Todo gira en torno a ella, que se traslada a un pequeño núcleo rural para empezar de nuevo o para enterrar un pasado que aún habita en su presente. Al principio, se produce la intriga en el lector, la curiosidad humana que reconcome cuando se presenta a un ser misterioso y parco en palabras. ¿De dónde viene y por qué?, ¿no se muda con su familia?, ¿posee ahorros o, simplemente, puede permitirse el lujo de no trabajar?, ¿tendrá mal carácter o estará loca? Después, dejará de importar quién es Nat, pues la cuestión principal será en quién se ha convertido. De hecho, podría establecerse un símil entre la casa que alquila y ella misma; ambas en ruinas, vacías, oscuras, sin un lugar acogedor donde encender un fuego o resguardarse de la maldita lluvia, ésa que inunda el salón con goteras y pudre el suelo de madera día tras día. Ni siquiera el perro que le proporciona su casero la busca, como si prefiriera mantenerse lejos y no complacerla.

En «Todos los Cuentos» se observa un personaje común y genuino, lispectoriano, fruto de sus distintos estados anímicos. En todos ellos, un suceso cotidiano desata un cúmulo de asociaciones e introspecciones que llevan a una metamorfosis, a una marabunta emocional difícil de contener. Sus frases cortas y rotundas ayudan en ese proceso de avance hacia el abismo, que no tiene por qué desembocar en una catástrofe o desdicha; a veces, incluso, conllevan a la liberación, como el pulso progresivo de un metrónomo en una clase de piano.

Frente al tono feminista de Ibsen en Casa de Muñecas, el que emplea Strindberg en La Señorita Julia puede calificarse como misógino y no resulta extraño, ya que él mantenía la firme convicción de que la mujer aniquilaba al hombre. Ingmar Bergman, que llevó a escena sus obras de teatro en multitud de ocasiones, afirmaba haber amado y odiado a Strindberg, sin que eso fuera suficiente para deshacerse de él.

Hace algún tiempo, buscando información sobre Hans Bellmer en Internet, una impactante fotografía me sobrecogió por la crueldad de su exposición: un cuerpo de mujer desnudo, marcado por la tirantez de un cordón que la rodeaba y estrangulaba del cuello a los tobillos. La palabra que se impuso en mi mente fue “sumisión”, pero Bellmer…