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Hay quienes se fijan en los problemas ajenos para restar importancia a los propios. Otros ni siquiera se preocupan debidamente de sus asuntos, provocando que los trastornos se vayan encadenando. Y también están los que tienden a sobredimensionar el más nimio inconveniente. Faltos de prudencia todos ellos. Como dijo Baltasar Gracián: «Las grandes inteligencias siempre dejan mucho camino libre antes de los momentos críticos» y «el que camina a la luz de la razón va siempre muy atento al caso». Aunque no es fácil prestar atención a la adversidad sin acabar dándole excesiva importancia. Lo que no resulta tan complicado es relativizar esa importancia. Y la mejor manera de hacerlo es mirando desde arriba y hacia delante; cuanto más, mejor. Es decir, alejarse en la inmensidad del tiempo y el espacio hasta perder de vista no el problema, sino absolutamente todo. Alcanzar un punto en el que nada importe y seguir más allá, hasta extraviarse en el infinito. Y cuando nada tenga sentido, regresar al momento actual. El problema seguirá ahí, pero esta vez seremos conscientes de sus reducidos límites, lo cual también nos permitirá afrontarlo serenamente. No hay nada como visualizar un sol apagándose poco a poco o explotando en una supernova para darnos cuenta de cuán fatuos somos. Particularmente, prefiero imaginar un planeta errante atravesando la oscuridad del espacio intergaláctico a velocidad inconcebible. Aunque cualquier otra pequeñez del macrocosmos sería útil para este propósito.
Ahora bien, esto sería aplicable para problemas cotidianos y situaciones desagradables por las que a todos nos toca pasar. Pero al protagonista del libro que quiero mostrar no le servirá ni asistir al fin del sistema solar. Porque la naturaleza de sus problemas no es de este mundo o, por lo menos, no del que conocemos. El poder de la razón no resulta tan eficaz al enfrentarse con lo sobrenatural. Y en este relato todo lo que ocurre escapa al entendimiento. Se trata de una de las novelas de terror fantástico más inquietantes y agobiantes: La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson. Probablemente la mejor obra del autor, según Lovecraft. Lo cual no es poca cosa cuando es el propio maestro del horror cósmico el que dedica estas palabras a Hodgson en El horror en la literatura:
Son pocos los que le igualan en sugerir la proximidad de unas fuerzas innominadas y unas entidades monstruosas y hostiles mediante alusiones casuales y detalles insignificantes, o en transmitir sensaciones de lo espectral y lo anormal en conexión con parajes o edificios.
Veamos dónde se produce esa conexión en esta ocasión: la historia comienza con el hallazgo de un manuscrito en unas ruinas a las afueras de una apartada aldea en el oeste de Irlanda. Quienes hacen el descubrimiento son dos amigos que se encuentran de vacaciones recorriendo la zona. Y es gracias a su excursión que obtenemos una primera impresión del escenario donde ocurrió todo. O casi todo. Un lugar del que los dos turistas, con el manuscrito ya en su poder, se alejan rápidamente apremiados por el pánico que les invade. Ya en la seguridad de su campamento será cuando abran el libro para proceder a su lectura. Ahora empieza lo bueno.
He decidido empezar una especie de diario; esto me permitirá dar expresión a algunos pensamientos y sentimientos que no puedo manifestar a nadie; aparte de esto, estoy impaciente por anotar todas las cosas extrañas que he visto y oído a lo largo de los muchos años de soledad que he pasado en este misterioso edificio.
Hasta aquí podría parecer que el lector se halla ante una novela de estilo gótico, pero lo único que va encontrar en ese sentido es lo que Lovecraft denomina como «algunas pinceladas sentimentales». Lo que viene a continuación es el relato de un viaje astral a un mundo desértico y oscuro, alumbrado por la débil y rojiza luz de un sol ominoso. Un mundo en el que el protagonista encuentra una casa idéntica a la suya, salvo por las enormes proporciones y por parecer estar construida en jade. Uno tras otro, irán apareciendo monstruos gigantes, cada uno con la cabeza de un animal distinto; dioses mitológicos atroces y deformes. Y acechando la gran casa, una gran bestia con cabeza de cerdo buscando la forma de entrar.
Esta es la primera de las visiones que experimenta el autor del manuscrito, tras la cual vuelve a encontrarse en el estudio que será su refugio y su prisión en adelante. Pues todavía ha de llegar la amenaza desde los propios terrenos de la casa. Y aún hemos de asistir a un increíble viaje a través de eones y de años-luz. La combinación es aterradora; el horror surgiendo de las profundidades de la tierra y habitando en los confines del universo. ¡Cómo no le iba a gustar a Lovecraft! Y a cualquiera que ame la literatura de terror.
Porque la novela de Hodgson es única en su género; combina distintos tipos de espantos relacionados entre sí sin necesidad de dar ninguna explicación. Pues los horrores primigenios tienen muchas caras.
La primera vez que leí este libro me impresionó profundamente por la historia y las imágenes descritas, aunque puede que el hecho de ser adolescente y escuchar discos de King Crimson de fondo también aportase bastante a la experiencia. Pero he de decir que en esta relectura lo he disfrutado aún más si cabe, sintiendo la impotencia y la atmósfera opresiva tanto en el interior del estudio del protagonista como en la vastedad del universo. Y no les recomendaré la versión que poseo yo, una edición de Abraxas con el título traducido como La casa en el fin. Si se hacen con un ejemplar, que sea el de El Club Diógenes de la editorial Valdemar donde, una vez más, utilizan una obra de Zdzisław Beksiński para la portada. Léanlo y, cuando tengan un problema, recuerden la experiencia espaciotemporal y la Estrella Verde.
| Título: La casa en el confín de la Tierra |
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