Para Grisini (10 de octubre del 2011 – 16 de mayo del 2026)
Hace unos años, le escribí a Grisini, mi compañero felino, mi familia, un poema titulado Compañía. Empieza así:
Ahora que estamos en el inicio
del colapso
te miro mientras pienso que
al menos logramos conocernos
compartir este momento
coincidir en este lugar
en la historia y en el recorrido del planeta
que se agota.
Tuvimos suerte.

Dese hace una semana, lo allí escrito se ha quedado obsoleto porque el recorrido del planeta sigue su curso pero Grisini ha muerto. Compartimos vida y coincidimos en este espacio durante casi 15 años y, aunque en el poema me preguntaba si lo que nos esperaba era acompañarnos en la sequía y en la muerte, lo cierto es que no puedo evitar sentir que le fallé porque no lo acompañé debidamente en la enfermedad. No estuve a la altura. Todo lo que ocurra a partir de ahora será alejarme de él. A pesar de la orfandad que siento, de lo muchísimo que lo extraño, del final precipitado y trágico que tuvo a causa de un error en la prescripción médica que nos dieron, de la cantidad de veces que imagine inútilmente los momentos en los que pude actuar de otra forma y así evitar su padecimiento y su muerte, no hay vuelta atrás: nuestra época se terminó.

Ya se ha ido hace más de 1 semana. Y en casa ya pasan cosas sin él, la vida sigue su curso y siento que, si en algún momento dejo de pensar en él, lo estoy traicionando. Todavía lo veo recorriendo la casa con el rabillo del ojo que me engaña y, que al hacerlo, me hiere. Todavía algunos lugares de la casa huelen a él porque en el último tiempo, quizás a causa de la enfermedad, prácticamente había dejado de usar el arenero. Ese rastro pestilente, que con los días se va atenuando, ahora solo me produce tristeza. Me cuesta hacerme a la idea de que ya no voy a oír sus maullidos interminables y persistentes. Los peques, que no entienden qué ha pasado, lo buscan con la mirada en sus lugares favoritos, usualmente cerca de ellos. Me hubiera gustado que hubieran jugado juntos pero el último tiempo estaba siempre tan sucio que ya no dejábamos que lo toquen y esa distancia impuesta me destroza.
Cuando era pequeño, Grisini tenía tanta energía que incluso se subía a las puertas como una gárgola doméstica y aguantaba un montón de tiempo parado en las dos patas traseras. Las mismas que hace unos meses ya no le funcionaban bien y que arrastraba un poco. Durante bastantes años, siempre metía sus ratas de juguete en su plato de comida y esa confusión me parecía tiernísima. Me acompañó en los peores y los mejores momentos. Siempre estaba cerca, muy cerca. Cuando murió Grumo, el gato mayor, el duelo de Grisini se manifestó en que su necesidad de contacto fue aún mayor. Por eso me dolerá eternamente la distancia que en el último tiempo sentía que tenía que poner entre nosotros. Que la crianza de dos bebés prematuros coincidiera con su enfermedad fue un equilibrio imposible. Muchas personas me decían que se trataba de algo así como una balanza entre él y los niños. Y a mí esa imagen me parecía absolutamente cruel porque los tres estaban a mi cuidado y me dolía la sola idea de tener que hacerlo a un lado. Hubiera querido poder cuidarlo mejor.

Extraño su presencia en mi vida, en lo cotidiano, su forma de estar en el mundo. La manera en la que el instinto, el hambre, el apego, la voluntad, se manifestaban en su pequeño cuerpo gris. Extraño todos los tonos del gris que tenía su pelaje: la claridad que aparecía en torno a su hocico. Extraño el lenguaje que intuía en sus ronroneos, la forma en la que sus patas delanteras se cruzaban como si fuera un señor. Extraño el goce que le producía tomar el sol y sus insistentes maullidos, su forma absoluta de hacerse notar. Extraño incluso el sonido rítmico que hacían sus patas con plantigradismo: como dos tronquitos golpeando suavemente el mármol. Extraño la forma en la que miraba a los niños, la necesidad que tenía de estar cerca de nosotros todo el tiempo.

Intento encontrar otra forma de acompañarnos. Busco en la memoria, me detengo en la sensación permanente de que toda nuestra vida juntos sigue sucediendo dentro de mí. Recuerdo tantas cosas todo el rato. Quizás la memoria, moldeada por el amor, es otra forma de compañía. Todavía no sé muy bien dónde poner la cajita que tiene sus cenizas. Es muy difícil explicar con palabras un vínculo que nunca necesitó de ellas. Todas las equivalencias con lo humano me resultan fallidas y, sin embargo, echo mano de ellas para intentar describir lo que era, lo que aún es para mí: mi familia, mi casa, mi amado compañero eterno.