Ahora me importa el verbo «salvar». No sólo es que libros como este del que ahora hablamos salvan a la filosofía, por lo menos al cada vez más difícilmente satisfactorio, ejercicio de leer nuevos títulos y promesas y naderías, sino que el acto filosófico al que nos convocan, tanto Marín como Choza, es al de salvar la realidad, en servir a la verdad de la cosa. Hace años, hablando en particular de Jacinto Choza, un individuo al que no tengo por completamente necio, al menos a la vista de su prosperidad universitaria, me dijo que Choza no le interesaba nada, por tratarse de una filosofía meramente descriptiva. Y esto, que pensar sea efectuar descripciones afortunadas, capaces de salvar el fenómeno mismo, no me parece mayor detrimento. Aunque sí me lleva, claro, a hacer alguna reflexión sobre el significado de la prosperidad académica.

El nombre no es el libro, el libro es la unidad a deconstruir, lo real de este nombre está constantemente desplazado por la máquina textual, la Biografía es la definición, la máquina textual, y su paradigma platónico de tejido siempre en la memoria, recordado, es la imagen del nombre. El nombre sería el texto definido por la Biografía, pero el definiens es aleatorio, acarreado por el juego de su diferenciación. El conocimiento sería la lectura a condición de recordar que la lectura y la escritura son lo mismo a través de la diferencia que las constituye. El quinto factor es la escritura, siempre idéntica a sí misma y siempre distinta, a través de la lectura, y en relación con la cual el texto sería el reflejo. Este comentario platónico podría ser acusado de reconducir una forma de dualidad metafísica, pero el texto-imagen es también múltiple y cada lectura reconfigura la identidad y la preserva. El texto es ese φαρμακός que, no siendo ni cura ni veneno –escritura o contraescritura-, se afirma por ambos.

Por eso, en definitiva, pienso que el carácter fragmentario de estos apuntes nos muestra a un Perros que no sólo piensa, sino que escribe al mismo tiempo, consciente del esfuerzo que requiere encontrar las palabras y las imágenes, también la forma. Existe una cierta fenomenología de la escritura que, más allá de las boutades que Perros se permite a sí mismo, consiste no sólo en tomar conciencia, sino también en asumir la responsabilidad del uso de su propio -¿único?- medio: la escritura. Para Perros, el texto principal está en otra parte que en sus escritos (el margen), ecos sólo de lo que vive, partes de la experiencia pero ciertamente no su totalidad, ni su principio ni su fin.

Existe, está claro, una relación entre la aparición como una apertura en lo visible y lo que Rilke llama lo Abierto. En este punto, todo Rilke, y para muestra sirven sus Cuadernos de Malte, es una enseñanza sobre la mirada. Así pues, el pasaje sobre la aparición de Ingeborg no es una abdicación ante un misterio insondable ante el cual uno tendría que caer de rodillas. Al contrario, si Malte hace de la escritura de esta historia una especie de ejercicio espiritual, es en el sentido de la disciplina implacable que se impone a sí mismo para aprender a ver. Aprender a escribir. El Otro no es una instancia trascendental que le dictaría algo, o que le daría a una pintura la última pincelada de algún más allá cuya idea Rilke rechaza.