Ahora me importa el verbo «salvar». No sólo es que libros como este del que ahora hablamos salvan a la filosofía, por lo menos al cada vez más difícilmente satisfactorio, ejercicio de leer nuevos títulos y promesas y naderías, sino que el acto filosófico al que nos convocan, tanto Marín como Choza, es al de salvar la realidad, en servir a la verdad de la cosa. Hace años, hablando en particular de Jacinto Choza, un individuo al que no tengo por completamente necio, al menos a la vista de su prosperidad universitaria, me dijo que Choza no le interesaba nada, por tratarse de una filosofía meramente descriptiva. Y esto, que pensar sea efectuar descripciones afortunadas, capaces de salvar el fenómeno mismo, no me parece mayor detrimento. Aunque sí me lleva, claro, a hacer alguna reflexión sobre el significado de la prosperidad académica.

¿De dónde viene el lenguaje? Los antiguos hindúes creían que era un regalo de los dioses. Los primeros humanos no hablaban distinto al ladrido de un perro. También quedan hoy personas que por habla entienden la emisión de sonidos que nos resultan extravagantes: la gente de los Orang-Kubu que vive en Sumatra, por ejemplo, tiene…