Aquel domingo de mayo, la afluencia de tanto visitante inesperado en el camposanto le distrajo de sus pensamientos, aunque llegado el momento, ya a su faena entre ladrillos y argamasa, no pudo evitar recordar las veces que sin falta, al doblar las campanas, suspiró en secreto al cruzarse con ella en la plaza.
Ella impostaba una actitud esquiva, le retiraba la mirada y fingiendo superstición se santiguaba para luego, a solas, en la alcoba, perdonarle su atrevimiento inflamada de pasión, sobre él, a horcajadas. Hasta el día de anteayer, que la lluvia fina, un escalón caprichoso y un paso mal hilvanado finiquitaron su clandestina historia.
Tuvieron tiempo de llorarla, porque en ningún entierro se había visto a Juan, el sepulturero, ni tan afligido por el muerto ni manejar tan despacio la pala; como si volcara la tierra a golpe de adagio. Después de aquello dejó su trabajo. Siempre se le veía rondando por el cementerio: taciturno, desaliñado, como si no le importase que todos, hasta el viudo, atasen cabos al verlo suspirar por horas en la lápida sentado.
