En busca de la matinal belleza: el hogar del poeta

«El rayo me dura»[1]CHAR, René. 2016. Œuvres complètes. Paris: Bibliothèque de la Pléiade n° 308, p. 378 (todas las traducciones, de ahora en adelante, son nuestras). Char nos ha dicho ya que el tiempo será en adelante el del rayo, un momento de iluminación habitable.

Conformada durante la acción del poema, la belleza, antes amarga, desconocida e inalcanzable en el horizonte fugaz, se convierte en esa mujer que florece en el presente, como si fuese algo que ilumina un mundo en el que el hombre no está al margen, sino al mismo nivel entre el resto de los humanos: lo común, la humanidad fraternal.

En el horizonte, la belleza llama a la poesía para restaurar la comunicación. Será este un diálogo breve, seguido por su propia sublimación. Necesaria para la aparición de una salida que hace que el presente coincida con dicha pérdida.

Esa es la metáfora perfecta de la imagen en la obra de René Char, no ya el resultado sorprendente del encuentro de dos realidades distantes, sino el fruto de un imaginario deseado. A ese instante en el que el poema se revela como un rayo -hito hechizador en lo que, por sí mismo, tiene de inconcebible-, le seguirá una postrera ocultación: «la intensidad es silenciosa. Su imagen no. (Me gusta quien me deslumbra y luego acentúa lo oscuro dentro de mí)»[2]Ibíd., p. 330.

Después del rayo comienza ese destino que, como el río, avanza y se desvanece. Así, leeremos en La Sorgue: «Río donde termina el relámpago y comienza mi casa»[3]Ibíd., p. 274. Esta es, en efecto, la morada frente a la cual solloza Empédocles: «Lloré y me lamenté al ver un lugar que me era extraño». La casa de Char es una casa sin paredes ni ventanas, y abierta, que adopta a sus habitantes para devolverles la plenitud de su estancia: «Veíamos el creciente flujo de agua ante nosotros. De golpe borró la montaña, expulsándose de sus maternales lindes. No era un torrente que se ofrecía a su destino, sino una bestia inefable en cuya palabra y sustancia nos convertíamos […] Adoptados por lo abierto, suavizados hasta lo invisible, éramos una victoria siempre inacabada»[4]Ibíd., p. 275.

La imagen es devuelta a su esclusa, a la anterioridad que no es nunca memoria sino origen. A aquello que no puede recordar nada mientras el tiempo en que está anclado sea nuevo. Lo que podríamos llamar la toma de tierra de la imagen invierte el proceso de la imaginación completa y, de este modo, la imagen ya no es punto de culminación, sino más bien de partida, una formación inicial. La imagen, como el sujeto lírico que se allí se da, deja el sueño, la ficción y hasta la figuración para volver a la esencia; la imaginación poética se convierte en el proceso de una constante conversión al ser, un acto de presencia, una aclaración ontológica por la cual el ser se suprime en el ser, en el entrelazamiento del lirismo y la ética. Una llave, nos dirá Menard, que gira con desespero en la noche[5]MENARD, René. 1970. La experiencia poética. Caracas: Monte Ávila, p. 96.

La poesía que ya no evoca llega a la humanidad por el fundamento que la sustenta; contiene la amalgama de todos los hombres.

La voz de Rimbaud nos ilustra con esa «humanidad fraternal y discreta a través del universo sin imágenes»[6]RIMBAUD, Arthur. 1977. Obra completa bilingüe. Barcelona: Río Nuevo, p. 157. De tal manera que, volviendo a nuestro punto de partida, la relación que René Char mantiene con la belleza y el mundo no es una relación de separación: la belleza y el mundo se pondrán en el horizonte. Al sumergirse con él en la oscuridad, durante horas, en la noche de las cosas y del paso del tiempo, están la belleza y el mundo en sí mismos y se revelan, intermitentemente, en raros momentos de iluminación durante los cuales la belleza, el mundo y el poeta se vuelven uno.

Matinal belleza. En los momentos de la noche, sólo una luz nocturna vela al norte del corazón. Algo que guía a quien, cuando no es el poeta a través del cual la belleza y el mundo se encuentran en la memoria de lo recíproco, es sólo un hombre en el pasillo, un valet al servicio de la poesía. La belleza, el mundo y el poeta ya no alargarán sus sombras: es exactamente mediodía, la hora sin sombra: «Si la belleza te exaspera, debes matarme»[7]CHAR, Op. Cit., p. 1240.

Durante esta prueba, en la que la poesía se reduce a la necesidad más exacta, Char advierte sus contornos y límites, así como sus posibilidades. Al movimiento de relectura que le lleva a oponerse al estado de las cosas en la Francia de entonces, corresponde el impulso hacia la vida y el vivir, hacia el espacio donde la poesía puede desplegarse aun cuando se le quite toda legitimidad; aun cuando se le niegue, se le juzgue superflua, sin duda, como si fuese un lujo inaudito, un artefacto de lo inútil en un momento en que la acción ocupa todo el espacio.

Pareciera que el impulso hacia la belleza y el país de nacimiento, hacia la estancia y el diálogo, ha dado nacimiento, en la obra de Char, a estos hombres que parecen encarnarlo. Hacia eso real que, como escribe en una carta a Camus, en el verano de 1956, «a veces sacia la esperanza»[8]CAMUS, Albert y René Char. 2019. Correspondencia 1946-1959. Madrid: Alfabeto, p. 180.

Existe, pues, un camino hacia la belleza, hacia lo real, que es sólo llegar a nosotros mismos, llegar a donde somos, parafraseando al santo de Ávila. Escribe Char: «el tiempo de una vida es apenas la distancia de un sendero a una carretera»[9]CHAR, Op. Cit., p. 1295. Este camino que tomamos, este camino donde vagamos entre el nacimiento y la muerte, en busca del lugar donde podemos llegar a nosotros mismos, es el mismo hogar del poeta, por tanto de lo bello: «abrir en el ala del camino, de lo que hace las veces de su lugar, insaciables caminatas, es la tarea de los Matinales»[10]Ibíd., p. 331. La tarea de aquellos que, en los caminos, convierten la experiencia sensible en experiencia ontológica.

Existe en el mundo de los caminos -esta suerte de Holzwege, como lo llamaría Heidegger-, una belleza continua y siempre cambiante, que nos transforma. El camino no es sólo una forma de atravesar el paisaje sino que, de una forma más amplia, se transmuta en una forma de vivir y habitar en el mundo. Es un camino que ya ha desaparecido, un tributo al tiempo de vivir y ser. Sin cesar, el paisaje se ofrece a la vista y a la mirada; es el espacio perseguido indefinidamente como algo distinto de sí mismo.

Para Char, la vida sólo alcanza su significado pleno si existe movimiento de partida y errancia: «Somos transeúntes empeñados en pasar […] Nuestro copete nada tiene que ver. Nuestra utilidad se vuelve contra el empleador»[11]Ibíd., p. 334. Vivir en errancia no es más que abrirse a la mirada de la tierra, abrirse también a la posibilidad de ser mirado por ella. Esa poética de la patria es el desarraigo y, sin duda, uno debe lamentar su espacio imaginario e íntimo para poder -huérfano y pródigo- ser adoptado por la tierra.

Allí donde estén, entonces, esos Matinales de los que habla Char, esto es, aquellos vagabundos cuya concepción del mundo no está mediada por la abstracción del lenguaje y que viven en una unidad ininterrumpida con la naturaleza, habrá una salvaguarda de la tierra, de los terrenales yermos del poema, que se alojan en el pan de cada día, en el lenguaje inútil. Algo que, por otra parte, es inevitable que nos recuerde al Gide de Les nourritures terrestres, donde leíamos sobre la espera a través de la que debe contemplarse la naturaleza: «El cielo se había vuelto tormentoso y toda la naturaleza se mantenía a la espera […] El momento era demasiado solemne, ya que todos los pájaros habían callado […] Entonces llovió»[12]GIDE, André. 1967. Les Nourritures terrestres. Paris: Le Livre de Poche, p. 29.

Sólo así se entienden mejor, pienso, estos diálogos desprolijos en el texto, toda vez que la de Char es una reflexión infinita, un diálogo siempre en curso sobre la poesía, el lenguaje y la metáfora, estableciendo su nueva ancla en la naturaleza y en la tierra natal. Pero también sobre la espera atenta, esa que, por citar las palabras del enigmático texto de Blanchot, «reúne y dispersa»[13]BLANCHOT, Maurice. 2013. L’Attente l’oubli. Paris: Gallimard, p. 49.

Y es que entre la poesía y el poema hay un cambio de eje: el poema es elevación, mientras que la poesía nace y se sostiene a nivel de paisaje. Char abogará por anclarse en el presente y en la naturaleza. Es decir, en la permanencia y la perpetuidad: en la antesala. La naturaleza servirá de caldo de cultivo semántico para metáforas que volverán a lo propio del hombre al fomentar la concreción. El poeta, ahora a cargo de la humanidad, debe tener en cuenta al prójimo y estar entre los hombres.

Habrá una amalgama de valores previamente separados y desarticulados que, con la experiencia de la guerra, formarán una jerarquía en la que la belleza, colocada en la cima de este edificio, advendrá a cambio de la verdad y la justicia encontradas. La poesía es siempre clarividencia o, dicho de otra forma, la búsqueda de la belleza que es inalcanzable en el horizonte, pero será ahora en el presente cuando se encuentre con lo desconocido que «siempre se piensa en neutro» -así nos lo recordará Blanchot en un bellísimo texto sobre Char[14]BLANCHOT, Maurice. 1993. «René Char y el pensamiento de lo neutro», en El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 470-, en los intersticios de lo visible y lo ya existente. Una especie de poesía objetiva como la soñó Rimbaud tiene lugar sólo por la libre circulación de las cosas en el poeta, por la abolición del sujeto y el objeto que la poesía logra decir la belleza. La belleza es una dialéctica en la que las fuerzas del pasado y del futuro se despliegan en el presente; a ella nos consagramos, como Sócrates en el Fedro platónico, si hemos de convertirnos en verdaderos humanos[15]PLATÓN. 2018. Diálogos II. Madrid: Gredos, p. 407.

Char no se desvía del camino de ese devenir humano: la nueva semantización del lenguaje ante la precedencia del país natal no significa simplificación ni olvido de lo poético. Al contrario, se trata de anclar la poética en lo simple y concreto para que, una vez alzada la canción, la tierra no se deslice bajo los pies del oyente o del lector. Sólo estar en camino hacia la belleza. Hacia esa Heimat, patrio terruño, llegaremos por la errancia, por la perpetua diáspora con una «suave persévérance».

Una constancia, en fin, aplacada. Algo así, y no otra cosa, puede que signifique el vocablo Poesía.

Título: Poesía esencial
  • Autor/es: René Char
  • Editorial: Galaxia Gutenberg
  • Nº de páginas: 605
  • Encuadernación: Tapa dura

Referencias

1 CHAR, René. 2016. Œuvres complètes. Paris: Bibliothèque de la Pléiade n° 308, p. 378 (todas las traducciones, de ahora en adelante, son nuestras)
2 Ibíd., p. 330
3 Ibíd., p. 274
4 Ibíd., p. 275
5 MENARD, René. 1970. La experiencia poética. Caracas: Monte Ávila, p. 96
6 RIMBAUD, Arthur. 1977. Obra completa bilingüe. Barcelona: Río Nuevo, p. 157
7 CHAR, Op. Cit., p. 1240
8 CAMUS, Albert y René Char. 2019. Correspondencia 1946-1959. Madrid: Alfabeto, p. 180
9 CHAR, Op. Cit., p. 1295
10 Ibíd., p. 331
11 Ibíd., p. 334
12 GIDE, André. 1967. Les Nourritures terrestres. Paris: Le Livre de Poche, p. 29
13 BLANCHOT, Maurice. 2013. L’Attente l’oubli. Paris: Gallimard, p. 49
14 BLANCHOT, Maurice. 1993. «René Char y el pensamiento de lo neutro», en El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 470
15 PLATÓN. 2018. Diálogos II. Madrid: Gredos, p. 407

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