En «Todos los Cuentos» se observa un personaje común y genuino, lispectoriano, fruto de sus distintos estados anímicos. En todos ellos, un suceso cotidiano desata un cúmulo de asociaciones e introspecciones que llevan a una metamorfosis, a una marabunta emocional difícil de contener. Sus frases cortas y rotundas ayudan en ese proceso de avance hacia el abismo, que no tiene por qué desembocar en una catástrofe o desdicha; a veces, incluso, conllevan a la liberación, como el pulso progresivo de un metrónomo en una clase de piano.

Se nos anticipa la relación con la ficción tal como se expresa en cualquier narración. El estado del ser allí entra en crisis, vaciando el ser en relación con la ficción. Klossowski inculca la inestabilidad del texto, que se suponía debía dar lugar al acontecimiento; por el contrario, se congela en lo imposible del acontecimiento y, muy lejos ya del acto, se le restituye la pasividad que originalmente le atañía.

El autor sigue con atento pormenor ese camino, esa vía recorrida por el propio Rilke, en la que fue de no poca importancia el encuentro con un músico, con Ferruccio Busoni. Le llega antes que nada con su pensamiento, con sus palabras. Sobre todo cuando Busoni señala que la música es la mediadora entre el tiempo y el no-tiempo, la eternidad. Como que gracias a eso el poeta puede reconocer lo angélico de la música y, por lo tanto, lo que hay de elevado y de abismático en la misma, es decir, de mostración de lo bello y de insinuación de lo horrendo.

Más inquietante, entonces, en sus implicaciones que en la ejecución técnica, la película enfrenta al espectador con la frialdad de un pistolero sin rostro practicando tiro al blanco en este estadio lleno hasta la bandera. Los persistentes picados y contrapicados, el uso de lentes de largo alcance (equivalentes a la mira telescópica del rifle) y el trabajo de la cámara subjetiva nos distancian inevitablemente de las viñetas humanas que se representan en las gradas. Flemática e impasible, la película retrata a la multitud individualmente como perdedores y colectivamente como transeúntes inocentes, en una lucha sin cuartel entre dos fuerzas siniestras, el asesino y los S.W.A.T.

Allí donde estén, entonces, esos Matinales de los que habla Char, esto es, aquellos vagabundos cuya concepción del mundo no está mediada por la abstracción del lenguaje y que viven en una unidad ininterrumpida con la naturaleza, habrá una salvaguarda de la tierra, de los terrenales yermos del poema, que se alojan en el pan de cada día, en el lenguaje inútil. Sólo así se entienden mejor, pienso, estos diálogos desprolijos en el texto.