Pero, como el desierto, el lugar de la ausencia, de la ruptura y del silencio. La verdad de Dios está en el silencio. En el Libro. En el desierto. El verso de Jabès está extraído de un libro que, a modo de irónico desvío, titula Poesía completa, como si él hubiera escrito otros, aquí no incluidos, que fueran otra cosa que poesía. Sólo que, a partir de 1963, su raro arte se hace aún más inclasificable, metafísico, desnudo de imágenes y añadidos retóricos que no supongan una directa apelación al pensamiento, y escribirá, desde entonces, un eterno libro del exilio de la memoria.

Winesburg, Ohio, la obra maestra, por tanto, de Anderson, es una colección de 23 bocetos interrelacionados (Anderson los llama cuentos) que retratan la vida en un pueblo del Medio Oeste –tierra natal del autor a la que, según nos han dicho, debía lo mejor de sus cualidades- en los primeros años del siglo XX. Cuentos unidos por el nexo que supone el tropo en el que desarrolla, y que termina formando una novela. Una suerte de trabajo experimental, debido a sus múltiples opciones de lenguaje y focalización. Anderson escribió, más que una trama general, una sucesión de ejercicios de diáfana prosa con un foco puesto en la perspicacia de cada personaje.

“Sonata de primavera” es un ejercicio delicioso de estilo literario, donde se añaden la pintura y las citas paisajísticas y geográficas, como un revolucionario intento de trastocar moldes viejos y dotar de un toque artístico al hecho en sí de la escritura. De hecho, si ponemos atención, observamos la importancia de elementos que, a priori, podrían pasar inadvertidos. Es el caso de las ventanas, componente que participa en el escenario y en la acción, destacando el claroscuro de los arcos como fondo escénico. A veces, las utiliza como eslabón entre exterior e interior, entre lo accesible y lo inaccesible. Tristemente, también una de ellas marca el trágico final.

Hay un fuerte elemento de terror, además, en las criaturas que cazan a Heston, que poseen elementos vampíricos y de zombies en su ADN. Y el sabor distópico está influenciado por las consideraciones de la Guerra Fría, lo que le da un toque más inmediato que el que se obtiene de películas similares realizadas después de la caída de la tiranía comunista. Neville ha sobrevivido a la plaga resultante de una guerra de gérmenes ocurrida durante una disputa territorial chino-soviética (la analogía hoy, con ciertos virus escapados de laboratorios, es, me temo, mucho más terrible que entonces). Los agentes patógenos se extendieron por todo el mundo, acabando con casi toda la humanidad. Neville, que había estado trabajando en una vacuna experimental, se inyectó a tiempo para evitar la muerte. Sin embargo, no está solo en este nuevo mundo baldío, con reminiscencias eliotianas. Le persigue la citada Familia, un grupo de supervivientes de la plaga liderado por el autoproclamado profeta Matthias (impagable Anthony Zerbe). Refugiados albinos con una extrema sensibilidad a la luz, duermen como vampiros durante el día para levantarse por la noche. Su principal objetivo es matar a Neville que, con su afinidad hacia las armas y la ciencia, representa un vínculo con el pasado que han repudiado, mientras que ellos retornan al fuego como inquisitorial y reaccionario elemento purificador.