert) tiene una aventura con Loulou (Gerard Depardieu), un delincuente que tiene una vulgaridad junto a un atractivo sexual que la envuelven. El fluir de las imágenes y de la historia es endiabladamente apasionante.
En más de una ocasión, el abandono que sufren muchos de sus personajes va encaminado a conseguir capturar en la pantalla del cine la pureza del instante real tan valorado por Pialat en los cortometrajes de los Lumière. Nunca renuncio a captar en cualquier segundo inesperado. Mostró tal aversión al trucaje que en ocasiones en los montajes utilizaba planos donde el actor o la actriz se muestran en el previo a la grabación. Sandrine Bonnaire (Suzanne) en una secuencia de “A nuestros amores” (1983), fijándonos con detalle en su mirada hacia arriba, posiblemente esperando una indicación del director.
Pialat era un hombre de carácter fuerte y no demasiado educado; esto provocaba desazón y desconcierto en los actores. Su ansiada búsqueda de instantaneidad y presente absoluto rompía con la sintaxis de las formas que rápidamente irrumpieron con fuerza en el exquisito cine clásico.
Con la utilización del plano secuencia con el que tanto trabajó, pensó un desarrollo individual para cada situación y presentar las mismas dentro de un espacio unitario. En “A nuestros amores” (1983) observamos en la reunión familiar que, junto a los cuatro miembros de la unidad familiar (padre, madre, hijo, hija) con los invitados que comparten mesa y mantel, es propiamente un estricto dentro del total de la historia.

Sus películas están plagadas de instantes en el tiempo, momentos presentes, aislados y distantes entre sí. En “Bajo el sol de Satán” (1987), veremos transitar a Donissan (Depardieu), magnífico por los campos a través; conversará con el demonio… Es algo así como una enciclopedia temática, por fascículos que confluyen en un todo. Esta falta de rumbo desconcierta a los nuevos espectadores jóvenes, acostumbrados a vivir las imágenes de otra manera.
En la evolución de su cine, cuando este abandona deliberadamente el feísmo, “Bajo el sol de Satán” (1987), “Van Gogh” (1991), “El niño” (1995), va a servirse de una sintaxis formal donde la elipsis, el plano secuencia sin rupturas ni paradas técnicas, será fundamental para sus encuadres dinámicos, donde los intérpretes sean espontáneos. “Loulou” (1980) goza de variadas secuencias donde Gerard Depardieu (Loulou) está fantástico en su realismo. Apenas si se desplaza, preso de una cámara que no se mueve. Quería de sus actores interpretaciones espontáneas; se dispensaba de darles órdenes, con lo que ello les desconcertaba. Le interesaba lo auténtico y emocionalmente intenso. El fuera de campo era tanto o más importante que lo que encuadra y muestra la cámara.
El papel de la familia en el universo del director lo es casi todo. La necesidad ruinosa de la misma, casi siempre envenenada, que más que ayuda, destruye. En una secuencia de “A nuestros amores” (1983), será el propio director quien interprete al padre de Suzanne y la invite a no volver al redil envenenado en sus últimos momentos.
Los entornos que recrea el director están lejos del París bohemio y adorado; sus historias tienen lugar en las periferias y los arrabales de las pequeñas ciudades de provincia. Veremos a los huérfanos de “La infancia desnuda” (1968) vivir en casas de familias de acogida que son incentivadas económicamente por los servicios sociales; son buenas personas, pero las relaciones con sus iguales están llenas de conflictos. El sepelio de la madre en “La boca abierta” (1974) con los vecinos en fila esperando el pésame es de lo más tétrico que me he encontrado en las imágenes de la historia del cine.
Las familias que decide recrear son incompatibles con la normalización de vivencias alejadas de lo tóxico; los deseos de unos y otros no se corresponden. En sus lenguajes fílmicos vemos una inclinación partidaria de lo inefable. Le gusta acompañarse del sonido o el silencio ambiental. Los actores en muchas de sus producciones no eran profesionales, si bien hay tres grandísimos talentos de la interpretación con quienes trabajó en más de una ocasión: Gerard Depardieu, Isabelle Huppert y Sandrine Bonnaire.

Cuando reúne a las familias en torno a las comidas, se constituye en una auténtica bomba de relojería; en “A nuestros amores” (1983) todas las groserías y la falta de tacto o mínima ternura se producirán sentados a la mesa. En “Loulou” (1980), en el entorno festivo del conocimiento de miembros nuevos, se llegará no solo a las manos, al igual que al uso de las armas. No fue partidario de utilizar música en sus películas, salvo en contadas ocasiones. Como vengo anticipando en el texto para él la familia es un lugar doloroso y la que se construye en torno a Antoine en su última película “El niño” (1995) nos lo deja patente. La dificultad del amor entre los seres humanos es una constante que presidirá su cine desde los inicios.
Maurice Pialat, gran cineasta, difícilmente ubicable y digerible para las generaciones que transitan el siglo XXI. Un reto hermoso a la conciencia infinita.
