Hay historias que recorren sendas marcadas, es fácil seguirlas porque devienen rutinas. Las seguimos porque no exige grandes complicaciones transitarlas. Conocemos la geografía que demarcan como conocemos nuestro cuerpo, como intuimos el placer de degustar un sabor que conocemos. Sin embargo hay otras, que aunque comunes, mal que le pese a las narrativas, abren otras…

Al finalizar la representación que ofrece Cheever de los suburbios de clase alta de la Costa Este, su paleta de colores ha terminado por enturbiar el, en principio brillante y alegre, boceto del principio. Cuando comienzan viaje y relato, cada patio tiene una reluciente piscina, donde la gente ríe y disfruta del jolgorio, bebe sin mesura y sobrevive gracias a las empresas de catering y los camareros. Es este es un mundo de lujo, parece decirnos Cheever, fácil y tranquilo. Pero no tarda en enturbiarse tal panorama ficticio, pues, en muchos sentidos, a pesar de esta descripción idílica en la historia, hay un sentido autoral obligado para alterar la felicidad desde la misma homogeneidad patente.