Pero, como el desierto, el lugar de la ausencia, de la ruptura y del silencio. La verdad de Dios está en el silencio. En el Libro. En el desierto. El verso de Jabès está extraído de un libro que, a modo de irónico desvío, titula Poesía completa, como si él hubiera escrito otros, aquí no incluidos, que fueran otra cosa que poesía. Sólo que, a partir de 1963, su raro arte se hace aún más inclasificable, metafísico, desnudo de imágenes y añadidos retóricos que no supongan una directa apelación al pensamiento, y escribirá, desde entonces, un eterno libro del exilio de la memoria.

Lo que separa profundamente a Rosenzweig de Schmitt es lo más teológico de su teología política. Me refiero a las consecuencias absolutas que el primero obtiene del desmentido de lo histórico. Esto hace que su tesis doctoral nazca tardía, muerta. De tal manera que la celebración hegeliana será también un rito fúnebre, pues pocas veces ha sido tan significativo el lapso temporal trascurrido entre el inicio y el término de una investigación académica. Pero también, a la vez, habría que apuntar a su resistencia o reincidencia en lo judío. Pues bien es en ese contexto en el que tendríamos que plantearnos lo enigmático del título que propongo para mi reseña. Y que ya se ve que tiene que ver con la simbología, con una política del símbolo. Para ser más precisos con una simbología judía de lo político.