Voces desde el huerto del amor no conocido

Comentario a INOGÉS SANZ, Mª Cristina: Beguinas. Memoria herida. PPC, Madrid, 2021.

Un jardín es una isla, una ciudad dentro de la ciudad, refugio y puerto. Desde allí nos llega el eco de unas voces de mujer. Vienen de lejos, claro. Lo hacen en la lejanía del tiempo o con la palabra y la memoria ya horadadas por el silencio del olvido. Heridas en una historia de la herida. Por ejemplo la de Jesús en el costado, que se convierte, durante la Edad Media, en símbolo de esa rasgadura materna capaz de dar vida. No vale cualquier voz para dar cuenta de esas voces, pero hasta la más acomodaticia, la más impermeable al reto, puede percibir la belleza de esa travesía, como Julia Kristeva, quien por buscar en mujer demasiado alta, como Teresa de Jesús, se quedaría pequeña ante esta genealogía del amor, que fuese invención de ellas: «Regreso al jardín de las beguinas, que fue, de hecho, un jardín: alegría, rapto, rosa mística donde triunfa un éxtasis que desafía a las palabras. Pero es, sobre todo, secreto y mudo, del otro lado de la pasión del hombre, una simplicidad de flores, esmaltes y camafeos, hilos coloridos que trenzan figuras. Una geometría sensible, metáforas del cuerpo fragmentado, atrapado por un pensamiento antes del pensamiento. Gotas rojas de tu sangre, de mi sangre, latidos íntimos de mi ser.»[1]KRISTEVA, Julia: Teresa, amor mío. Santa Teresa de Ávila. Paso de Barca, Barcelona, 2015, p. 108.

Sin embargo, ahora es Cristina Inogés, uno de los nombres más potentes dentro de la teología feminista, quien nos regala su propia entrada a este hortus conclusus; el memorial con el que escribe el preámbulo a este libro de mujeres, en el que hay tantos preámbulos, aunque uno de ellos, como el de la nota que dediqué a Hildegarda de Bingen, no tenga otra justificación que la de su generosidad. Me permito esta larga cita de Inogés, porque da buena noticia del sentido de su investigación: «Hace ya algunos años viajé con una amiga a Brugge, que traducimos como «Brujas» cuando realmente significa «Puentes». Crucé uno que me llevó a un lugar que parecía sacado de un cuento; el puente, no muy grande, atravesaba uno de los innumerables canales que fluyen por la ciudad y terminaba en un portón que permitía cerrar un muro de considerable altura. El recinto amurallado contenía la que se convertiría en una de las pasiones de mi vida. Al cruzar el portón accedí a un gran jardín magníficamente cuidado donde los árboles, ya en pleno otoño, habían perdido muchas de sus hojas, y a cuyos pies unas sencillas flores amarillas parecían chispas doradas dispuestas para llamar la atención; la forma circular del jardín le venía dada por la disposición de unas casitas a modo de urbanización mucho más bonita y familiar que las actuales. Dichas casitas, todas iguales, lejos de dar la sensación de uniformidad, respondían más bien a un espíritu de igualdad que se captaba de inmediato. Estaba en el Béguinage de Brugge, el Begijnhof -dicho en flamenco-, el beaterio, en definitiva, el lugar donde vivían las beguinas de esa ciudad.»[2]INOGÉS SANZ, Mª Cristina: Beguinas. Memoria herida. PPC, Madrid,2021, p. 15

Dos voces, dos accesos a ese huerto del amor. La primera, en el fondo indiferente, observa con una cierta condescendencia esa inocencia festiva y nupcial, que no es en absoluto ajena a la realidad espiritual del beguinato. La segunda, la de Cristina Inogés, es en cambio una voz comprometida, llamada por los ecos que vienen del huerto protegido.

Posee un carácter personal, pero también una atención a la política. Y no hay manera de arquitectura o de urbanismo que no contengan una declaración política. Lo cerrado permitía que fuese respetada la libertad de esas mujeres, consagradas a lo divino pero sin la disciplina y el control monacales. Entre el monacato y el matrimonio o la prostitución, aparece este espacio exento, utópico en el sentido más literal del término, puesto que se hurtaba a los lugares convencionales que la sociedad patriarcal había reservado para las mujeres. Esta arquitectura especializada siempre resulta sorprendente, lo es tropezar con espacios tan connotados. Memoria por memoria, me viene a las mientes una vez hace muchos años que Federica Blesi y yo nos colamos en el carmelo de la cartuja de Pavía, en la Certosa, y si confieso esta infracción, cometida por ella desde la inadvertencia y por mí desde la contumacia, es porque nos fue revelada una gran fábrica de silencio, y desde entonces me parece que llevo prendidas en las palabras no pocas pavesas de silencio. Sabe la autora que, contando las historia de este grupo de mujeres sirve también a la tarea constituyente de una tradición, como ya ha demostrado, con singular delicadeza, en su ensayo dedicado a Charitas Pirckheimer, una clarisa en los años turbulentos de la Reforma y personalidad muy interesante, que hasta que leí ese libro anterior de Inogés, admito que para mí era una completa desconocida.[3]INOGÉS SANZ, Cristina: Charitas Pirckheimer. Una vela encendida contra el viento. San Pablo, Madrid, 2017.

En este caso, la huella de esas enamoradas divinas no sólo es llevada hacia adelante, hasta Teresa de Jesús y las beatas alumbradas heréticas primero, y luego hasta una gema mística, aunque de una espiritualidad en el umbral del cristianismo, como Simone Weil, sino que también la reconduce hacia atrás. Hasta más de cuatro mil años atrás, con la sacerdotisa y poeta sumeria Enheduanna (pp. 235-240) Por otro lado, el estudio sobre las beguinas es encuadrado por la autora en su profusa actividad en torno al nuevo paradigma sinodal católico, tan amplia que excede el espacio reservado a mi comentario. Son muchos los nombres que menciona Inogés, y en este sentido más de un lector puede sentir que se ha perdido algo mucho mayor, que la memoria está en verdad herida. Me atrevería a decir que entre estas mujeres, no todas ellas beguinas en sentido estricto, pues que algunas tendrán relaciones institucionales con el monacato más estrechas, y otras serán una especie de verso suelto dentro de las estructuras de poder pastoral, para Inogés le son singularmente cercanas, la reclusa Dame Juliana de Norwich y Margarita  Porete. La primera por su vínculo espiritual con Thomas Merton. Y la segunda, porque su condena a morir en la hoguera el 1 de junio de 1310, que fue el desencadenante para la persecución generalizada de las beguinas, es la herida más dolorosa. El Miroir, el espejo de Porete es, en efecto, un texto de extraordinaria profundidad espiritual, que sobrevive, incluso en círculos eclesiásticos, a la brutal condena de la escritora, y que anuncia, con su nihilismo místico, a Meister Eckhart, y más lejos todavía a Juan de la Cruz, pues como apunta Porete al final del quinto estado: «Entonces el Alma cae de amor en nada, nada sin la cual no podría ser toda.»[4]PORETE, Margarita: El espejo de las almas simples. Siruela, Madrid, 2005, p. 167. Señala Inogés que el miroir es una suerte de género literario (p. 158). Como que los specula, entre los que se encuentra uno tan afín al mundo de Porete como el de Margarita de Oingt,[5]SANCHO FIBLA, Sergi: Escribir y meditar. La obra de Marguerite d’Oingt, cartuja del siglo XIII. Siruela, Madrid, 2018, pp. 128-129. suponen toda una filosofía y una fábrica de la ejemplaridad, pues que toda vida es espejo para toda otra, y como tal instructiva. No deja de resultar paradójico el hecho de que uno de los clásicos de la literatura misógina, tal vez el más brutal y exagerado hasta la irrisión que se ha divulgado en nuestras letras, sea el Espill de Jaume Roig, escrito en el siglo XV.[6]ROIG, Jaume: Espejo. Pre-textos/Barcino, Valencia- Barcelona, 2016. A fin de cuentas el saber obstétrico se ha valido de un espejo, de un espéculo para observar la vagina y el útero. Y con toda intención lo recuerda ese clásico de la filosofía feminista, todavía hoy provocativo e incómodo, que firmase Luce Irigaray, pues que la especulación sobre lo femenino, que ha sido casi siempre masculina, tiene cierta relación con el sesgo atomizado y parcial del obstetra. Y este pensamiento de la diferencia, con un lenguaje que nos recuerda a veces al docto no saber de aquellas místicas, se hace de una claridad completa, pero también de la más oscura tiniebla: «Va a ser preciso que ella recorra de nuevo la sombra misma de su mirada. Noche de toda visión aún sensible, aún solar, para un deslumbramiento que condenaría al arrepentimiento de su suficiencia a este mismo astro. Noche a su vez, y sobre todo, de toda especulación inteligible, de toda contemplación teórica, aunque tuviera por objeto el Ser mismo. Y si el hombre pensara escaparse mediante una recta visión de la opacidad de todo cuerpo ante la luz, veremos cómo vuelve a sumergirse a causa de la impetuosidad de su deseo en la oscuridad que proyectaba aún en su contorno y en su reverso una mirada supuestamente esclarecida.»[7]IRIGARAY, Luce: Espéculo de la otra mujer. Akal, Madrid, 2007, pp. 176-177. Pero la elección de Porete por los specula no puede ser más significativa. No el mundo, vacío de toda huella suya, sino yo soy espejo de Dios.[8]CIRLOT, Victoria y GARÍ, Blanca: La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media. Siruela, Madrid, 2020, p. 221.

Leo estos días la autobiografía dictada por otra mujer singular, que conoció a Juliana de Norwich, Margery Kempe, y que es un personaje que plantea no pocas incógnitas, pues resulta difícil indicar dónde aparece el desequilibrio psicológico, duro y puro, cuando antes se ha celebrado la santa locura como carisma, la insania Dei o santa pazzia.[9]KEMPE, Margery: Libro de Margery Kempe.La mujer que se reinventó a sí misma. Publicacions de la Università de Valéncia, Valencia, 2012 Margery llega tarde a la espiritualidad, pues estamos hablando de una mujer de cuarenta años, madre de catorce hijos, probablemente de una clase social elevada, pero arrastrada a cierto declive económico. ¿Mística, falsaria o exhibicionista? Yo creo que hay un poco de todo eso en ella. En cualquier caso lo que si advertimos es cómo ciertos carismas han caído en cierto descrédito: el llanto continuo, los gritos, las convulsiones, se juzgan cosa de farsa, de enfermedad o de posesión demoniaca antes que como un signo que provoca reverencia. Entre esas aulladoras místicas, y no menos en entredicho por ello, está la magnífica Ángela de Foligno, cuyos raptos alarmaban a la comunidad de Asís, y es su desgarrador grito, dirigido a un amor no conocido, el que sirve ahora para mi propia exposición.[10]FOLIGNO, Ángela: Libro de la experiencia. Siruela, Madrid, 2014. Lo que dice Foligno tiene que ver con ese amor de lejos, L’ Amor de Lonh, que es la esencia cortés de ese sentimiento que inventaron algunas mujeres hacia el siglo XIII en Europa. Y digo que lo inventaron, porque hicieron de él una palabra, un poema, una protesta o una plegaria. Pero es que cuenta también no lo que aúlla Ángela de Foligno. Es el grito mismo, su exceso, esa demanda que rompe en pedazos al logos discursivo, lo que alarmaba entonces a los franciscanos de Asís. Y que lo hace, en realidad, para cualquier hombre, pues el grito, que a veces restalla como ese Encore, ese Aún del orgasmo, nos arroja el excedente del goce femenino que no podríamos satisfacer, como bien sabe Eugénie Lemoine-Luccioni, una de esas analistas que decidieron dejar lejos el espéculo y empezar a escuchar.[11]LEMOINE-LUCCIONI, Eugénie: El Grito. El sueño del cosmonauta. Paidós, Barcelona, 1982. En comparación con ella, tampoco nosotros nos tomamos muy en serio los gritos de Kempe, que persigue con demasiada ansiedad la santidad, imitando en todo a Catalina, a Beatriz, a la misma Juliana.

¿Pero qué es ser santo? ¿No se trata ésta de una pregunta siempre abierta? André Festugière, dominico y gran conocedor de la antigüedad, no tiene dificultades para distinguir entre la santidad de estado y la santidad como una cualidad objetiva e individual, pero si hemos de distinguir entre el héroe pagano y el santo cristiano, puesto que ambos son modelos, espejo o instrucción de otros, el suelo se hace más inseguro. Vence, claro, el dominico, porque Dios es el santo que santifica. Se trata no de algo que hacemos sino de algo que recibimos.[12]FESTUGIÈRE, André- Jean: La santidad. San Esteban, Salamanca, 2016, p. 78. Por supuesto que una lectura histórica del proceso del culto a los santos, nos muestra, como en el libro de Peter Brown sobre el patronazgo en la Antigüedad tardía, toda suerte de intereses políticos y financieros involucrados en dicha actividad.[13]BROWN, Peter: El culto a los santos. Sígueme, Salamanca, 2018. A pesar de ello, las hagiografías son una fuente de conocimiento sobre los anhelos y las expectativas de una época. Leer las vidas de dos vírgenes y mártires, como Santa Osith y Santa Fe, sobre todo la de la primera, nos muestra algo que subyace al estudio de Cristina Inogés sobre las beguinas. Puesto que Osith ha de decir que no, ha de desafiar a la triple autoridad masculina (el padre, el marido, la jerarquía eclesiástica), en virtud de otro vínculo, por esa exención que el amor parece justificar.[14]Vidas de Santa Osith y Santa Fe. Siruela, Madrid, 2020. También las mujeres tras los muros de ese  jardín de Brugge, maestras, cuidadoras, orantes, buscaban una habitación propia. Algo que, probablemente, necesitaba de imágenes, de reclamos e identificaciones simbólicas entre mujeres, que no resulta arduo hallar ahora a partir de una historia feminista de la Edad Media, como la que propone Teresa Vinyoles, para quien la Visitación se presenta como un icono de la sororidad.[15]VINYOLES VIDAL, Teresa: Usos amorosos de las mujeres en la época medieval. Catarata, Madrid, 2020. Pero las místicas se identificarían con Jesús mismo, madre él y más que madre. Pues su sufrimiento hace nacer la vida. Y verán en la herida del costado del crucificado otra herida. Porque la vida cotidiana de una mujer es en sí misma épica, aunque no sea esa épica artificial y de un día en la que brillan algunos guerreros. Y esa idea, la de que el gobierno de las personas, pueda ser además imago Dei, tomando la figura de ese Jesús que es frágil y necesitado, que es Christós por necesitado, sirve a una reserva utópica que cuenta siempre con muchos fondos. Para muchos de nosotros se trata en realidad de una cantidad infinita de fondos, que he ido recreando mientras pensaba en este libro apasionado y bello de Cristina Inogés, que nos acerca sobre todo al corazón de una luchadora. Una que vuelve la vista atrás y busca la complicidad de tantas y tantas hermanas. Yo mismo la he encontrado en una brillante genealogía del gobierno pastoral, tan pegada a Michel Foucault como al gesto de Santa Clara en un lavatorio de pies. Puesto que, como escribe Jacques Dalarun, en este libro de teología política que nunca me cansaría de recomendar, «la santidad debe ser el toque de lo inesperado en el seno de lo previsible, la cáscara de lo inconveniente en el corazón de lo conveniente.»[16]DALARUN, Jacques: Gobernar es servir. Ensayo de democracia medieval. Ediciones Franciscanas Arantzazu, Vitoria- Gasteiz, 2018, p. 22. Amor vive, bien lo sé, de las penas que soporto. Así escribe una amanuense en una celda del jardín cerrado. Son palabras de una beata, de esa alta poeta que se llamó Hadewich, la de Amberes. Y musita ahora los versos y nos llegan como un eco desde ese jardín del que parece que no queramos salir.

Título: Beguinas. Memoria herida
  • Autor/es: Mª Cristina Inogés Sanz
  • Editorial: PPC
  • Nº de páginas: 256
  • Encuadernación: Rústica

Referencias

Referencias
1 KRISTEVA, Julia: Teresa, amor mío. Santa Teresa de Ávila. Paso de Barca, Barcelona, 2015, p. 108.
2 INOGÉS SANZ, Mª Cristina: Beguinas. Memoria herida. PPC, Madrid,2021, p. 15
3 INOGÉS SANZ, Cristina: Charitas Pirckheimer. Una vela encendida contra el viento. San Pablo, Madrid, 2017.
4 PORETE, Margarita: El espejo de las almas simples. Siruela, Madrid, 2005, p. 167.
5 SANCHO FIBLA, Sergi: Escribir y meditar. La obra de Marguerite d’Oingt, cartuja del siglo XIII. Siruela, Madrid, 2018, pp. 128-129.
6 ROIG, Jaume: Espejo. Pre-textos/Barcino, Valencia- Barcelona, 2016.
7 IRIGARAY, Luce: Espéculo de la otra mujer. Akal, Madrid, 2007, pp. 176-177.
8 CIRLOT, Victoria y GARÍ, Blanca: La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media. Siruela, Madrid, 2020, p. 221.
9 KEMPE, Margery: Libro de Margery Kempe.La mujer que se reinventó a sí misma. Publicacions de la Università de Valéncia, Valencia, 2012
10 FOLIGNO, Ángela: Libro de la experiencia. Siruela, Madrid, 2014.
11 LEMOINE-LUCCIONI, Eugénie: El Grito. El sueño del cosmonauta. Paidós, Barcelona, 1982.
12 FESTUGIÈRE, André- Jean: La santidad. San Esteban, Salamanca, 2016, p. 78.
13 BROWN, Peter: El culto a los santos. Sígueme, Salamanca, 2018.
14 Vidas de Santa Osith y Santa Fe. Siruela, Madrid, 2020.
15 VINYOLES VIDAL, Teresa: Usos amorosos de las mujeres en la época medieval. Catarata, Madrid, 2020.
16 DALARUN, Jacques: Gobernar es servir. Ensayo de democracia medieval. Ediciones Franciscanas Arantzazu, Vitoria- Gasteiz, 2018, p. 22.

Por Julio García Caparrós

Nacido en Almería. Filósofo, ha dedicado su vida a la docencia y la literatura, publicando el poemario «Los Días Cardinales» en 1977. Miembro del consejo de redacción de la revista Laberintos, ha publicado allí y en otras revistas como Trébede, Thémata o Cuadernos del Matemático, numerosos artículos sobre cine, literatura, filosofía y pensamiento. Ha participado en la antología sobre el Haiku en Aragón, «En la estela del Haiku» (Editorial Certeza, 2018) y sus últimos libros, los poemarios «Muestras de Papel Italiano» (2017) y «Torre por el mar prendida» (2019), han sido publicados en la editorial zaragozana Sindicato de Trabajos Imaginarios, dentro de la colección de Poesía Dasein.

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