El bebé de las pestañas kilométricas se ha convertido en nuestro relaciones públicas. Es imposible salir con él y no acabar manteniendo conversaciones con personas desconocidas. Es un silencioso interlocutor. Todavía no habla; solo emite gruñidos que nos aventuramos a traducir, no sin cierta torpeza. Me pregunto si, cuando comience a hablar, desaparecerá todo este interés. Mientras el lenguaje aún no está presente, cada persona se convierte en una especie de traductora de sus deseos, necesidades y gestos. Nadie sabe realmente qué quiere decir. Supongo que de ahí emana este estado de pseudomagia. Siempre aparece alguien que asegura que tiene hambre, sueño o que echa de menos. A veces tienen razón y otras no tanto. Los bebés son seres más complejos de lo que parecen.
Lo inusual ha ido adquiriendo distintos matices cada mes. Una vez, una chica desconocida me pidió cogerlo en brazos y me negué. Durante unos segundos imaginé que echaría a correr con él. Quise esconderlo, protegerlo, guardarlo. Después me quedé pensando en ella. Quizá estaba triste y solo buscaba un pequeño chute de alegría. Porque los bebés parecen insuflar una felicidad desconocida y arrolladora. Hay personas a las que nunca he visto sonreír tanto como cuando hablan con el bebé de las pestañas kilométricas.
Otro clásico de estos días es que nos repitan que «crecen muy rápido». Me gustaría asentir sin más, pero al mismo tiempo responder que no; que el cansancio hace que algunos días sean larguísimos, mientras eres plenamente consciente de que ese día no volverá. Es una sensación extraña: vivir en una despedida continua de quien es él y de quienes somos nosotros. Cada mañana es un bebé nuevo y nosotras, de alguna forma, también.

Pero criar no consiste solo en descubrir a un bebé nuevo cada mañana. También significa descubrir la ciudad desde una altura distinta: la de un carrito. Y ahí empieza otro aprendizaje.
Todo este mundo de descubrimientos, alegrías, agotamiento y enamoramiento (porque nos hemos enamorado de él; no dejamos de hablar de él ni de enviarnos fotos suyas) convive con dificultades cotidianas. Vivimos en una ciudad que es, por definición, enemiga de la infancia. Tal vez todas lo sean, pero esta es particularmente dura. Los espacios más amables para pasar tiempo con un bebé son los centros comerciales. Allí sí hay cambiadores, ¡incluso salas de lactancia! para que las madres no vayan por ahí enseñando la teta (¡como si el mundo no fuera nuestra sala de lactancia!), se puede llegar en tranvía y este reserva dos vagones para carritos. Sin embargo, fuera del templo del consumo, las cosas se complican.
Subirse a un autobús con un carrito de bebé en Murcia se ha convertido en un acto de fe. El primero consiste en confiar en que el autobús llegará, porque ni siquiera contamos con un sistema que indique cuándo pasa. Cuando por fin aparece, empieza la ruleta de la suerte a girar: ¿funcionará el aire acondicionado? ¿Habrá sitio para subir? ¿Hoy tocarán goteras? ¿Arderá? Si finalmente hay espacio, toca levantar el carrito en volandas porque los autobuses de nuestra ciudad no disponen de rampa de acceso. Y estamos hablando de un carrito de bebé: imaginaos con qué realidad se encuentran quienes usan sillas de ruedas y sus familiares.
Si todo esto ocurre en una avenida sin sombra en pleno verano (y aquí el verano empieza en mayo y acaba en octubre) la escena resulta difícil de justificar en una ciudad de casi medio millón de habitantes. Leo con frecuencia que tenemos uno de los peores sistemas de transporte del país, pero no sé cuánto más alto hay que decirlo para que alguien decida escuchar y hacer algo. Para que la ciudadanía reaccione. Es como si nos hubiéramos acostumbrado a vivir así y a nadie le importara demasiado que el Ayuntamiento de Murcia trate a quienes usan el transporte público como ciudadanía de segunda.

Así que así estamos: aferradas al coche privado y queriendo llegar hasta la misma puerta de cualquier sitio. Algo que no solo ha aumentado la densidad del tráfico, sino que ha creado una masa de personas al volante profundamente furiosa contra carriles bici y carriles bus. Si tenéis alguna duda, miradles a la cara de buena mañana. No puede ser bueno para la salud salir de casa así.
Pero el transporte público no es el único obstáculo. Los parques y, en general, las plazas carecen de sombra. Y los parques que sí la tienen están cerrados cuando más buscamos su refugio. Es difícil encontrar un lugar donde resguardarse del calor con criaturas; un lugar donde puedan jugar lejos del asfalto abrasador. Pero esta hostilidad no afecta solo a las más pequeñas. La propia construcción urbana parece una invitación permanente a abandonar la ciudad y refugiarse en casa. Eso sí, para quienes tienen la suerte de tener un espacio al que volver.
Quienes pueden, se marchan dos meses a la playa para conjugar el verbo veranear, algo que tiene más que ver con la clase social a la que pertenezcas que con otra cosa. Quienes nos quedamos aquí, pasamos el verano en un desierto cultural, urbano y social. Algo que parece propio de otros tiempos, pero que, por desgracia, parece que ha venido para quedarse. Me alegra vivir en un barrio en el que se están haciendo cosas para cambiar esta realidad.
Tal vez el gran logro del neoliberalismo haya sido convencernos de que somos responsables individuales de todo lo que nos sucede. Así, si tengo que acabar con el bebé de las pestañas kilométricas en una parada de autobús en mitad de la carretera del Palmar, sin sombras y a casi cuarenta grados, será porque me organicé mal, porque no conduzco o porque no tomé las decisiones correctas. Nunca porque la ciudad esté mal diseñada.
Nos merecemos otra ciudad. Pero, sobre todo, necesitamos comprender que lo que durante décadas se nos ha vendido como progreso es una dependencia insostenible de los combustibles fósiles. Que el mundo que heredarán las futuras generaciones será más cálido, más desigual, más difícil de habitar y que nos está haciendo enfermar.
Quizá por eso los bebés resultan tan reveladores. Porque obligan a reajustar la mirada. Un bebé no necesita grandes discursos sobre urbanismo para señalar los fallos de una ciudad: basta un carrito atrapado en un autobús inaccesible, una plaza sin sombra o calles sin aceras, cambiadores adaptados a cuentagotas o insuficientes fuentes públicas.
Los bebés funcionan como un detector de calidad democrática del espacio urbano, quizá también de inteligencia urbana. Una ciudad verdaderamente inteligente no es la que acumula reconocimientos internacionales, sino la que hace sencilla la vida cotidiana de quienes la habitan. Y cuando es hostil para quienes empiezan la vida, termina siendo hostil para casi todo el mundo.

Fotografía: autobús con tres carritos después de discutir con el conductor para que no dejara a ninguna madre y criatura bajo el sol de julio. Teóricamente, solo puede subir una silleta en los autobuses urbanos. Desde aquí, gracias a las madres que no se callan, que no se conforman con lo que hay. No nos pueden parar.