Covid-19 y homo sapiens

Voy a empezar por el Homo sapiens. Hace muchos miles de años nació en el planeta Tierra la especie humana, una especie en la que, gracias a su cerebro y a diferencia de otras especies, pronto empezaron a tener lugar dos procesos: el de la homonización y el de la humanización.

El primero, homonización, se refiere al conjunto de cambios que sufrieron nuestros antepasados, los primeros homínidos, al pasar de una fisionomía parecida a la de los simios hasta el estado actual: cambios en la cara y los dientes, tamaño del cerebro, caminar sobre dos pies, adquisición del lenguaje… Un largo proceso evolutivo y biológico que se prolongó millones de años.

Después de este largo proceso de homonización, empezó un, también, largo proceso evolutivo, pero no biológico, por el cual tendemos a ser cada vez más humanos; es un proceso relacionado con la serie de logros fundamentales relacionados con la dignidad del ser humano, es decir, se refiere a la forma como los seres humanos han ido manifestando, claramente, su humanidad. Es así como se habla de naturaleza humana o esencia humana.

Ser «humano»

Entre estos dos procesos, homonización y humanización, existe una importante diferencia. Mientras que el ser humano crece orgánicamente hasta cierto punto, tras el cual deja de crecer, en humanización puede estar creciendo sin restricciones hasta su muerte. No existe, ni existirá según los expertos, una especie superior a la especie humana. La evolución se detiene en el Homo sapiens. El proceso de humanización permite la transformación del Hombre en Ser Humano. A través de este proceso se han ido estructurando las manifestaciones intelectuales, afectivas, sociales del ser humano, que nos va separando, cada vez más, del resto de las especies animales con las que compartimos el planeta Tierra en que vivimos: nuestro hogar.

A principios de la segunda mitad del siglo XX, el filósofo, paleontólogo y miembro de la Orden Jesuita, Teilhard de Chardin, autor del libro El factor humano, al defender la teoría de la humanización del hombre, indicó que era de «lenta y difícil elaboración a través del tiempo».

Esta característica de la especie humana ya fue descubierta en el siglo XVI por Pico della Mirandola, prototipo del hombre del Renacimiento (siglos XV y XVI), una etapa de transición entre la Edad Media y la Modernidad.

En palabras de Pico: «La suma generosidad del creador le ha concedido al hombre tener lo que desea, ser lo que quiere. El resto de los animales tiene inscrito en sus genes lo que van a ser, no pueden ser por toda la eternidad sino lo que desde el inicio son. En cambio, en los seres humanos puso Dios, desde su nacimiento, semillas de toda clase y gérmenes de todo género de vida, de modo que, lo que cada cual cultivare ese fructificará. Si nos dejamos llevar por nuestra parte vegetativa, nos convertiremos en vegetales; si nos quedamos en la sensual, nos embruteceremos; si usamos la razón, seremos animales celestes, y si cultivamos la inteligencia, nos convertiremos en ángeles e hijos de Dios».

La empatía global

En el libro La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, su autor Jeremy Rifkin (2010, Paidos) uno de los pensadores más influyentes en estos tiempos, indica la razón por la que «la empatía no se ha estudiado a fondo en todos sus detalles antropológicos e históricos. La conciencia empática se ha ido desarrollando lentamente durante 175.000 años de la historia humana. En ocasiones, ha florecido para desvanecerse después durante largos períodos de tiempo. Su evolución ha sido irregular, pero su trayectoria es clara» (2010:20).

La existencia en la especie humana de las neuronas espejo ha demostrado que el ser humano es, por naturaleza, empático; el descubrimiento de estas neuronas provocó un debate muy intenso en la comunidad académica en torno a antiguos supuestos sobre la naturaleza de la evolución biológica y, especialmente, de la evolución humana.

En la contraportada del citado libro de Jeremy Rifkin se señala: «A partir de todo ello, Rifkin nos invita a reflexionar lo que podrá ser la pregunta más importante que la humanidad pueda plantearse: ¿Estamos a tiempo de alcanzar la empatía global para evitar el desmoronamiento de la civilización y salvar la Tierra?

Las élites del vigente sistema económico-social, trabajan suponiendo que la empatía está ausente en el ser humano. Esas élites, interpretando de forma un tanto sui generis la doctrina de Adam Smith, suponen que el comportamiento humano responde a un previo cálculo de costes/beneficios, o, en otras palabras se comporta como una máquina de calcular; la lógica de cualquier decisión es la de buscar, junto con el menor coste, el máximo beneficio propio. En ese sentido, para esas élites, el ser humano es básicamente egoísta e individualista.

Jeremy Rifkin, en un libro posterior al ya citado (Paidos, 2014), titulado La sociedad de coste marginal cero. El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo, indica: «La propiedad privada es muy eficiente para determinados fines. Pero creer que lo mejor es ponerlo virtualmente todo en manos privadas –que es lo que propugnan la mayoría de los economistas partidarios del libre mercado- no pasa la prueba del algodón. Sobre todo cuando se trata de bienes y servicios públicos» (2014:202).

En 2008, Gary Olson, profesor de Ciencias Políticas, en un artículo publicado en Polis: Revista Latinoamericana, por título De las neuronas espejo a la neuropolítica moral, en el que explicaba que se nos educa para que no nos enteremos que somos empáticos, según él, porque la exposición a determinadas nuevas verdades acerca de la empatía supone una amenaza directa a los intereses de las élites.

La conciencia de especie

En estos momentos, las empresas farmacéuticas, conforme con el Acuerdo sobre Propiedad Intelectual (ADPIC) de la Organización Mundial de Comercio (OMC), están trabajando en la fabricando una vacuna contra el covid-19, sin intercambiar ningún conocimiento y pensando, únicamente en los países ricos que son los que tienen dinero para comprarlas.

La sociedad civil de estos países está dividida. Hay ciudadanos que, carentes de empatía, solo piensan en el día y hora a que serán llamados para ser vacunados y otros, que, además de eso, intervienen en campañas o forman parte de organizaciones que luchan por defender y promover el acceso universal a los medicamentos (en este caso, vacunas) como parte indispensable del derecho a la salud.

Piden a gobiernos, instituciones y centros de investigación que promuevan iniciativas de I+D basadas en nuevos modelos de investigación y desarrollo de medicamentos que no dependan exclusivamente de las patentes como incentivo y modelo de negocio. Solo posible en un nuevo paradigma económico.

El arqueólogo Eduald Carbonell habla de no olvidar que somos Homo sapiens, de la necesidad de tener conciencia de especie, y opina que el covid-19 es «el último aviso y si no se toman las oportunas decisiones, tendremos el colapso de la especie». Carbonell no es la única persona que opina así.

Los científicos cognitivos nos dicen que nacemos con unos circuitos neurales que nos permiten sentir empatía ante el sufrimiento ajeno y que la supervivencia de nuestra especie se ha debido, en gran proporción, a esa empatía o sociabilidad colectiva.

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