Hace tiempo que abandonamos la moto y comenzamos a caminar hacia el norte. Creo. El horizonte flamea. Infinitas dunas doradas se extienden ante nosotros. Mariela se ha convertido en un cactus. Yo me siento ligero, arenisco, maleable. Un viento abrasador me agita y me va arrancando algunos dedos, el pelo, la nariz, una pierna, hasta que me siento montículo de polvo. Creo que todo ha terminado. Por fin, alguien coge el desierto y lo dobla como un mapa, con cuidado, por sus marcados pliegues. Lo guarda en el bolsillo. Allí se está más fresco. Un oasis, como otro cualquiera.
Premio Relatos de viajes de La Ser
