Winesburg, Ohio, la obra maestra, por tanto, de Anderson, es una colección de 23 bocetos interrelacionados (Anderson los llama cuentos) que retratan la vida en un pueblo del Medio Oeste –tierra natal del autor a la que, según nos han dicho, debía lo mejor de sus cualidades- en los primeros años del siglo XX. Cuentos unidos por el nexo que supone el tropo en el que desarrolla, y que termina formando una novela. Una suerte de trabajo experimental, debido a sus múltiples opciones de lenguaje y focalización. Anderson escribió, más que una trama general, una sucesión de ejercicios de diáfana prosa con un foco puesto en la perspicacia de cada personaje.

El autor sigue con atento pormenor ese camino, esa vía recorrida por el propio Rilke, en la que fue de no poca importancia el encuentro con un músico, con Ferruccio Busoni. Le llega antes que nada con su pensamiento, con sus palabras. Sobre todo cuando Busoni señala que la música es la mediadora entre el tiempo y el no-tiempo, la eternidad. Como que gracias a eso el poeta puede reconocer lo angélico de la música y, por lo tanto, lo que hay de elevado y de abismático en la misma, es decir, de mostración de lo bello y de insinuación de lo horrendo.

El agotado agota todo lo posible. Por eso la fuerza, incluso cacofónica, de la segunda canción, no basta para hacernos olvidar que todo está ya escrito desde el principio. Creo que un valor añadido es el de que el profundo conocimiento musical de Bostridge, que es inseparable de una experiencia continuada como intérprete de Schubert, nos muestre con claridad la función proléptica del piano sobre la palabra.