Mi madre nota mi mano helada. Ella sabe desde que éramos bebés que siempre hay que llevar una rebeca por si acaso. Me pregunta si me encuentro bien, si tengo frío, si me duele algo. Le digo que me he destemplado y que tengo el cuerpo raro. Mientras toca al timbre de la casa de su cuñada saca del bolso una rebeca de hilo blanco para mí. Se le ilumina la cara de dentro como tomada por un rayo de luz divina. Mi mamá es un gusilú y me ha salvado, ahora podré cubrir el llavero, podré abrocharme la rebeca y resguardar a Cobi.