Higinio Marín: salvar (con) la mirada

Comentario sobre MARÍN. Higinio: Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón. Pre-Textos, Valencia, 2010

Con harta frecuencia se aparta uno disgustado de las lecturas filosóficas, y más todavía lo hace -sobre todo a medida que se van estrechando el tiempo y la oportunidad- con la incómoda evidencia de que, sin ser en absoluto desdeñable tal o cual libro, bien podría haber empleado el día en algo que verdaderamente despertara mi admiración. Admirable es, ya está dicho, Teoría de la cordura de Higinio Marín. De hecho, y hasta donde conozco su trabajo como filósofo y publicista, es su naturaleza admirable lo único nada sorprendente de este libro; todo un tratado de antropología tramado desde los hábitos, esas propiedades  del corazón que habemos y somos, es decir, hecho desde el recuerdo o la cordialidad con el mundo. Que todo ello, el recordar, que es una manera de pensar y de dar gracias -de poetizar además, según dice Heidegger- forma parte del campo semántico del corazón. Al que yo añadiría esta propensión de los humanos a subir acordados, en o de la misma cuerda, musicalmente concordados.

Hace ya tiempo que escribimos de memoria, by heart o par coeur. Y pienso que si algún día tuviese que unir mis tentativas, el título más justo habría ser el de «Memorias de un lector». Y es que cuando falla el recuerdo tal vez falla todo lo demás. Lo primero que me llama la atención del libro de Marín es el título. No se habla mucho del corazón en filosofía. Puede que debido al mandato de Francis Bacon, con el que nos recibió cada mañana a tantos de nosotros la Facultad de Filosofía de la Complutense: De nobis ipsis silemus. Pero no hay nada menos seguro que reducir el corazón a lo privado o, como demuestra espléndidamente Marín, que confundir lo íntimo con lo que no es nada más que privado. A fin de cuentas, si la intimidad del corazón ha de ser preservada es porque ya está en peligro, expuesta de por sí.[1]Ver también PARDO, José Luis: La intimidad. Pre-Textos, Valencia, 1996. Y es la palabra «corazón», que se me aparece como un cartel luminoso, puede que como un emoji o un gif, o como cualquiera de esos subterfugios de la actual comunicación a distancia, la que ahora me arrastra hasta un recuerdo del propio Higinio Marín, de la manera en que lo conocí o según qué travesía. Porque lo conocí a través de una amiga común. Y fue ella la que hace casi treinta años me regaló otro libro no menos maravilloso, escrito en Zaragoza en el siglo XI por el filósofo Ibn Paquda, y que se titula Libro de la Guía para los Deberes de los Corazones, que se considera como un libro de moral. O al menos de lo que significaba la moral en el siglo XI, y que no podía deslindarse de una buena ración de ontología y de piedad religiosa.

El corazón tiene que ver con la memoria, hemos dicho, pertenece esta a su campo semántico, entre otras cosas porque hay que acordarse para llegar a un acuerdo. El mismo Ibn Paquda dice en el prefacio que su situación con respecto a los tesoros de la memoria es similar a la de un astrólogo que adivina dónde está enterrado un tesoro en casa de un amigo, y que la gran pieza de plata aparece, sin embargo, ennegrecida por efecto del óxido y la suciedad, de tal manera que es preciso limpiarla con sal y vinagre.[2]PAQUDA, Ibn: Los deberes de los corazones. Fundación Universitaria Española, Madrid, 1994, p. 21. Esta apelación a la magia y a la alquimia domestica está fuera de cuestión hoy, aunque no deja de ser interesante, y si señalo esta referencia es para subrayar que si la memoria importa es en virtud de su fragilidad, porque hay que romper las más de las veces el cerco del olvido.

El mismo Marín, en los agradecimientos, que en este caso resultan del todo significativos, deja caer algunas pistas con las que tramar mi propia memoria. En primer lugar, con la mención de un libro especialmente bello, el de Jacinto Choza dedicado al periplo de la humanidad realizado por Ulises, y que será junto al de Rafael Alvira dedicado a la vida cotidiana, una de las claves, de las llamadas subterráneas y continuas del texto. El libro de Choza fue algo bien importante también para quien esto ahora escribe. Por ejemplo, que «recordar se dice en diversas lenguas europeas llevar en el corazón, y olvidar, echar fuera de él. Recordar es salvar algo del pasado, sin dejarlo escapar de sí. Eso es lo mismo que tenerlo como principio, incluso como formando parte de la propia identidad.»[3]CHOZA, Jacinto y CHOZA, Pilar: Ulises, un arquetipo de la existencia humana. Ariel, Barcelona, 1996,  p. 60.

Ahora me importa el verbo «salvar». No sólo es que libros como este del que ahora hablamos salvan a la filosofía, por lo menos al cada vez más difícilmente satisfactorio, ejercicio de leer nuevos títulos y promesas y naderías, sino que el acto filosófico al que nos convocan, tanto Marín como Choza, es al de salvar la realidad, en servir a la verdad de la cosa. Hace años, hablando en particular de Jacinto Choza, un individuo al que no tengo por completamente necio, al menos a la vista de su prosperidad universitaria, me dijo que Choza no le interesaba nada, por tratarse de una filosofía meramente descriptiva. Y esto, que pensar sea efectuar descripciones afortunadas, capaces de salvar el fenómeno mismo, no me parece mayor detrimento. Aunque sí me lleva, claro, a hacer alguna reflexión sobre el significado de la prosperidad académica.

Salvar, ser capaz de mirar con los ojos lavados, es el secreto de la fenomenología de Husserl, y yo creo que en Teoría de la cordura hay suculentas lonchas de fenomenología. Desde luego, este salvamento, aunque con objetivos y presupuestos bien distintos lo hayamos también en Wittgenstein. Y esto me lleva al otro agradecimiento de Higinio Marín, a uno que es inevitable que me conmueva, y que se refiere a alguien que le puso, por así decir, corazón al filosofo austriaco entre nosotros: «Con frecuencia, mientras trabajaba para escribir o repasaba lo escrito, he mirado lo hecho pensando en lo que vería Jorge Vicente Arregui. Cuando eso ocurre, una incómoda punzada me exige hacer de la claridad y consistencia del argumento la prueba de la honestidad de lo que hago. Así me sigue acompañando en mi trabajo el recuerdo entrañable del amigo desaparecido. Me gustaría que el lector pudiera encontrar en las páginas que siguen algo de la honesta lucidez de Gorka.»[4]MARÍN, Higinio: Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón. Pre-Textos, Valencia, 2010, p. 25. Confieso que yo también he sentido a veces lo mismo. Es uno de los muchos seres humanos buenos que he conocido. Y aquí pesa, por mor de la coherencia lógica, más el «uno» que el «muchos». El bien no funciona del todo con los grandes números; en realidad nada importa, en cuanto a la bondad, cuántos sean esos muchos. Siempre se trata de uno, de tal o cual. El bien es singular y, en ese sentido, excepcional. Uno de los mayores relatos de la humanidad está lleno de excepciones (Noé, Lot). Son personas quienes resultan salvadas o nos salvan. Lo trágico, que es el otro polo griego de nuestra comprensión del mundo, tiene que ver con la estupefacción ante la singularidad. Nuestro propio yo resulta sanado ante el espectáculo del otro desmesurado, perdido, aherrojado por el implacable destino.

En otro de sus libros, uno que en absoluto puedo disociar del que tengo ahora en las manos, porque no creo que sea éste concebible sin aquel, se ocupó Marín de la tensión entre lo singular y lo colectivo, que hemos dicho que atañe al bien, desde el análisis del concepto de estilo[5]MARÍN PEDREÑO, Higinio: De dominio público. Ensayos de teoría social y del hombre. Eunsa, Barañáin (Navarra), 1997, pp. 109-142., esto es, apelando a lo bello, con lo que ya tocamos estos dos trascendentales convergentes, que son la base de lo teológico en un sentido amplio. Puede que si tenemos en cuenta ambos factores, el de la honestidad y el del estilo, esto es, el del compromiso con la verdad, que es siempre de tres o más, y el del estilo, que es cosa de uno, hayamos comprendido algo de la consistencia de la propuesta de Higinio Marín, y que tiene a mi juicio en De dominio público y en Teoría de la cordura su más importante realización. ¿Por qué hablar de hábitos del corazón? Pues porque «los hábitos del corazón prestan a la realidad esa decisiva gravitación interior que la hace efectiva en orden a componer una visión del mundo y a configurar nuestro modo de conducirnos en él» (p. 36) ¿Por qué habla sin embargo Ibn Paquda de deberes? Pues porque lo que resulta sustantivo para el segundo es la obediencia o sumisión a Dios, estamos hablando de un filósofo judío que intenta pensar en la Taifa musulmana de Zaragoza, pero no creo que en lo profundo haya tenido que traicionar ninguna convicción suya. De lo que hace memoria el corazón es de su amor a Dios en Ibn Paquda.

Higinio Marín dirá que la memoria cordial es la del amor a lo real.

Que es obediencia, sí, pero a una manera de ver, a una Weltanschauung que posee sentido. Cuando hablamos de configuraciones o visiones del mundo, yo intentaría excluir, y no tanto con respecto a los presupuestos de partida como con respecto a los inequívocos resultados, toda tentación de considerar esos modos de ver desde una perspectiva relativista. Creo que ese Welt o mundo al que se refiere Marín está más cerca de lo que el último Husserl llama mundo de vida, o Lebenswelt, que de cualquier encuadramiento perspectivista o de relatividad. Y por supuesto que tal modo de abordar la cuestión no está exento de solicitaciones éticas. Describir bien, hacerlo a conciencia, es algo más valioso de lo que afirmaba ese lector renuente de Jacinto Choza que antes mencionaba. Se trata, nada menos, que de tramar, en palabras de Higinio Marín, «la preservación de la sustancia significativa de la vida» (p. 47). Sospecho que ese anónimo (no) lector echaba de menos el delirio, como si el delirio no fuese la manera, casi la maniera en el sentido de la sumisión estética, que adopta lo real, liberado así de la común experiencia. O, puede que con mayor probabilidad, apelase a cierta interpretación más bien pedestre de la idea de la filosofía como una suerte de transformación revolucionaria. De ser así, tampoco se comprendería bien, por ejemplo, el feroz desmontaje que hace Marx del pensamiento de Proudhon, y cuya única miseria no estriba en su falta de voluntad revolucionaria, sino en una interpretación errónea de lo real por parte de éste. Los errados, los tontos, pisan charcos, no cambian estructuras políticas y económicas. Pero hasta aquí el monje Gaunilus, el insipiente de mi proslogion nada imaginario. Wittgenstein, como bien aprendíamos de Gorka Vicente Arregui, hasta a la hora del desayuno – a veces hablando del dolor de la finitud que aflige al replicante Deckard, y que es ya un barrunto de lo infinito-  está muy lejos de suscribir una conservación plana de lo que hay, cuando afirma que la filosofía lo deja todo como está. Ese salvar o conservar no tiene nada de plano. Se trata de no jugar al juego del gran tahúr. La última frase de Teoría de la cordura, dice «lo que el diablo no se espera es, precisamente, la esperanza.» (p. 283). Desde luego que no es la esperanza, Hoffnung  tal y como la retoma el revolucionario Ernst Bloch del milenarismo cristiano. Pero sí que no sería incompatible con ese oxímoron de Walter Benjamin de la schwache Kraft, de la débil fuerza mesiánica, que antes que en cualquier determinación política radica sobre todo en la sabiduría religiosa judía: el Mesías es quien puede llegar en cualquier parte, como un mendigo, por la puerta pequeña del tiempo. De hecho, la diferencia notable del judaísmo con el cristianismo, estriba en que ese mendigo, que era rey y Dios a pesar de sus harapos, o precisamente debido a ellos, ya ha llegado. ¿Y qué cambiará cuando llegue, se pregunta Benjamin? Apenas nada, poca cosa, casi todo invisible, añadiríamos nosotros.

Salvar no es solo mirar, sino mirar bien, que ya es una manera de curar, de reparar: «La pócima para conjurar la desesperanza está compuesta de modestia y paciencia, de irónica y tierna lucidez para lo humano, del coraje para perseverar en la expectativa de lo mejor aunque nunca se llegara a lograr, e incluso aunque fuera del todo imposible» (Ibidem).  Se acaba el tiempo y creo que solo he hablado del principio y del final del libro sobre el que hubiera deseado hablar. Un poco como esa muchacha que, yendo o volviendo de Venecia, presumía de que ya había aprendido a decir ti voglio y ciao, así que me vi obligado a aminorar su entusiasmo explicando que la lengua italiana es todo lo demás que puede ocurrir entre ambas expresiones. Entre el saludo y la despedida, el filósofo ha pergeñado, o continuado, porque su tentativa viene de lejos, los lugares de una antropología: la casa y las leyes de la hospitalidad, haciendo además una lectura muy perspicaz de Jacques Derrida, el lecho del sueño reparador y del amor, la mesa compartida, la tumba. Para no ganarme la animadversión de quien lee este comentario, a la vez apretado e insuficiente, me permito recomendar de un modo particular la octava parte de Teoría de la cordura, dedicada al baile (pp. 199-218). Al baile como memoria del paraíso, para ser más precisos. No es por azar sino para señalar que el baile y el pensamiento dan para un verano de lecturas, empezando por Higinio Marín, y su espléndida fenomenología de las verbenas de agosto, pero que nos puede llevar sin dificultad a Nietzsche, a Heidegger, Bataille o Paul Valéry. Incluso hasta a Deleuze si nos gusta dar pasos de baile con la complejidad.[6]BARDET, Marie: Pensar con mover. Un encuentro entre danza y filosofía. Cactus, Buenos Aires,  2012. Decimos mucho del mundo anhelado cuando nos dejamos llevar. Y esa coreografía sin condena es uno de los proyectos más serios al que podemos entregarnos, aunque lo hagamos entre risas, alegría y besos.

Título: Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón
  • Autor/es: Higinio Marín
  • Editorial: Pre-Textos
  • Nº de páginas: 288
  • Encuadernación: Rústica

Referencias

Referencias
1 Ver también PARDO, José Luis: La intimidad. Pre-Textos, Valencia, 1996.
2 PAQUDA, Ibn: Los deberes de los corazones. Fundación Universitaria Española, Madrid, 1994, p. 21.
3 CHOZA, Jacinto y CHOZA, Pilar: Ulises, un arquetipo de la existencia humana. Ariel, Barcelona, 1996,  p. 60.
4 MARÍN, Higinio: Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón. Pre-Textos, Valencia, 2010, p. 25.
5 MARÍN PEDREÑO, Higinio: De dominio público. Ensayos de teoría social y del hombre. Eunsa, Barañáin (Navarra), 1997, pp. 109-142.
6 BARDET, Marie: Pensar con mover. Un encuentro entre danza y filosofía. Cactus, Buenos Aires,  2012.

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