Que no busque el espectador, sin embargo, heroísmo alguno en Cry Macho. No hay nada de esto en la película, ni siquiera una pizca de maniqueísmo: los aspectos del cine de acción son tan superficiales que resultan irrelevantes, pues se trata, como advertíamos, de una película en la que el gran enfrentamiento está protagonizado por un gallo. En cambio, el guion, adaptado por el libretista de Gran Torino, Nick Schenk, a partir de una novela escrita por N. Richard Nash en los setenta, y claramente moldeado por Eastwood, toma la otra gran idea que inspiró Sin perdón, Space Cowboys (2000), Million Dollar Baby (2004) o Gran Torino, y se centra en ella excluyendo prácticamente todo lo demás: la agridulce humildad de reconocer que uno ha llegado a la recta final, y la noción de que, independientemente de lo que quede en el depósito, está a punto de quedarse sin carretera.

Ahora me importa el verbo «salvar». No sólo es que libros como este del que ahora hablamos salvan a la filosofía, por lo menos al cada vez más difícilmente satisfactorio, ejercicio de leer nuevos títulos y promesas y naderías, sino que el acto filosófico al que nos convocan, tanto Marín como Choza, es al de salvar la realidad, en servir a la verdad de la cosa. Hace años, hablando en particular de Jacinto Choza, un individuo al que no tengo por completamente necio, al menos a la vista de su prosperidad universitaria, me dijo que Choza no le interesaba nada, por tratarse de una filosofía meramente descriptiva. Y esto, que pensar sea efectuar descripciones afortunadas, capaces de salvar el fenómeno mismo, no me parece mayor detrimento. Aunque sí me lleva, claro, a hacer alguna reflexión sobre el significado de la prosperidad académica.

El libro de Le Breton es un maravilloso ejemplo de lectura, que casi establece un canon por sí mismo, a fuerza de reconstruir todos los aspectos de una fenomenología, sin prescindir, eso sí, de un pathos entusiasta, toda vez que no se trata de una teoría sino de una apología. Pero la lectura, en la que el antropólogo francés incluye a Cela y a Llamazares, junto a los más grandes, se recorre gustosa. En nada merma su comentario al colorido sorprendente de un macizo de rosas de agavanzo o escaramujos, que tropezamos aquí y allí sobre el verde vegetal que refresca nuestra ruta. De hecho, Elogio del caminar obedece a un propósito general de Le Breton, que podemos hallar bajo diferentes aspectos en sus escritos más reconocibles. Habla aquí «del goce tranquilo de pensar y de caminar», y aclara que «en este libro la sensorialidad y el disfrute del mundo están en el centro de la escritura y de la reflexión».

Lo que hace especial a “Poeta en Madrid” es la hondura de su contenido, la desnudez del que escribe sin cortapisas, la metaliteratura y ese universo sublime –a veces, inaccesible- del arte y sus manifestaciones. En ciertos momentos, incluso, se tiene la sensación de que las nueve musas viven en sus páginas. Calíope, con su elocuencia, seguida de Clío y su memoria, junto a la cítara de Erató y Euterpe, con su cabeza coronada de flores; mientras, Melpómene, Polimnia, Talía y Terpsícore intercambian guirnaldas y caretas, al tiempo que Urania sujeta entre sus manos el orbe.