
Sin duda el caso de Isabel Díaz Ayuso no deja de ser un fenómeno singular. Aunque si bien, en estos tiempos que corren, no es el único no es menos cierto que hace 50 años apenas si hubiera durado una hora en la escena pública.
Hoy, en su misma línea y con similares modos y maneras, nos topamos con Javier Milei a los mandos de la nación Argentina, con Nigel Farage, postulándose como próximo premier británico o Donald Trump, auto proclamado rey, conduciendo a la primera potencia del orbe.
Sin ir más lejos y también por estos lares Santiago Abascal. Un tipo que enardece a las masas despotricando de los que llevan toda la vida viviendo de la política y los «chiringuitos»; lo que lleva haciendo él mismo desde siempre sin pudor alguno y a pesar de ello, salvo sorpresa de última hora, será vicepresidente del gobierno de España el próximo año.
Sin embargo casi se ha convertido en norma poner en solfa a los políticos de todo lo que sucede y sin faltar en parte a la razón lo cierto es que tiende a creerse que los que practican el noble oficio de la política pertenecen a una raza distinta del resto de los mortales. Y nada más lejos de la realidad.
Hasta los años 80 del siglo pasado el modelo capitalista dado tras la II Guerra Mundial, con sus defectos y virtudes, tenía en buena parte como premisa el bien común mientras, a partir de esa misma década, este acaba saltando por los aires cediendo el paso a una nueva ortodoxia donde el individuo prima por encima de todo y la acumulación de riqueza a toda costa pasa a ser su principal objetivo.
Se han perdido entonces y de manera sensible conceptos como los de empatía, solidaridad, ética o moral y han sido sustituidos por otros donde la avaricia y codicia se han constituido en señas de identidad deshumanizando la sociedad hasta límites insospechados.
«De aquellos barros estos lodos», y en consecuencia buena parte de quienes están entrando desde hace años en la política responden al mismo perfil de la sociedad que representan. Y el que no, se ve asediado por todas las vías posibles hasta acabar cediendo, abandonando o caer repudiado en muchos casos.
En este contexto decepcionante surgen personajes como los citados Milei, Farage, Trump, Ayuso y demás iluminados que irradiados por un nacionalismo extremo y una verborrea desafiante se consolidan y llegan a creerse salvadores de la patria.
La libertina presidenta madrileña responde a ese perfil y, precisamente por ello, goza del respaldo de un sistema pervertido que la sostiene mientras le sea útil a sus intereses en cuanto a beneficios fiscales, desregulación, privatización de los recursos, etcétera. Y la promociona de tal modo a través de sus poderosos recursos mediáticos hasta lograr seducir a una multitud que aprecia en sus continuas bravatas y desplantes una manera de reivindicar su desapego.
Poco importa que su cualificación sea mínima -hoy muchos «influencers» o figuras de «realities» tienen millones de seguidores que les reportan ingentes beneficios solo por su mera exposición pública-, como es el caso de Ayuso; desde sus ya míticas explicaciones a Carlos Alsina sobre la deflación del IRPF hasta la más reciente sobre las pretensiones del presidente Sánchez de mantenerse en La Moncloa con los votos de los inmigrantes en proceso de regularización cuando de todos es sabido que en las elecciones generales solo pueden votar los nacionales.
Por eso no sorprende lo que cuenta el periodista David Fernández que estuvo integrado en el gabinete de comunicación del PP de Madrid, en su biografía no autorizada de Isabel Díaz Ayuso, publicada el pasado mes de abril con el sugerente título “Ayuso: zancadillas, intrigas y venganzas en la Corte de Madrid”.
El autor cuenta como muchos de sus propios compañeros de partido no dan crédito cómo la actual presidenta madrileña ha podido llegar tan lejos. Máxime cuando, aun hoy en día, es sobradamente conocida su insolvencia para participar de cualquier debate, tertulia o discusión seria y reposada sobre cualquier tema más allá de sus reiterados exabruptos contra sus rivales políticos en todas sus comparecencias públicas.
Isabel Díaz Ayuso es, en definitiva, el paradigma de un escenario social y político donde lo de menos es el rigor y lo más el ruido y la sobreactuación en aras de lograr el poder, la satisfacción del propio ego y el mayor beneficio.