Existe, está claro, una relación entre la aparición como una apertura en lo visible y lo que Rilke llama lo Abierto. En este punto, todo Rilke, y para muestra sirven sus Cuadernos de Malte, es una enseñanza sobre la mirada. Así pues, el pasaje sobre la aparición de Ingeborg no es una abdicación ante un misterio insondable ante el cual uno tendría que caer de rodillas. Al contrario, si Malte hace de la escritura de esta historia una especie de ejercicio espiritual, es en el sentido de la disciplina implacable que se impone a sí mismo para aprender a ver. Aprender a escribir. El Otro no es una instancia trascendental que le dictaría algo, o que le daría a una pintura la última pincelada de algún más allá cuya idea Rilke rechaza.

Y así la obra-monumento de Quignard parece condenada a desaparecer en el espacio, toda vez que mantiene una relación ambigua con el tiempo. Este es un proyecto en construcción, un monolito inacabado, todavía pendiente. Lo que, por un instante, como tal obra monumental, es asumida por el escritor como plenitud y finitud, pero que deliberadamente borra los límites entre pasado, presente y futuro.

Porque todos somos, si se nos provoca, apasionados terroristas y antiterroristas. Sin Terror -en el sentido vago y mágico que esta palabra tiene en Francia-, ¿quién querría vivir y, sobre todo, escribir? El terror es lo que confiere el fuego y la llama, el horror y el disfrute, a nuestra vida de tinta. Los torturadores y las víctimas, las corridas de toros, las bayonetas, los alambres de púas, el abuso y el éxtasis nos dan un placer ficticio. Y por eso sería instructivo analizar el desgarro de nuestro pensamiento, de nuestras emociones, entre los dos cabos –apolíneo y dionisíaco- que pueden ser designados por los nombres de Paulhan y Bataille: escritores aterrorizantes, aterrorizados y sendos hombres de letras. El lingüista bloqueado y el vergonzoso archivero, editores de revistas y directores de conciencia, unidos por el erotismo.

Leer a Quignard, entonces, es cuestionarse, en diálogo con la obra del Pseudo-Longino, sobre la superación de los límites y las embestidas del rayo. Habremos de sacar a la luz una poética del arte de Quignard, basada en los diversos tratados a través de los cuales intenta captar la noción de lo sublime. Existe un sentido de la forma, que es aquello que hallamos al estudiar cada fragmento y analizar el laconismo definido como estilo sustractivo. A pesar de las aparentes rupturas, como pueda ocurrirnos con Cioran o quizás con Canetti, siempre aparece una ligadura más profunda.

Es un hablar siempre inadecuado, vejado por metáforas inservibles, inferiores a su objeto. Es imposible, digo, pensar la música. Y estas líneas serían del todo innecesarias, al sernos devuelto el discurso a la fatalidad de lo inexpresable, de lo inefable, de eso que Fauré llamará el punto intraducible por encima de lo que es, mientras se preguntaba, como nosotros ahora, como nosotros quizás ya nunca, antes de estas palabras, ¿qué es la música?