“Relato de un Náufrago” (1970) fue publicada por Gabriel García Márquez como reportaje periodístico novelado, tras recogerse en el diario El Espectador de Bogotá, durante catorce días consecutivos en el año 1955. Al principio, el propio gobierno aplaudió el testimonio del joven Luis Alejandro en los medios de comunicación, hasta que quince años después éste decidió contar toda la verdad y no le quedó más remedio que abandonar la Marina; al mismo tiempo que García Márquez iniciaba su exilio en París, “un poco nostálgico que tanto parece también una balsa a la deriva».

Esta comedia en prosa dividida en tres actos cumple con las características del Neoclasicismo y en ella la acción se desarrolla en un solo lugar (una posada de Alcalá de Henares), coincidiendo con el tiempo de duración de la puesta en escena. Utiliza un lenguaje llano, cercano, para llegar a un mayor número de lectores; así, palabras como meriñaque, contradanza, boquirrubio y otros vocablos aparecen en sus diálogos. También tiene un afán didáctico, planteando una situación cotidiana y azuzando a la razón. La crítica social se mantiene de principio a fin, censurando la educación a la que se sometía a las jóvenes, el abuso de poder sobre ellas y, finalmente, haciendo que triunfe el sentimiento y la sensatez.

Lo que hace especial a “Poeta en Madrid” es la hondura de su contenido, la desnudez del que escribe sin cortapisas, la metaliteratura y ese universo sublime –a veces, inaccesible- del arte y sus manifestaciones. En ciertos momentos, incluso, se tiene la sensación de que las nueve musas viven en sus páginas. Calíope, con su elocuencia, seguida de Clío y su memoria, junto a la cítara de Erató y Euterpe, con su cabeza coronada de flores; mientras, Melpómene, Polimnia, Talía y Terpsícore intercambian guirnaldas y caretas, al tiempo que Urania sujeta entre sus manos el orbe.

Todo gira en torno a ella, que se traslada a un pequeño núcleo rural para empezar de nuevo o para enterrar un pasado que aún habita en su presente. Al principio, se produce la intriga en el lector, la curiosidad humana que reconcome cuando se presenta a un ser misterioso y parco en palabras. ¿De dónde viene y por qué?, ¿no se muda con su familia?, ¿posee ahorros o, simplemente, puede permitirse el lujo de no trabajar?, ¿tendrá mal carácter o estará loca? Después, dejará de importar quién es Nat, pues la cuestión principal será en quién se ha convertido. De hecho, podría establecerse un símil entre la casa que alquila y ella misma; ambas en ruinas, vacías, oscuras, sin un lugar acogedor donde encender un fuego o resguardarse de la maldita lluvia, ésa que inunda el salón con goteras y pudre el suelo de madera día tras día. Ni siquiera el perro que le proporciona su casero la busca, como si prefiriera mantenerse lejos y no complacerla.