
“¿Qué he hecho?” es una pregunta que todos, antes o después, nos planteamos. Y, si no es así, que arroje la primera piedra quien esté libre de pecado. A veces, no nos asalta en circunstancias relevantes, sino más bien cotidianas; pero en otras ocasiones, sin embargo, se erige como una acusación que atormenta el ánimo e inflama nuestra desesperación. Y es que puede marcar la fina línea que separa la inconsciencia previa a un acto y las consecuencias posteriores al mismo.
También Grady McNeil sufrirá el hostigamiento de esta cuestión, con apenas diecisiete años, perteneciente a una familia acomodada que vive enfrente de Central Park y perdidamente encaprichada de un joven judío, veterano de guerra y con pocos recursos económicos. En la década de los cuarenta del siglo pasado, su única preocupación hubiera podido ser el vestido que luciría en su fiesta de presentación en sociedad o cuántas maletas llevar al crucero por Europa que preparan sus padres. Rechaza ambas opciones “con sus inquisitivos ojos verdes”[1]CAPOTE, Truman. 2006. Crucero de verano. Barcelona: Anagrama, página 11 y prefiere pasar el tórrido verano en la ciudad, ocultando sus verdaderas intenciones. Su objetivo es estar con Clyde y, a esa edad, es difícil razonar con mentes que persiguen la inmediatez, el deseo que quema y aturde, el camino de rosas que el aturrullamiento pincela con paletas de colores imposibles. Además, Grady ya padeció la decepción del primer amor. Ha aparcado la dulzura y la inocencia de entonces, mientras busca un romance más carnal y real, que le altere el torrente sanguíneo y la sitúe en un abismo desconocido. ¿Qué importa lo que esperen de ella? Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y no será ahora el momento de echarse atrás, sólo porque su madre quiera que se case con un buen partido y su hermana la atosigue con sus convencionalismos.
“Crucero de verano” procede de un manuscrito de Truman Capote (1924-1984), recogido en cuatro cuadernos escolares y sesenta y dos notas complementarias. En su primera edición, los redactores corrigieron solecismos y faltas de ortografía, añadiendo algún signo de puntuación cuando el texto era dudoso, pero intentando siempre reproducir con fidelidad el original del autor. Y es que, en otoño de 2004, su abogado y fiduciario de su legado literario hubo de tomar una difícil decisión, cuando lo recibió en una caja que contenía, al parecer, objetos personales de Capote, guardados desde que éste abandonó un apartamento alquilado en los cincuenta: ¿publicar o no publicar? ¿Qué habría pensado su cliente y amigo en la actualidad, con la perspectiva histórica y la experiencia acumulada? Lo único que sí tuvo claro fue que el hallazgo debía hablar por sí mismo, aunque fuera imperfecto y no contuviera la voz elaborada que llegó a desarrollar, sino un bosquejo limitado de su talento.
En esta novela corta e inacabada el escritor norteamericano nos sumerge en la ambigüedad de un océano, irresistible e inseguro a partes iguales, en el que dos personas se buscan desde orillas demasiado alejadas entre sí.
El oleaje, las tempestades, los secretos ocultos en el fondo se interpondrán con un millón de razones: religión, clases, círculos familiares, aspiraciones… Serán elementos cruciales en una relación en desequilibrio. Porque el amor no suele ser suficiente, es tan sólo el comienzo. El resto llega más tarde y cae con la gravedad rotunda de la vida. Además, ella anhela vinculación; él rechaza cualquier atisbo de cariño, pues lo enfrenta con suspicacia, con el dolor de los hilos rotos que pesan en el alma, en el cuerpo y en cada milímetro de la piel. Al final, lobos solitarios y corderos extraviados mastican y callan miedos similares. La disparidad reside en sus miradas, en la huida y los escondites, en el ataque y la forma de lamer sus heridas. Despojémoslos de ardides y hallaremos a seres idénticos. No hay más. No hay nada más.
De nuevo, Truman Capote es capaz de rebelarse ante lo establecido, pues perfila a la protagonista de manera opuesta a como lo hicieron muchos de sus contemporáneos. La señorita McNeil, educada en las más selectas escuelas y bajo los preceptos propios de su rango, se presenta genuina e independiente. No encaja en lo esperado, según su género, ambiente y período histórico. Es más, se arriesga a describirla muy parecida a un chico en algunos aspectos concretos. Es femenina, pero quiere divertirse en las fiestas del mismo modo que lo hacen ellos, sin importarle que un fotógrafo pueda pillarla en ese contexto. No da explicaciones acerca de sus actividades o acompañantes, ni se muestra como un trofeo para el público masculino. Se relaciona con Peter, su mejor amigo desde la niñez, de igual a igual. Le confía sus propósitos y desvaríos, sin temor a ser juzgada, ni al doble rasero empleado entre hombres y mujeres. Su amistad no está constreñida por el sexo y no desconfía de la lealtad de éste, pues es una cuestión de naturalidad y no, de apariencias. En esto también la pluma del polémico Truman fue aventajada y no se detuvo ante renglones torcidos o tintas que emborronaban las normas dispuestas.
Gracias a su arrojo, cuando leemos obras como ésta, podemos contemplar un pasado muy reciente, que se sustentaba con hipocresía, reputación y una telaraña de artificios compartidos; sobre todo, en ciertos estamentos sociales, donde no bastaba con un apellido o una engrosada cuenta corriente, ya que saltarse cualquier paso significaba que los demás pasaran de largo. Ni osar a intentarlo a la pata coja o dando brincos, pues los árbitros acudían prontos a señalar la falta y, en el peor de los casos, a descalificar al susodicho. Bien mirado, tampoco ahora viene siendo drásticamente distinto.
El enfant terrible de la literatura norteamericana del siglo XX desafió los códigos y provocó auténticos seísmos con su incisivo estilo y las declaraciones que hacía sobre sí mismo –homosexual, drogadicto y genio-, teniendo en cuenta la época en que le tocó vivir. Ojalá, desde el paraíso en el que se encuentre, sonría con picardía cada vez que elegimos una de sus novelas o cuentos.
| Título: Crucero de verano |
|---|
|

Referencias
| ↑1 | CAPOTE, Truman. 2006. Crucero de verano. Barcelona: Anagrama, página 11 |
|---|