
Al fondo, una voz grita con firmeza: Tres vueltas al parque. Corriendo. La voz pertenece a una chica joven. Lleva cabeza y coleta alta, rabillo del ojo estirado hasta la sien y labios rosa claro a juego con la camiseta. Rostro de estudiante aplicada. La acompañan un grupo de jóvenes que señalan, jalean y ríen. Parece que lo pasan bien, que se divierten con la situación. Mientras, un chico se afana en la carrera, cumpliendo la orden.
A un lado, una hilera de chicos y chicas. Todos vestidos con camiseta naranja ajustada, falda de tul naranja y mejillas pintadas, también de naranja. Aguardan en fila, de espaldas a la verja, como en un paredón. La postura relajada del corrillo contrasta con estos cuerpos que no ríen, estos cuerpos que aguardan con tensión. Que se doblan hacia un lado, se apoyan en la verja, se muerden las uñas. Esperando que llegue su turno y la voz les grite lo que han de hacer. Antes, han debido vestirse con la ropa que ahora llevan encima de la suya y han tenido que dejarse pintar las caras.
La novatada. La burla. La humillación. Es septiembre. El cielo está despejado, salpicado de breves nubes de algodón. El estío sigue fuerte y a las cinco de la tarde el sudor moja frentes, axilas y entrepiernas. El de las tres vueltas vuelve jadeante. Ahora de rodillas.
La escena se me antoja irreal, distópica, con cierto aire onírico. De pesadilla. Pero a la vez me resulta familiar. La he presenciado otras veces. De otras formas, con otras vejaciones, en otros lugares. Siempre por estas fechas, cuando se retoman las clases y el estudiantado regresa a la ciudad.
Valoro cambiar la ruta, dar un rodeo. Vence la pereza y lo descarto. Por un momento siento temor, ¿y si me confunden? Me doy cuenta del absurdo. Hace tiempo que pasé la edad de entrar en la Universidad. ¡Casi treinta años!. Recuerdo correr. Recuerdo la adrenalina y el dolor de estómago. Recuerdo que me torcí una rodilla y que estuve semanas con la pierna vendada. Atravieso el parque lo más rápido posible. No sabré si la broma será igual para todas. No sabré si las órdenes las dará siempre la chica de la camiseta rosa. No sabré nada más. Realizaré una huida aséptica.
Sin embargo, no conseguiré zafarme tan fácilmente. La imagen del parque volverá a mí durante días. Con horror. Y vendrán las preguntas. ¿Por qué no intentan escapar? ¿Por qué se quedan ahí esperando que alguien les chille mientras los otros ríen? ¿Acaso desde su atuendo naranja y sus mejillas humilladas piensan en la revancha que se tomarán el próximo año, cuando sean ellas las veteranas? ¿Sus pruebas serán más o menos crueles? ¿Quizá les consuela que es el precio que han de pagar por pertenecer, que lo prefieren a ser los parias del colegio mayor?
Y alguien dirá: Pero mujer, si son solo bromas.