
Estoy aquí y estoy bien. Quiero esperar el máximo número de días posibles sin salir de aquí a gusto aquí en paz aquí.
Hoy he cogido el coche. He conducido muy rápido en tercera para limpiar la carbonilla del motor. Cuando he dejado de hacerlo y he vuelto a conducir a velocidad normal el humo negro ha vuelto.
Miro por la ventana extrañada, voy al supermercado extrañada, observo los pasillos, los analizo, murmuro cosas sobre lo que necesito y las razones de elegir entre artículos similares. Miro a los productos desde mitad del pasillo, un poco de lejos pero no demasiado, bloqueo el paso. Argumento mi necesidad mientras la mujer de camiseta y pantalones cortos negros me ve y yo le pido disculpas por ocupar el pasillo. No pasa nada, no te preocupes, puedo pasar.
Hace veranos leí la Azotea de Fernanda Trías. Solo recuerdo que era agobiante, que era violento, que la mujer no estaba bien, y que todo se hacía cada vez más asfixiante. No recuerdo de qué iba. Como el cuento de Cortazar Casa Tomada. Todo se hacía cada vez más angustioso. Aunque fuera mentira.
¿Pasará también así con todo lo demás? ¿Dejaremos de recordar los motivos de la asfixia?
Cada vez me interesa menos el lenguaje y me siento culpable. Al no interesarme tanto lo que puedan producirme las palabras ajenas aguanto más días aquí, en la burbuja chisporroteante.
Este año leí la primera novela de Juan Mattio. La tecnología había creado una isla donde encontrarnos con las muertes inesperadas, los duelos no superados. Había también una trama de decodificación hecha por lingüistas y psicólogos en colaboración con la policía de la dictadura de Videla para cazar a los subversivos. Ahora todo esto ya no sería necesario.
Es raro son las 15 horas y no hay viento. Y debería haberlo. Ha hecho calor y el valle. El viento anabático. El viento valle montaña. Estoy deseando que llegue la noche, puede que haga calor y, entonces…
Presa de su pasado y de sus miedos, atrapada en un delirio emocional, está convencida de que el mundo exterior es la feroz amenaza de la que debe proteger a su familia. La extenuante batalla que emprende contra él será la confrontación con su propio abismo interior.
Voy a ir a casa de Puri, necesito que me cuide a los gatos. No creo que le importe pasar una vez al día a cambiarle el agua y ponerle pienso. Volveré en menos de una semana, me asusta que sea la segunda tarde con calor por la noche y sin viento a las 15horas.
Hay un pic-nic en el parque. Me resisto a ir. La gente me da miedo. He preparado la comida que dije iba a llevar, pero no voy a ir. He cogido el coche y estoy conduciendo por la misma carretera, la de detrás del pueblo, camino del río. Cada vez me parece un camino nuevo aunque no lo sea.
Algo que se va apoderando poco a poco.