Llovía a cántaros cuando Eugenio regresó a casa después del trasplante. Su familia lo recibió con una tarta y confeti. Tras varias semanas sin poder salir por el tren de borrascas, aquella noche no llovió. Se acuerda bien. Más tarde expondrá en su denuncia por mala praxis que sobre las nueve sintió la necesidad imperiosa de levantarse del sillón donde dormitaba. Su nuevo corazón le empujaba hacia la calle con fuertes golpes en su caja torácica. Ante el asombro de su mujer, salió en pijama y pantuflas como un perro perdiguero buscando un rastro. Esquivando los grandes charcos, llegó de nuevo al hospital sin control sobre sí mismo y fue directo al puesto de enfermería. Allí, sintió un repentino desmayo que le obligó a hincar rodilla en tierra y, sin querer —lo jura y perjura—, le declaró su amor a aquella guapa enfermera que lo había atendido en su convalecencia. Ella le besó, feliz, mientras las compañeras aplaudían emocionadas. Eugenio terminó abrazándola mientras intentaba pergeñar lo que le diría a su pobre esposa. El corazón tiene razones que la razón ignora, argumentará el cardiólogo en el juicio. Más aún, si la razón es nuestra y el corazón, de otro.
Premio ELACT “Lola Fernández Moreno”
