
Cuando pensamos en el tiempo lo hacemos cuantificando. Horas, días, años… Recordamos y planificamos ubicando cada cosa en momentos de amplitud determinada, otorgando longitud al tiempo. Lo concebimos como una dimensión lineal en la que medimos distancias e intervalos. Archivamos una experiencia tras otra. Organizamos actividades consecutivas. No hay más que echar un ojo a las definiciones de la RAE. Sólo en la primera de ellas se hace mención a la naturaleza esencial del tiempo:
1. m. Duración de las cosas sujetas a mudanza.
Esa última palabra es la clave. Mudanza, cambio, alteración, transformación, evolución. Porque nada escapa a la entropía. Y ésta aumenta con el tiempo. Van de la mano y no se puede entender un concepto sin el otro. El tiempo no es una mera magnitud lineal, pues su paso produce cambios. ¿O son los cambios que se producen los que marcan ese paso? ¿Existiría el tiempo si todo permaneciese estático e inalterable? Esta última pregunta ha dividido durante siglos a físicos y filósofos. Y gracias a la física cuántica esa brecha va cerrándose, aunque siempre habrá cabezotas integristas que no cejarán en su convicción. Así que, para esta ocasión, he elegido un libro que nos ofrece una perspectiva amplia y reveladora muy distinta a aquella de la que nos servimos cotidianamente. Un ensayo maravilloso que arranca al lector de ese tiempo absoluto que nos limitamos a medir. Conozcamos El orden del tiempo de Carlo Rovelli.
Y lo primero que nos va a exponer es que todo transcurre más o menos rápido dependiendo de dónde se mida.
Es relativo y está afectado por la gravedad, tal y como descubrió Einstein antes de que pudiese medirse con relojes atómicos. Es decir, que hay un tiempo para cada punto del espacio. Aquí no cabe discusión alguna, pues está más que demostrado. Por lo que Rovelli nos dice que no existe un solo ritmo, sino que se trata de una red infinita de ellos que se influyen entre sí. Pero quedémonos con esta hermosa interpretación del autor:
Si el mundo está regido por Shiva danzante, entonces debe de haber diez mil de ellos, formando una gran danza común, como en un cuadro de Matisse.
También nos muestra el significado de la flecha del tiempo. Y aquí es donde la entropía entra a jugar. Si el tiempo fluye de manera unidireccional e irreversible es porque cada acontecimiento supone una alteración de la situación anterior, lo cual abre la puerta a nuevos sucesos. Y así, indefinidamente, el orden tiende al caos. Caos entendido como un abanico de posibilidades infinitas. Más que un abanico, podríamos visualizarlo como una espiral creciente que abarca lo conocido y se expande hacia lo desconocido. El caos entendido no como desorden, sino como evolución de lo primigenio. La analogía más utilizada a este respecto es la del mazo de cartas: cuantas más veces se baraje el mazo, menos peculiares serán los resultados de las cartas que se vayan sacando. Todo parte de un nivel bajo de entropía, de una simplicidad, que con el tiempo va creciendo. Cualquier configuración de las cartas es única y nunca volverán al estado inicial de orden. El calor pasa a un cuerpo más frío y nunca al revés:
Δ S ≥ 0En resumidas cuentas, el acontecer produce efectos irreversibles. De ahí que exista una sola dirección. Y en determinadas circunstancias, esos efectos pueden predecirse teniendo en cuenta el tiempo newtoniano: t. Con esta letra minúscula es con la que nos hemos acostumbrado a entender el tiempo y a calcular nuestras acciones. Un concepto del tiempo que es perfectamente válido y que nos sirve para conferir orden a la mecánica de nuestro mundo.
Pero no hemos de dejar de lado la visión aristotélica en la que el tiempo es un movimiento en sí. No podemos entenderlo como una mera magnitud matemática sin relación con lo externo. El tiempo es cambio y, por lo tanto, hemos de verlo como algo vivo que influye y es influido. Nada tiene sentido sin el tiempo y el tiempo no tiene sentido en la nada. Sein und Zeit. Una relación inseparable en la que el autor profundiza a través de su campo de estudio: la gravedad cuántica. Pues Rovelli ha dedicado su trabajo a desentrañar a través de la física el mayor de los misterios conocidos. ¿Qué es el tiempo? Y en su estudio ha tenido en cuenta todo aquello que la sociedad sujeta a la rutina ha abandonado: intuición, observación, memoria.
Y podría seguir desgranando esta obra, pero no merece la pena. Considero que el libro es tan tremendamente iluminador que sólo conseguiría repetir lo que el autor ya transmite en él. Mi intención es que sea leído con el único propósito de que se obtenga una perspectiva más rica del tiempo. Contemplémoslo y vivámoslo, sea lo que sea, pero no nos limitemos a medirlo. Porque, como dice Rovelli:
…no deja de ser un instrumento, unas pinzas, que utilizamos para meter las manos en una materia hecha de fuego y de hielo: de algo que percibimos como emociones vivas y ardientes. Estas constituyen la sustancia de nosotros mismos. Nos llevan, nos arrastran, las cubrimos de hermosas palabras. Nos hacen actuar. Y algo de ellas escapa siempre al orden de nuestros discursos, porque sabemos, que, en el fondo, todo intento de pone orden deja siempre algo fuera.
| Título: El orden del tiempo |
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