
De vuelta al ruedo. O a la rueda. Yo prefiero verlo como el tablero de uno de esos juegos de mesa en los que se pasa una y otra vez por la casilla de salida. El verano concluye y reiniciamos el ciclo de la rutina arrostrando las mismas obligaciones y las mismas fechas resaltadas en el calendario. El juego eterno con la misma tabarra de reglas y con un recorrido trufado de casillas especiales: algunas ansiadas y otras que preferiríamos evitar. Y siempre comenzamos cada vuelta con cierta pesadumbre. Aunque la sensación no dura demasiado, porque el inicio de toda ronda está cargado de la intensidad suficiente como para perder la noción de la situación y quedar absorbido por la dinámica del juego. Ahora bien, el caso que nos ocupa posee una particularidad trascendental: la dinámica evoluciona. Cada vez se crean más casillas especiales, se hacen expansiones y se complican las reglas. Y todo ello manteniendo un perfecto equilibrio que no sólo sostiene el poder alienante del juego, sino que lo nutre y consigue que crezca. Como muestra, un botón: cantidades absurdas de sujetos irracionales integrados en la masa que acuden como moscas a las cada vez más numerosas campañas comerciales estacionales. Campañas que, en muchos casos, comenzaron convirtiendo un día concreto en una semana de ventas y, en otros tantos, en una preparación acaparadora con semanas o meses de antelación a dicho día señalado; llámense Halloween o Navidad y un Black Friday de por medio. Ahora añadamos otro broche al corsé: el uso que hacen los medios de comunicación de este tipo de acontecimientos. Cualquier tipo de resistencia supone enfrentarse a una guerra asimétrica del sistema sobre el individuo. La cuestión es por qué somos tan susceptibles a este juego y entramos tan dócilmente en él. La respuesta es la más sencilla: condicionamiento. ¿Y cuando comienza dicho condicionamiento? Lo antes posible; cada vez más pronto. Y el primer paso es esencial: matar lo que nos define como individuos. Esa actitud innata gracias a la que nos encontramos a nosotros mismos descubriendo y aprehendiendo. Eso que se llama curiosidad. Un asesinato premeditado que se inicia con la presión académica de un sistema educativo plano que coarta la labor de los docentes y el crecimiento de los alumnos. Acompañado por la presión, en ocasiones traumática, de ser aceptado socialmente. Hito de las redes sociales. Y, sin tiempo para darnos cuenta, acabamos apabullados por las responsabilidades inherentes a la vida adulta dentro de una sociedad. Es entonces cuando nuestro día a día empieza a verse alimentado por el ruido que nos sume en la masa. Y sólo quien conserva su curiosidad es capaz de capear un temporal constante. Como dice una canción del gran Rosendo Mercado:
Ante un acorde raro e imperfecto
Sobre el que se afila la imaginación
Enhebramos sombras, amasamos miedos,
Arrastramos culpas, obviamos el don,
Confinamos bajo llave sueños.
Hay que procurar salir de la maleza
Fraguando una base esencial.
Así pues, y para alcanzar el objetivo de los dos últimos versos, hemos de ser conscientes de la situación que nos somete y no dejar de lado lo que realmente nos alimenta. Para ello, la recomendación literaria que, sin pretenderlo y afortunadamente, he postergado un mes: Estrés y Libertad de Peter Sloterdijk.
Un breve ensayo que comienza exponiendo cómo en el desarrollo de la racionalidad nos hemos dedicado a aniquilar la capacidad de asombro.
Una defensa del thaumazein sobre el que se construye la filosofía contra aquello que, como dice el autor en las primeras páginas, crea
…un malestar, que impregna nuestro ser en la civilización técnica de un sentimiento de fugacidad cada vez más intenso. Este sentimiento es indisociable de la conciencia de que nuestra “sociedad” —vamos a hacer uso de este concepto sospechoso sin detenernos demasiado en él— está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito.
Y dos páginas después me apoyo en mi perorata inicial:
La función de los medios en una sociedad multi-milieu conformada por el estrés consiste en evocar y provocar al colectivo en tanto tal, presentando propuestas nuevas cada día, a cada hora, para que se excite: una multitud de posibilidades que apuntan al sentimentalismo, al miedo y a la indiscreción de sus miembros. Los receptores eligen entre esta oferta todos los días. La nación es un plebiscito diario, en el que sin embargo no se consulta sobre la constitución, sino sobre la prioridad de las preocupaciones.
No se puede ser más conciso y aplastante en tan pocas palabras. Un resumen extrapolable a toda sociedad. Y a continuación nos expone como hacemos uso de nuestra libertad para someternos voluntariamente a un grupo. Como remedio nos propone al mayor desengañado de la sociedad: Rousseau. Y lo hace con las palabras del filósofo francés:
¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo como Dios. El sentimiento de la existencia despojado de todo otro afecto es por sí mismo un sentimiento precioso de contento y de paz que bastaría por sí solo para hacer dulce y querida esta existencia a quien supiera apartar de sí todas las impresiones sensuales y terrenas que acuden incesantemente a distraernos y a turbar aquí abajo la dulzura.
Aquí nos invita a leer el Quinto paseo de Rousseau para dar profundidad a esa idea. «Separarse de la especie por algo superior», que diría Gustavo Cerati. A partir de aquí, el libro ahonda en las trampas del pensamiento racional mal entendido que obvia la capacidad innata que ha impulsado al ser humano a ser lo que es y que es potencia de lo que puede llegar a alcanzar. Un pensamiento que anula al sujeto en beneficio de una falta de desarrollo intencionada. Nos muestra los mecanismos de engaño y sumisión que condicionan nuestra capacidad de elección. Y menciona a Schopenhauer y Sartre de pasada como referentes de «la libertad como negación del peso de la obligación» para dar paso a Eleutheria de Samuel Beckett; una obra de teatro con la libertad por título. Y del texto que Sloterdijk utiliza, me quedo con esta parte:
Nunca seré libre […] Pero sentiré indefinidamente como seré […] Le explicaré para qué seguiré con vida: para restregar mis cadenas. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Este ligero sonido inútil se convertirá en mi vida.No estoy diciendo en mi alegría. Mi alegría se la dejo a usted. Mi tranquilidad. Mi limbo.
En definitiva, entendamos la libertad como lo que realmente está a nuestro alcance y no sólo como metas y objetivos, sino como quiénes somos como individuos y deshagámonos de todo aquellos que nos limita para ello. Conservemos la curiosidad con la que nacemos y nos permite crecer y ser algo más cada día. Tal vez no más felices, pero sí más nosotros mismos; con nuestros gustos adquiridos y nuestras propias inquietudes. Practiquemos la inutilidad de lo inútil para salvaguardarnos de las neurosis colectivas y conservemos el afán de alcanzar un tiempo en el que, como concluye el libro:
Defenderemos la libertad en tanto que trabajemos la palabra liberalismo, que en la actualidad, por desgracia, remite a una vida de codicia y no funciona como un sinónimo de generosidad; y en la palabra liberalidad, en tanto que signo de la simpatía por todo aquello que libere a la gente de cualquier tipo de despotismo.
No os volváis cínicos y abandonéis el asombro. Sed auténticos, escuchad a Rosendo y jugad al Monopoly.
Un abrazo sincero.
| Título: Estrés y libertad |
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