Siempre creí que mi abuelo era druida. Él me enseñó a sentir el latido de los micelios en las raíces acariciando cortezas, a venerar los huecos donde habita el cárabo, a leer en las hojas la historia del viento, a escuchar rastros, olfatear sonidos y saber mirar hacia el corazón del bosque.
Le invoco mientras grito con angustia el nombre de mi hija pequeña, perdida en este desalmado monocultivo australiano de olor farmacéutico que nada transmite. Anochece sin un atisbo de vida entre los mudos troncos espigados. Y, como los árboles que antaño poblaban estos montes, me siento morir.

Ainssss, putos eucaliptoooosss!!!
Hola, Eva. Un relato selecto, dedicado a los que amamos la naturaleza, como ese abuelo que (intuyo) podría ser el tuyo. La pérdida más horrible mezclada con la pérdida de la flora autóctona, buah, genial.
Un gustazo leerte, como siempre