Por eso, en definitiva, pienso que el carácter fragmentario de estos apuntes nos muestra a un Perros que no sólo piensa, sino que escribe al mismo tiempo, consciente del esfuerzo que requiere encontrar las palabras y las imágenes, también la forma. Existe una cierta fenomenología de la escritura que, más allá de las boutades que Perros se permite a sí mismo, consiste no sólo en tomar conciencia, sino también en asumir la responsabilidad del uso de su propio -¿único?- medio: la escritura. Para Perros, el texto principal está en otra parte que en sus escritos (el margen), ecos sólo de lo que vive, partes de la experiencia pero ciertamente no su totalidad, ni su principio ni su fin.

Lo que separa profundamente a Rosenzweig de Schmitt es lo más teológico de su teología política. Me refiero a las consecuencias absolutas que el primero obtiene del desmentido de lo histórico. Esto hace que su tesis doctoral nazca tardía, muerta. De tal manera que la celebración hegeliana será también un rito fúnebre, pues pocas veces ha sido tan significativo el lapso temporal trascurrido entre el inicio y el término de una investigación académica. Pero también, a la vez, habría que apuntar a su resistencia o reincidencia en lo judío. Pues bien es en ese contexto en el que tendríamos que plantearnos lo enigmático del título que propongo para mi reseña. Y que ya se ve que tiene que ver con la simbología, con una política del símbolo. Para ser más precisos con una simbología judía de lo político.

Al igual que el Dios de la Cábala debe retirarse para dejar un vacío en el que crear, todos estos mitos apuntan a un desgarro constitutivo de nuestra humanidad y de lo que la trasciende. Tiene nombre, pérdida de la unidad primaria, división de los sexos, fractura entre amor y conocimiento, signo y sustancia. La barranca profundiza así, de forma dramática, en la dimensión de la pérdida y la carencia.

En la superficie de este espacio plano las relaciones narrativas no son de causalidad sino de contigüidad y sucesión recurrente. Todo sigue su curso y se repite, el indio y su caballo marcado con el número siete, la mujer con las fichas de dominó, las cantinas, la barranca, los puentes. El destino del Cónsul está escrito al pie de la letra en la carta de un gigantesco juego de la oca astrológica o se despliega a la manera de una baraja de tarot. Delante o detrás de él, su destino es igual a sí mismo. Porque, como en una película, se puede cambiar el orden de las secuencias pero no las imágenes, todo deviene, entonces, figurativo o prefigurativo.

Y así la obra-monumento de Quignard parece condenada a desaparecer en el espacio, toda vez que mantiene una relación ambigua con el tiempo. Este es un proyecto en construcción, un monolito inacabado, todavía pendiente. Lo que, por un instante, como tal obra monumental, es asumida por el escritor como plenitud y finitud, pero que deliberadamente borra los límites entre pasado, presente y futuro.