Comentario a ARES YÁÑEZ, Berta: “La leyenda del santo bebedor”, legado y testamento de Joseph Roth. Acantilado, Barcelona, 2022
No es tan frecuente que la lectura, aunque tardía, de un ensayo, mejor yo diría que retardada, pues fue medio pospuesta debido a otras ocupaciones, de repente se me imponga con este vigor, y exija una explicación, un ponerse en claro o un desarrollo. Esto es lo que me ha sucedido con el libro de Berta Ares Yáñez, dedicado a La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth, tal es su calidad y tan abundante la variedad de sugestiones que me plantea. El valor de esta obra, uno fundamental desde mi punto de vista, es el de haber devuelto esta pequeña novela, publicada en 1939, poco después de la muerte del autor, a su lugar natural, que no es otro que el de la literatura piadosa de los jasidim judíos orientales. Alguien me dirá que tal atribución resulta anómala, puesto que lo que se narra en el relato son los últimos días de un alcohólico, de un borracho, y además lo hace en un contexto católico. Pero es que la piedad jasídica es, en sí misma, anómala y heterodoxa. Recuerdo qué sentimientos encontrados me produjo hallar, guiado por mi hija Alicia, una escultura dedicada al Gaón de Vilna (Lituania), al lado de un centro educativo bastante feo, bajo el que se encuentran los restos de la antigua sinagoga, y a la entrada de la judería. Y es que este rabino, erudito y piadoso (gaón), Elías Zalman, inició una fuerte cruzada doctrinal, como líder de los llamados mitnagdim (contrarios) ortodoxos, y que culmina con un tristísimo jérem en 1777, que excluye de la comunidad a estos místicos locos de amor. Sobre la vinculación de Roth con la literatura hebrea oriental, ya había apuntado, con su indiscutible magisterio, Claudio Magris en Lejos de dónde, en la que muestra cierta evolución dentro del propio autor, que podríamos describir como una reducción esencial de sus fantasías y una disolución completa de los contenidos narrativos, que sería el paso de la novela a la parábola.[1]MAGRIS, Claudio: Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico – oriental. Eunsa, Pamplona, 2002, p. 167.
Berta Ares, refiriéndose a Brody, la pequeña ciudad donde nació Roth, en la frontera del imperio austrohúngaro con Rusia, escribe: “Era uno de esos territorios del oriente europeo que se conocen como shtetl, un término procedente del yiddish con el que se denominaban las localidades con una población judía numerosa, básicamente askenazí. (…) Aquí nació el movimiento jasídico alemán.”[2]ARES YÁÑEZ, Berta: “La leyenda del santo bebedor”, legado y testamento de Joseph Roth. Acantilado, Barcelona, 2022, p. 37 (En adelante citada sólo con el número de página entre paréntesis). El mundo del shtetl es, nos dice Berta Ares, una especie de Jerusalén en el exilio, pero esto mismo, que pueda hablarse de una Jerusalén exílica, en medio del mundo caído de la diáspora, del galut, acarrea una especie de contradicción. Esta contradicción será registrada con un tono de dulce sarcasmo por Isaac Bashevis Singer en los deliciosos cuentos de la aldea de Chelm, en los que se nos habla de un shtetl, en el que cada uno, desde el rabino a los niños, es un schlemiel, una especie de tonto muy tonto pero tocado por la gracia.[3]BASHEVIS SINGER, Isaac: Cuentos judíos de la aldea de Chelm. Lumen, Barcelona, 1993. Los tramados de Maurice Sendak, que revolucionaron en su momento la estética del cuento infantil, expresan muy bien esa especie de nimbo atemporal que sirve al mundo jasídico. Pero, si alguien quiere conocer los extremos de dolorosa impaciencia y de postrera redención de la figura del schlemiel, allí están las comedias de Jerry Lewis, filmadas en un entorno contemporáneo que, paradójicamente, viene a enfatizar su extrañeza.
¿Los últimos días de un borracho? ¿De qué se trata? ¿Se trata de eso? Soma Morgenstern, el amigo, ha explicado cómo de raros fueron esos últimos días para Joseph Roth, y de hecho el ensayo de Berta Ares comienza así, con esa misa no cantada y ese kaddish no rezado (pp. 19-35). A lo mejor porque no había peor tiempo que ese para lo judeocristiano, y eso que tal vez nunca haya habido buen tiempo para tal cosa. Las palabras de Soma Morgenstern, amigo íntimo del autor, son precisas y significativas: “Antes del entierro -no me acuerdo si fue uno o dos días antes, creo que dos- tuvo lugar una discusión grotesca sobre la forma en que debía hacerse. Los judíos bautizados, dirigidos por el capellán Oesterreicher y la señora Zweig, se posicionaron con toda su energía por un entierro cristiano. Yo les recordé que Roth, estando desplomado en el suelo del bar, había afirmado, ante testigos, que no estaba bautizado. El capellán Oesterreicher -no sé si por un atavismo judío o ya con un propósito misionero católico- interpretó las palabras de Roth como su último deseo de ser bautizado. Como me privé de hacerle saber que Roth había prohibido sus visitas al hospital, no supe si había hecho más intentos de convertirlo. Pero él se conducía como si así fuera. Yo seguí en mi convicción de que, si bien Roth acudió con frecuencia a la iglesia y, en especial, ante el joven Dohrn, se hizo el católico, la mayor parte de las veces fue con más motivos alcohólicos que católicos.”[4]MORGENSTERN, Soma: Huida y fin de Joseph Roth. Pre-Textos, Valencia, 2000, p. 380. Como consecuencia de esta incertidumbre, al final no hubo rito judío (el rezo del kaddish) y el católico se produjo bajo cautela (la cruz detrás del ataúd y no delante) y sin oficio de una misa. Roth muere en tierra de nadie, en términos confesionales, y eso mismo, esa tierra de nadie es lo que deja escrito en La leyenda del santo bebedor.
Sería justo considerar que Morgenstern ha pecado de cierta unilateralidad, no menos que la pía Friderike Zweig. Pero hay otra unilateralidad a la hora de leer esta historia de los últimos días de un borracho. Me refiero a la del alcohol mismo. Y es la que advertimos por ejemplo en Carlos Barral, magnífico poeta y reputado dipsómano, en su por otra parte bellísima introducción a la novelita de Roth: “En el cuento de Roth se trata del milagro que el vino, en este caso el verde ajenjo, obra por su cuenta, con independencia del borracho; se trata de cómo el vino transforma el mundo, cambia sus leyes, todas, incluso la virtud de los santos, para hacerlo habitable y grato a los que creen en él. Se trata de cómo el vino santifica, en cierto modo diviniza, cambiando el ser del mundo por su haber debido ser. Se trata de cómo el vino es el milagro mismo y actúa por sí mismo, solo, por su cuenta, como una divinidad celeste con plumaje de pámpanos cuyos poderes son amétricos, inconmensurables, ilegibles sino a la luz de la fe o al menos de la devoción.”[5]BARRAL, Carlos: Prólogo a ROTH, Joseph: La leyenda del Santo Bebedor. Anagrama, Barcelona, 1992, pp. 13-14. Con mayor precisión fenomenológica, el filósofo Jean- Luc Nancy escribe: “La embriaguez es condición del espíritu, permite que se sienta su carácter absoluto, es decir, su separación con respecto a todo aquello que no es el propio espíritu -todo lo que está condicionado, determinado, relativo, encadenado-. La embriaguez es por sí misma la absolutización, el desencadenamiento, la ascensión libre hasta el afuera del mundo. La embriaguez es el goce: es la identidad dada en el abandono al afán que deshace lo idéntico, el cuerpo resumido en su espasmo, en arrebatarle un suspiro o un destello, exclamación entre lágrima y lava. Gozar tiene lugar en ese otro lugar de lo absoluto, en ese a-parte de todo, que no está en ninguna parte. Surge en ese suspenso que una sacudida retira de toda atadura, de toda continuidad, dejando expresar al cuerpo lo absoluto mismo: empujarlo, presionarlo hacia afuera, fuera de todo y fuera de sí mismo. Pero ese afuera se manifiesta como verdadero: la embriaguez es esta verdad, este sabor tan cierto de verdad que tienen las presencias que se eclipsan en su venida.”[6]NANCY, Jean- Luc: Embriaguez. Universidad de Granada, Granada, 2014, pp. 55-56. Verdad y milagro, el milagro de la verdad o la verdad como milagro. Todo eso se da, ¿y qué es un milagro salvo esta donación inesperada?, con la bebida, in vino veritas, aunque también es una verdad problematizada, como en una disminución efímera. Acaso un milagro ya casi exangüe. ¿Podría durar lo absoluto, la verdad de lo absoluto, algo más que un instante?
Berta Ares examina cuáles son las condiciones de lo milagroso, toda vez que el mundo está herido y como abandonado.
Las encuentra en el impacto de la cábala de Isaac Luria, que, aunque localizada en el Safed, en Eretz Israel, se extendería por todo el espacio de la diáspora, azuzando el mesianismo, y una no tan paradójica esperanza desesperada. Leamos a Ares: “Una de las más importantes aportaciones de Luria a la cábala es la teoría del tsimtsum (contracción), según la cual la existencia del universo fue posible debido a un proceso de contracción en Dios, que abandona una zona de Sí mismo, un espacio primordial místico, a fin de volver luego al mundo en un acto de Creación y Revelación. El retraimiento es un Exilio de la divinidad, un desterrarse a Sí mismo de su totalidad hacia una profunda reclusión, desde la cual observa ese otro espacio de lo creado. Junto a esta teoría, Luria desarrolló dos conceptos místicos teosóficos igualmente relevantes. El primero de ellos es el ticún, que significa la ‘corrección’, ‘enmienda’ o ‘reparación’ de un defecto para devolver la armonía original del universo, rota por las fuerzas perversas. El segundo es el shebirat ha- kelim o ‘ruptura de los vasos’, que explicaría cómo los elementos negativos y positivos, las fuerzas del mal y del bien, se mezclaron. Según la doctrina luriana, cada judío puede ayudar a restaurar el estado ideal de la creación a través de sus acciones.” (pp. 45-46). Lo verdaderamente valioso en el ensayo de Berta Ares es el uso de esas categorías teológicas como clave hermenéutica, la del ticún a propósito de La leyenda y la rotura de los vasos a la hora de comprender El Leviatán, otra de las parábolas de este último periodo de Roth, sobre la que volveremos a hablar.
La contracción es la manera en la que Dios hace sitio. Recuerdo un largo verano en el que Maurice Blanchot casi me convenció, en L’ Entretien infini, de que la décréation de la que habla Simone Weil es un eco del tsimtsum luriano,[7]BLANCHOT, Maurice: El diálogo inconcluso. Monte Ávila, Caracas, 1970, p. 199. y si digo que “casi” es porque me ha llevado toda una vida seguir pensando esa sugerencia. Dice Blanchot que la nada es el verdadero asunto del que habla la historia de la creación. Y puede también que sea lo conmueve la idea de la ética y la pasión del amor, como en una correspondencia entre el humano y el Otro. Por otra parte, la brutal experiencia de la shoah confronta a cada judío con la mera idea de una teodicea, sobre todo si se basa en el principio de la omnipotencia divina. De ese Dios pequeño, más paciente que poderoso, o sin otro poder que el de su paciencia, dirá Hans Jonas que habríamos de buscarlo en la metafísica de Isaac Luria. Es en el tsimtsum donde el concepto de Dios después de Auschwitz no permitiría hurtar la blasfemia.[8]JONAS, Hans: Pensar sobre Dios y otros ensayos. Herder, Barcelona, 1998. El ticún es, desde luego, el centro de la obra más importante de Emil Fackenheim, cuyo estudio nos permitiría dignificar una noción como la de resiliencia, tan manoseada por esa incesante fábrica de banalidad de la comunicación política.[9]FACKENHEIM, Emil L.: Reparar el mundo. Sígueme, Salamanca, 2008. Mucho más esotérica es la metafísica de los vasos rotos, el shevirat ha-kelim, que yo conocí por primera vez a través de la lectura de Scholem, amigo además del propio Jonas. Sin embargo, puede que sea la más fértil desde un punto de vista hermenéutico, dado que sirve para definir la naturaleza misma de lo profano, o en la terminología agustiniana, de esas dos ciudades que están mezcladas, confundidas, perplexae, en la civitas humana. No deja de ser llamativo que un crítico como Harold Bloom, quien se refiere a sí mismo como gnóstico tardío, utilice esta misma imagen, The Breaking of the Vessels, para buscar una vía media, mezclada, entre la tópica del yo autónomo (i.e Abrams) o su desmitificación (i.e Derrida) a través de la ironía.[10]BLOOM, Harold: Los vasos rotos. Fondo de Cultura Económica, México, D.F, 1986, p. 16.
De hecho, es tan fértil esta idea de los vasos rotos a la hora de dar cuenta de una literatura profana, que la considero igualmente oportuna, si hemos de asumir la indecidibilidad, la doble indecidibilidad diría yo, entre lo judío y lo cristiano, pero también entre el milagro y la suerte, en La leyenda. En cuanto a la confusión del mal y el bien, que es la de lo falso y lo verdadero, leer a Berta Ares me ha servido para volver a El Leviatán, y sobre todo para hacerlo como otro ejemplo de fábula jasídica, en la que se refleja esa mezcla de ingenuidad y de picardía que constituye la forma mentis misma del shtetl: “Verdad era que el viejo Dios Jehová lo había creado todo, la tierra y sus animales, los mares y todas sus criaturas. Sin embargo, al Leviatán, que se enroscaba en el fondo primitivo de las aguas, el propio Dios había confiado por cierto tiempo, es decir hasta la llegada del Mesías, la administración de los animales y plantas del océano, y especialmente de los corales. Después de todo lo que aquí se ha contado, podría creerse que el comerciante Nissen Piczenik fuera conocido como una especie de hombre estrafalario. No era así en absoluto. Piczenik vivía en la población de Progrody como persona discreta y modesta, cuyos relatos sobre los corales y el Leviatán eran tomados completamente en serio, es decir, como informaciones de un hombre del ramo que al fin y al cabo debía de conocer su oficio, lo mismo que el comerciante de telas distinguía los paños de Manchester del percal alemán y el comerciante de té el té ruso de la famosa casa Popoff del té inglés que le suministraba la no menos famosa Lipton de Londres.”[11]ROTH, Joseph: El Leviatán. Siruela, Madrid, 1992, p. 14. Esta capacidad de creer, a la vez irrisoria y envidiable, nos recuerda a la atención que conceden los lugareños de Chelm a sus sabios, igual de necios que sus oyentes y, si acaso, algo más seguros de sí mismos, como si esta seguridad no fuera la más necia de las cualidades. Que Piczenic, seducido por el Maligno, mezclase corales verdaderos y falsos, le llevará a una vida sin decoro, en la que se juntan una gran sed, una gran lujuria y, el que acaso sea el mayor pecado, un importante rédito financiero. Siendo más imperfecta, es obvia sin embargo la relación de este cuento con El peso falso del mismo Roth, en el que el inspector judío de pesas y medidas, Eibenschütz, tiene que lidiar con un pueblo entero de comerciantes tramposos, y él mismo irá perdiendo, poco a poco, su pretenciosa rectitud, por culpa de su amor por una gitana y de su caída en el alcoholismo. En su agonía, el pobre Eibenschütz delira con que ha de afrontar al mayor inspector de todos, “porque no es ya inspector, sino que él mismo es comerciante. No tiene más que pesas falsas, miles, decenas de miles de pesas falsas.”[12]ROTH, Joseph: El peso falso. Siruela, Madrid, 1997, p. 146. La redención, para el vendedor de corales, será la de mercar sólo con lo auténtico, y para el inspector el dictado del Inspector de Inspectores, quien, en un ejercicio de sobrenatural ironía, le hará saber que todas sus pesas son exactas. Falsas, sí, pero exactas. A pesar de que El peso falso es obra de menor importancia, en el conjunto de la trayectoria de Roth, sí que resulta significativa, por la retórica que utiliza, plagada de repeticiones, y que tiene como objeto hacer ver que se trata de un relato más antiguo de lo que es. Se trata de reducir el tiempo a un efecto de lenguaje. Esos son también los recursos que analiza con pericia Berta Ares al comparar la versión manuscrita de La leyenda: “La versión manuscrita que se conserva en Marbach es, de las tres, la más original y fiel a la voluntad del escritor. Un análisis comparativo de ésta con la versión mecanografiada que se conserva en el LBI permite ver los cambios introducidos por los editores. Por ejemplo, la variación que sufre el nombre del protagonista, pues Andreas Kartak nació siendo Andreas Woituch en la imaginación de Joseph Roth. (…) Hay otros cambios estilísticos que pueden apreciarse en un análisis comparativo del texto. Uno de ellos es que decidieron reducir el abundante uso de la conjunción copulativa y al principio de la oración. No cabe duda de que con este recurso estilístico el autor deseaba dotar al texto de una sancta simplicitas propia del género de los cuentos, especialmente en su condición oral, y también de la tradición bíblica.” (pp. 158-159).
Por otra parte, El manuscrito enterrado, uno de los relatos más judíos de su amigo Stefan Zweig, también planteará la cuestión de lo verdadero y lo falso, con una ontología de los indiscernibles que será resuelta con el lanzamiento de una moneda. El azar de esa elección es también la elección de Dios, de tal manera que la menorá original será devuelta a su pueblo, para que se oculte en el secretísimo sancta sanctorum de la tierra. Pero es que, además, El manuscrito enterrado es un relato, como La leyenda, sobre el milagro. Porque, como dice Benjamín a sus impacientes seguidores: “es pecado exigir un milagro como cosa cierta y segura.”[13]ZWEIG, Stefan: El candelabro enterrado. Acantilado, Barcelona, 2007, p. 83. No puede existir una rigidez como la de la ley en los milagros, ya que el milagro significa, por sí mismo, la suspensión de la legalidad y el orden. Ley no, pero sí hábito o costumbre, como se leía en este fragmento inolvidable de La leyenda: “De todos modos se sintió un poco enojado con el destino, que no había vuelto a enviar a aquel café a un hombre bigotudo y de rostro infantil que -como la última vez- le posibilitara ganarse algún dinero. Porque no hay nada a lo que más fácilmente se acostumbre una persona que a los milagros, cuando los ha conocido una, dos o tres veces. Sí, la naturaleza del hombre le lleva a enfadarse cuando no obtiene de forma continuada lo que parece haberle prometido un azar casual o pasajero. Así son las personas. ¿Qué otra cosa podríamos esperar pues de Andreas?”.[14]ROTH, Joseph: La leyenda del Santo Bebedor, Op. Cit., pp. 51-52. Nos acostumbramos a los milagros, los esperamos incluso si no llegan, o precisamente porque no lo hacen, como en los tristísimos cultos cargo de Australia y Nueva Guinea. Y es que lo más característico de los milagros es que fueron, pero que ya no son. Especialmente para los judíos, que nacieron con un libro de las maravillas delante de los ojos. De eso trata Los milagros de la vida de Stefan Zweig, que, como La leyenda, se mueve en la tierra de nadie de lo judío y de lo cristiano, pues es un pintor cristiano quien muestra a una niña judía un pasado plagado de prodigios e historias conmovedoras, como si enseñar la Biblia a una criatura tan desfavorecida no fuese también el más peligroso de los dones.[15]ZWEIG, Stefan: Los milagros de la vida. Acantilado, Barcelona, 2011.
¿Por qué Thérèse de Lisieux? ¿Qué tiene Santa Teresita del Niño Jesús, de quien hay en efecto una escultura en la iglesia parisina de Sainte Marie des Batignolles que se reproduce fotográficamente, al igual que el templo, en la página 176, qué tiene, nos repetimos para que se convierta en el objeto devocional de nuestro bebedor, hasta el punto de que se le aparecerá al final del relato, aunque Roth mantenga intacta la incógnita entre el delirio y la epifanía, como en la mayoría de sus relatos espirituales? Berta Ares da algunas respuestas a esta pregunta: “Cuando el catolicismo se convirtió en una religión perseguida en la Unión Soviética, una de las medidas tomadas para hacer frente a esta situación fue, desde 1929, el culto misionero a santa Teresa de Lisieux, que desde entonces se erige icono de un modo de fe devocional. Ferviente conocedora del pasaje del Siervo Sufriente o Siervo del Señor del Libro de Isaías pasó a ser estandarte de los perseguidos e ídolo de los movimientos de oración por los cristianos en la Unión Soviética, por iniciativa de Pío XI. Para ello, entre otras disposiciones, se llegó a redactar una oración dedicada a ella de la que se imprimieron y repartieron miles de estampitas. El hecho de que Joseph Roth introduzca en su leyenda este icono de la fe que es coetáneo al avance de los movimientos totalitarios redunda en la contextualización política e histórica del relato.” (pp. 254-255). Como parte de esta tarea de evangelización, Teresa de Lisieux se convirtió en patrona tutelar de los sindicatos católicos, como ha estudiado Charles Taylor en El futuro del pasado religioso,[16]TAYLOR, Charles: El futuro del pasado religioso. Trotta, Madrid, 2021. aunque la expansión popular de su culto excede en buena parte al mero cálculo táctico de las autoridades eclesiásticas. Hay algo en el caminito de Teresa, y en su prometida lluvia de rosas, que no se deja manejar, tampoco lo hace en la novela de Roth, aunque haya tantos aspectos en ella que resulten de entrada demasiado connotados por el pietismo finisecular. Una de las cosas más encantadoras del brillantísimo ensayo de Ares es la de haber incluido en su portada la estampita de las ediciones de 1939 y 1949. Al menos es así para los que apreciamos, con una equilibrada mixtura de ironía y de respeto, la estética de las estampas devocionales. Mucho más serio es el juicio del sacerdote y filósofo checo Tomáš Halík, quien dedica el tercer capítulo de su espléndido Paciencia con Dios, el titulado Lejos de todos los soles,[17]HALÍK, Tomáš: Paciencia con Dios. Cerca de los lejanos. Herder, Barcelona, 2014, pp. 47-66. a leer de otra manera a la santa, desprendiéndose de esa imagen algo empalagosa que suscitaba cualquier cosa menos su interés. Lo que descubrimos, de la mano de Halík, es que Teresa es perfecta para esa evangelización del ateo, porque ella misma es hermana de los ateos. Porque perdió, simple y llanamente, la fe, acaso vencida por la enormidad de su sufrimiento físico, pero no el amor. Y es que el amor de la pobre Teresa adelanta a su frágil fe y además la sobrevive. Como escribe en una carta del 30 o el 31 de agosto de 1890 a Sor Inés de Jesús, Cristo la lleva a un espacio oscuro “donde no brilla ya sol alguno”. Ella sabe que habrá de comer el mismo pan amargo de los no creyentes. Esta es la otra paradoja de Teresa la milagrosa, ocultada en gran parte por la propia Iglesia, la de que ella misma no parecía creer demasiado en los milagros.
Cuando Joseph Roth se propone describir las características de la judería europea, empezando, por supuesto, con la diferencia radical entre el oriental y el occidentalizado, en ese magnífico ejercicio de sociología e historia que es Judíos errantes, afirma: “Es muy nítida la separación entre los llamados judíos ilustrados y los fieles cabalísticos, seguidores de los rabíes milagrosos individuales, de los que cada cual tiene su concreto grupo de jasídicos. No es que los judíos ilustrados sean descreídos. Lo único que hacen es rechazar todo misticismo, sin que la firmeza de su fe en los milagros relatados en la Biblia pueda verse sacudida por la incredulidad con la que acogen los milagros del rabí coetáneo.”[18]ROTH, Joseph: Judíos errantes. Acantilado, Barcelona, 2008, p. 46. Los milagros pertenecen al pasado, al de un pueblo. De ahí la defensa que hace Carlo Ginzburg del método del anticuario en el estudio de la historia antigua, siguiendo en esto el magisterio de Arnaldo Momigliano. La tesis, más o menos sostenida por ambos, es que la anticuaria es el origen de la historiografía moderna.[19]GINZBURG, Carlo: La lettera uccide. Adelphi, Milano, 2021, p. 29. La sobriedad de sus métodos son el antídoto contra cierto escepticismo relativista, que resulta perfectamente compatible con grandes construcciones filosóficas, como enfatizará Ginzburg en el caso de San Agustín. Las Antigüedades, que tienen su origen en Flavio Josefo, sirven, y así lo mostrará Ginzburg con la intermediación de Machiavelli, para establecer un estudio comparativo de la temporalidad entre religiones.[20]GINZBURG, Carlo: Nondimanco. Machiavelli, Pascal. Adelphi, Milano, 2018, p. 104. Pero también puede servir para desvelar los gérmenes más arcaicos del antisemitismo, a partir de interpretaciones sesgadas de la Biblia. Es lo que hace Pier Cesare Bori en Il vitello d‘oro, cuyo interesantísimo trabajo presenta el mismo Ginzburg.[21]BORI, Pier Cesare: Il vitello d’oro. Le radici della controversia antigiudaica. Bollati Boringhieri, Torino, 2022. Como bien recuerda Berta Ares, Roth era muy consciente de que el antisemitismo era una suerte de gusano insaciable dentro de la manzana del cristianismo, como una suerte de enemigo interno, pero en eso, en detectar que “se ha escupido a la estrella de David para atacar a la Cruz” (p. 147), el escritor era en cierto modo un adelantado del horror.
Mas, saliéndonos un poco de ese terreno de la infamia, al que nos ha llevado la lección de Anticuaria, lo cierto es que los milagros, la maravilla, permanecen no sólo a la infancia de un pueblo, sino a la infancia de cada uno de nosotros. Es lo que leemos en ese costumbrista y delicioso compendio de curiosidades panópticas, desperdigadas por Roth en los periódicos alemanes, al ocuparse de un espectáculo de magia: “Hace muchos años los artistas de la magia se hacían llamar simplemente magos, con la misma naturalidad inocente y metafísica con la que aún hoy día los auténticos magos aparecen en los cuentos. Entonces también a mí la diferencia entre un truco, cuyo mecanismo permanecía oculto para mí, y un verdadero prodigio, que tampoco podía explicarse, me parecía sumamente pequeña. Y el natural empeño de mi razón por adivinar el secreto de la magia iba acompañado por un hermoso e incomprensible temor de que algún día realmente llegara a lograrlo:”[22]ROTH, Joseph: Gabinete de curiosidades. Ladera Norte, Madrid, 2024, p. 201. Sabemos cuánto había de pulsión de muerte en el deseo de beber de Roth. Lo sabía él, puesto que lo exhibe sin pudor en sus personajes bebedores. Pero también hay que contar, como lo hace Berta Ares en este importante libro, con “un maravilloso camino de gracia.” Y así, cierra ella sus páginas con el recuerdo de la fiesta de Sucot, la de esas cabañas en la que los judíos conmemoran su paso por el desierto del Sinaí, aunque es un momento de reunión familiar y de hospitalidad. Y concluye: “No hay más refugio para Roth ante las tormentas totalitarias que la humilde y provisional cabaña de la imaginación. El narrar como acto de piedad y salvación; la imaginación y el texto literario como espacios de libertad” (p. 258). Jag Sameaj.
| Título: “La leyenda del santo bebedor”, legado y testamento de Joseph Roth |
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Referencias
| ↑1 | MAGRIS, Claudio: Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico – oriental. Eunsa, Pamplona, 2002, p. 167. |
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| ↑2 | ARES YÁÑEZ, Berta: “La leyenda del santo bebedor”, legado y testamento de Joseph Roth. Acantilado, Barcelona, 2022, p. 37 (En adelante citada sólo con el número de página entre paréntesis). |
| ↑3 | BASHEVIS SINGER, Isaac: Cuentos judíos de la aldea de Chelm. Lumen, Barcelona, 1993. |
| ↑4 | MORGENSTERN, Soma: Huida y fin de Joseph Roth. Pre-Textos, Valencia, 2000, p. 380. |
| ↑5 | BARRAL, Carlos: Prólogo a ROTH, Joseph: La leyenda del Santo Bebedor. Anagrama, Barcelona, 1992, pp. 13-14. |
| ↑6 | NANCY, Jean- Luc: Embriaguez. Universidad de Granada, Granada, 2014, pp. 55-56. |
| ↑7 | BLANCHOT, Maurice: El diálogo inconcluso. Monte Ávila, Caracas, 1970, p. 199. |
| ↑8 | JONAS, Hans: Pensar sobre Dios y otros ensayos. Herder, Barcelona, 1998. |
| ↑9 | FACKENHEIM, Emil L.: Reparar el mundo. Sígueme, Salamanca, 2008. |
| ↑10 | BLOOM, Harold: Los vasos rotos. Fondo de Cultura Económica, México, D.F, 1986, p. 16. |
| ↑11 | ROTH, Joseph: El Leviatán. Siruela, Madrid, 1992, p. 14. |
| ↑12 | ROTH, Joseph: El peso falso. Siruela, Madrid, 1997, p. 146. |
| ↑13 | ZWEIG, Stefan: El candelabro enterrado. Acantilado, Barcelona, 2007, p. 83. |
| ↑14 | ROTH, Joseph: La leyenda del Santo Bebedor, Op. Cit., pp. 51-52. |
| ↑15 | ZWEIG, Stefan: Los milagros de la vida. Acantilado, Barcelona, 2011. |
| ↑16 | TAYLOR, Charles: El futuro del pasado religioso. Trotta, Madrid, 2021. |
| ↑17 | HALÍK, Tomáš: Paciencia con Dios. Cerca de los lejanos. Herder, Barcelona, 2014, pp. 47-66. |
| ↑18 | ROTH, Joseph: Judíos errantes. Acantilado, Barcelona, 2008, p. 46. |
| ↑19 | GINZBURG, Carlo: La lettera uccide. Adelphi, Milano, 2021, p. 29. |
| ↑20 | GINZBURG, Carlo: Nondimanco. Machiavelli, Pascal. Adelphi, Milano, 2018, p. 104. |
| ↑21 | BORI, Pier Cesare: Il vitello d’oro. Le radici della controversia antigiudaica. Bollati Boringhieri, Torino, 2022. |
| ↑22 | ROTH, Joseph: Gabinete de curiosidades. Ladera Norte, Madrid, 2024, p. 201. |