A estas alturas del metraje resulta como poco discutible si la expresión «el salvaje oeste», se refiere a las andanzas de los primeros pobladores de Norteamérica o a las brutalidades cometidas por irlandeses, ingleses y en general los que ocuparon aquellas tierras por la fuerza hasta casi exterminar a los nativos.
Pero no, nos vamos a hablar hoy de eso, ni siquiera de las historias que dieron pie a la «leyenda negra» española ni tampoco de como los portugueses pusieron en marcha la esclavitud para disponer de mano de obra barata a costa del sudor y la sangre de quienes pasaron tan dramático trance.
Hoy venimos a referir todas esas «personas» que empujan la silla de ruedas del abuelo, le cuidan, le acompañan y hasta le lavan el trasero.
De todas aquellas otras que nos preparan la comida y nos «hacen» la casa. De las que participan de las tareas del campo para beneficio de nuestras cosechas, las que nos sirven las tapas en bares y cafeterías, las copas a altas horas de la madrugada o acaban tiradas en la puerta de un servicio de urgencias tras un accidente en la obra sin que nadie sepa nada de ellas.
Sin las que, en definitiva, ni este país ni cualquier otro podría funcionar en otros tantos sectores, especialmente, en lo que se refiere a la dependencia, lo doméstico, la hostelería, el turismo y la construcción. De esos trabajos que, en resumidas cuentas, los nacionales ya no quieren.
Buena parte de todas ellas víctimas de la economía sumergida que en su estado de necesidad se ven obligadas a aceptar y sin capacidad alguna de reclamación, sencillamente, porque no existen.
De todas esas «personas», que ahora van a poder registrarse legalmente en España para, precisamente, tener derechos y no solo deberes.
Esas mismas que hoy en Extremadura hemos visto mancilladas como «ciudadanas de segunda», tras el acuerdo de la desacreditada María Guardiola, (ya saben, quien dijo en 2023 que no dejaría entrar en su gobierno a quienes «deshumanizan a los inmigrantes»), con sus nuevos camaradas de Vox en aras de eso que llaman «prioridad nacional».
Las que llegan huyendo de las guerras promocionadas por nuestras naciones y empresas en aras de sus recursos cuando no del hambre que proporcionan los rigores de un clima cambiante a instancias del desenfreno del primer mundo o de la miseria como otrora lo hacían de manera igual de fraudulenta muchos de nuestros abuelos y antepasados a Francia, Suiza o Alemania.
Resulta desconsolador que en una región como Extremadura donde la cinegética representa uno de sus principales recursos, se haya abierto también la veda a la caza del inmigrante.
Qué será qué nos ha pasado para descargar tanta ira y tanto odio sobre las capas más desfavorecidas y más débiles de la sociedad, haciendo recaer sobre las mismas las culpas de un ecosistema capitalista tan en extremo voraz.