Todo empezó con las guerras comerciales, los costosos aranceles y el aumento del precio de los huevos.
Yo poseía un pedazo de tierra en las montañas, donde decidí levantar un vallado. Compré seis gallinas y monté un pequeño refugio para ellas. Fascinado, pronto descubrí que, según su plumaje —azul, marrón, blanco o negro—, así variaba también la tonalidad de sus huevos.
Además del apreciable ahorro y de su sabor más intenso, mi mujer y yo vimos múltiples ventajas en que nuestros hijos pasaran tiempo en este ambiente natural y tranquilo. Disfrutaban cogiendo huevos, cambiando el agua, poniendo el pienso… sobre todo cuando lograban que las aves comiesen de su mano. Pero al cabo de un par de años los niños se aburrieron y dejaron de venir. Pese a todo, dada la agresividad con la que las potencias libraban sus guerras comerciales (la tensión iba en aumento: se reportaban escaramuzas en las fronteras), seguí acudiendo una vez por semana a mi pedazo de tierra, para cuidar a los animales.
Cuanto mayores se hacían mis hijos, más tiempo pasaba yo en esta parcela, y más energía y esfuerzo dedicaba a su mantenimiento. Con unos maderos y unos metros de chapa metálica construí un refugio para mí, para protegerme del frío y de la temprana luz de las estrellas. En su interior monté una mesa, armarios, un catre y una pila con lavatorio, conectados ambos a un pozo séptico. Planté árboles aquí y allá, y reservaba periódicamente una porción de suelo para cultivar un huerto. Como abono, almacenaba y esparcía por el suelo los excrementos de las gallinas. Además de traer conmigo las sobras de toda la semana, segaba la hierba alta y la dejaba lista para que las gallinas la consumieran. Con todo ello quería reducir el número de sacos de pienso que comprábamos al final de mes. También instalé depósitos de agua en los tejados, que recogieran la lluvia y la canalizasen hacia los bebederos.
Una semana no pude visitar la parcela y pasé las jornadas ansioso. Cuando, en la siguiente ocasión, hallé las gallinas satisfechas (junto a una inmensa pila de huevos) me convencí de que podía espaciar algo más las visitas. De hecho, mi calendario anunciaba un largo periodo vacacional que deseaba aprovechar para realizar un viaje con mi familia, en el que gastaríamos nuestros ahorros en alguna capital extranjera. Durante los veinte días que pasamos juntos, logré reconectar con mis hijos adolescentes y asomarme a un mundo —el de sus pasiones, sus aficiones, sus sufrimientos— que, hasta entonces, había permanecido oscuro para mí. Tanto es así que, a la vuelta del viaje, todavía me costaba hacerme a la idea de que debía acudir al terruño para cuidar de las gallinas. No quería estar ahí. Buscaba excusas para ausentarme, para evitar el reencuentro, hasta que mi mujer me convenció de que mi comportamiento era irresponsable y de que estaba dando mal ejemplo a mis hijos.
La tarde en que retorné a la parcela, mi primera impresión fue que todo seguía igual. Con chasquidos llamé a las aves al bajar del coche, y lo seguí haciendo mientras abría el candado de la verja. No las hallé en su refugio, que estaba vacío, así que pensé (con cierto alivio) que tal vez las habría devorado una rapaz. De camino a mi cobertizo traté de encontrar plumas sueltas en el suelo que confirmasen mis sospechas, mas no las hallé, así que entré en mi caseta y comencé a organizarme. Traía conmigo sobras de comida en fiambreras, un saco de pienso y una caja de herramientas, por si necesitaba hacer alguna reparación. Abrí los primeros armarios situados bajo de la pila, en busca de dos recipientes, y entonces me asusté al verlas: no esperaba encontrar a las gallinas ahí (no sé cómo habían abierto la puerta) y, además, sus cuerpos eran mucho más voluminosos de lo que los recordaba. Parecían bolsas llenas de basura, sacos repletos de escombros; apenas les sobresalía el cuello del lomo y la curva de las alas se apreciaba sólo a duras penas.
Durante la siguiente media hora, hallé gallinas de una gordura sorprendente, blanda y viscosa, distribuidas por todo mi cobertizo: detrás de las puertas, bajo los muebles, instaladas en cualquier rincón. Estaban quietas y, pese a que no querían salir, cuando las empujaba tampoco ofrecían resistencia. Cuando por fin lograba espantarlas, su masa oscilaba pesadamente de un extremo a otro, sobre sus minúsculas patas, como un líquido que fluctuara entre dos garrafas. Sus cuerpos carecían de estructura. Atrapadas en huecos demasiado estrechos, con los músculos atrofiados, tuve que sacarlas con mis manos, usando mis piernas para desencajarlas, haciendo palanca con la punta de mis botas. A veces, detrás de una gallina aparecía otra, aplastada por la anterior, que se hinchaba ante mí como un gran globo. Pronto sentí tanto asco que empecé a arrojarlas por la ventana; las maltrataba y agredía con violencia, con toda la fuerza que mi repulsión era capaz de acumular, dándoles patadas en el vientre y en el lomo, pero ellas no parecían sentir nada. Aunque mis golpes debían haberlas reventado por dentro, sus órganos se recolocaban como si fuesen granos de arena en un saco de tierra. Su cloqueo, imperturbable pero alerta, sólo expresaba molestia; sus ojos delataban apenas un estado de sufriente perplejidad.
Poco a poco, las aves fueron abandonando el cobertizo y atravesaron toda la longitud de mi parcela en un desfile triste, compacto y penoso, como un río de lava que retornase a un volcán. Yo las seguí con la mirada. Avanzaban en la misma dirección, hacia el último árbol en cuyas inmediaciones, de pronto, desaparecían. Cuando llegué a los pies del tronco, descubrí una apertura en la tierra que las aves debían haber escarbado con el característico retroceso de sus dos patas, ese acompasado gesto con el que resquebrajaban el suelo y, a la postre, convertían cualquier cosa —cuerpos, palos o piedras— en alimento. Cuando las últimas aves se metieron en el agujero, me agaché para descubrir cuán espaciosa era la guarida a la que debía dar acceso (pues todas las gallinas habían cabido dentro). Por desgracia, la débil luz del atardecer apenas penetraba unos metros, así que no tuve más remedio que entrar. Introduje la cabeza y el frío y la humedad me golpearon la cara, envueltos en un rumor sordo de plumas. Una larga rampa descendía hasta que la gruta adquiría la suficiente altura como para que un hombre avanzase a gatas, y después, en cuclillas.
Mis ojos se acostumbraron pronto a una luz telúrica que rescataba a la caverna de la completa oscuridad. A mi alrededor atisbé filas y filas de gallinas empollando huevos, apretadas unas contra otras, cuyo plumaje emitía reflejos que delataban sus perfiles repitiéndose hasta la saciedad. ¿Cuántas había? ¿Desde cuándo estaban ahí? Era imposible saberlo, pero yo las imaginaba por centenas. Debían haberse reproducido en secreto en esta caverna durante año sin que yo lo supiera, pensé. Tal vez algún gallo silvestre había entrado sin ser visto en la parcela…
Seguí descendiendo por la lenta pendiente, volcando todo mi peso sobre los cuerpos de las gallinas. Oía crujir sus cáscaras y osamentas. La caverna era profunda y se ensanchaba progresivamente a medida que avanzaba hacia donde, en la superficie, debía alzarse el cobertizo al que las gallinas habían accedido desde su guarida subterránea. En ambos casos, parecían buscar refugio. Yo avanzaba agazapado, entre pollos macilentos que correteaban sin rumbo y raíces del árbol con las que tropezaba. Hasta que por fin descubrí el origen de la extraña luz que lo invadía todo: en lo alto de la pared del fondo, casi a la altura de un techo que se elevaba varios metros, vi un amanecer dibujado sobre una ventana falsa. Por alguna razón, irradiaba una luz naranja bajo tierra. A su lado, dos criaturas simiescas competían desesperadamente por alcanzarla, como si a través de ella fuesen a salir de allí. Sus siluetas —fallidas, oscuras, famélicas— se confundían con el resto de las sombras de la gruta, como si ellos mismos fuesen proyecciones de cuerpos que estaban en otro lugar. Los monos saltaban torpemente, haciendo contorsiones con sus miembros largos y escuálidos en un intento fútil por escalar. Como avispas que trataran de atravesar un cristal luminoso e ignorasen la puerta que a su lado se abría a la oscuridad, intuí que los simios vivían obsesionados por la falsa luz de la falsa ventana, así que decidí huír en dirección contraria. Pese a la fascinación que me despertaban, temía que alcanzasen la ventana tanto como verles la cara, o que ellos me la viesen a mí. Con urgencia busqué la rampa por la que había descendido antes, en el extremo opuesto de la caverna; pero, para entonces, las gallinas ya competían conmigo por salir. Movidas por una orden secreta, habían emprendido la marcha, como una marea. Traté de abrirme paso entre las oleadas de cuerpos, entre su espuma de plumas, a través de una gruta que era cada vez más estrecha, para enfilar la pediente que me permitiría escapar. Las gallinas me arañaban, los pollos me gritaban, me picoteaban la cabeza; mis miembros resbalaban en una mezcla de barro y fluidos viscosos. A escasos metros de la salida, ya no pude levantarme del suelo y perdí la conciencia.
No sé cuánto tiempo estuve dormido, ni qué tipo de cataclismo, natural o militar, aconteció entre tanto. Cuando desperté, la caverna estaba vacía. Recorrí a gatas el último tramo de la cuesta y por fin me asomé al mundo, que descubrí sumido en un completo silencio. Mi parcela, las laderas que la rodeaban y la cadena de cordilleras que se extendían en la lejanía estaban cubiertas por un manto de gallinas que lo envolvía todo, como una fuerza funesta.
Estaba solo.
Luis S. Villacañas de Castro
Soy doctor en Filosofía y profesor de la Universitat de València. Me interesan los diferentes mecanismos de transformación social, especialmente el educativo. He publicado "De Kafka a Dewey: Una autobiografía educativa" (Ediciones Antígona) y más recientemente el libro de cuentos "Los niños suicidas y otras catástrofes", en la editorial Guillermo Escolar de Madrid. En ambos casos, muchas de sus secciones y relatos vieron su primera versión en Amanecemetropolis.