Había una vez una mujer con una tendencia probablemente genética a la pérdida de encía, algo que le pasa a un porcentaje nada despreciable de la población. Esta tendencia se veía agravada por el hecho de que la mujer se cepillaba los dientes con demasiado ahínco, hasta el punto de que era incapaz de hacerlo sin llenar de espuma el cepillo entero y empaparse de espumarajos las manos y parte de los antebrazos, cual caballo epiléptico.
A lo largo de años, la degradación de la encía había provocado que la raíz del colmillo superior derecho de la mujer asomase más de lo deseable, lo que daba a la mujer un aire de vampiresa gótica. El dentista que había tratado a la mujer desde niña le dijo un día que ese gusto de su colmillo por el destape podía ser problemático, ya que la retracción de encías puede motivar, como consecuencia última y extrema, la pérdida de la pieza dental. Así que, como recomiendan siete de cada tres dentistas, aconsejó a la mujer ponerse en buenas manos y hacerse un injerto de encía.
El injerto de encía es algo tan desagradable y asqueroso como su nombre indica. Se hace bajo anestesia local, y consiste en recortar un pedacito de piel del paladar y coserlo a la encía para tapar el hueco que ha dejado la retracción. Chapa y pintura.
Pasaron los años y la mujer aprobó unas oposiciones. Su posición boyante hacía que seguir postergando la inevitable operación fuera un claro acto de cobardía. Así que la mujer se dejó aconsejar, contactó con un buen dentista especialista y se sometió a la temida operación. La escabechina duró más de dos horas. La anestesia hizo su efecto, y tras los primeros pinchazos la mujer dejó de sentir dolor, pero fue consciente de cada cortecito y punto que le dieron. A lo largo de esos minutos interminables, la mujer aguantó estoicamente sin quejarse. Para sobrellevar lo desagradable de la situación, la mujer recitó mentalmente todas las tablas de multiplicar varias veces del derecho y del revés.
Cuando terminó todo, la mujer tenía la boca como si le hubieran cosido en la encía un trozo de mortadela. Sin embargo, dio educadamente las gracias y salió a la calle, donde la esperaba su amante, un señor casado y con una agenda complicada que, afortunadamente, ese día sí estaba disponible. La mujer esperó a estar entre sus brazos para perder victorianamente el conocimiento.
Pasaron los días. La mujer sobrevivió a base de gazpacho y yogur líquido durante una semana, a lo largo de la cual perdió varios quilos y pasó mucha hambre. Sin embargo, su encía dejó de parecer un experimento del doctor Frankenstein y volvió a adquirir un color rosa precioso. Al cabo de un par de semanas, nadie podía decir que la asquerosa operación hubiese tenido lugar.
Desde entonces, la mujer acude religiosamente cada año a su cita con el dentista, donde su encía es limpiada y revisada. De momento no parece que haya ninguna necesidad de realizar un nuevo injerto de encía, lo que tiene a la mujer bastante contenta. Sin embargo, todavía no ha aprendido a cepillarse los dientes como una persona adulta.