No es solo un banco. Lo llevo observando durante años y sé que es algo más. Lo he conocido de piedra, de madera, de resina y, ahora, de hierro fundido. Siempre igual de largo, siempre a la sombra del olmo de la plaza, siempre acogiendo historias por contar. La mía comenzó en ese banco: ahí se conocieron mis padres. Él tomó asiento para dar un último repaso a un tema del examen; ella, al cabo de unos minutos, para comerse una milhoja. Nunca supieron cómo, pero la milhoja acabó sobre el pantalón de él, y ella se apresuró a mojar un pañuelo en el agua de la fuente y limpiar el desaguisado. Lo demás vino rodado.
La última de esas historias ha ocurrido esta misma mañana. El viejo Anselmo, asiduo del banco, aunque llevaba tres semanas sin aparecer, ha vuelto, como acostumbra, con un libro en las manos. Al poco se ha sentado Carmen, una viuda que lleva unos días en el barrio. Viene a echarle comida a los gorriones y a las palomas. Julia también es nueva en la plaza, trae con ella a su hijo y el ordenador portátil; mientras el crío juega, ella trabaja. El último en ocupar el largo banco es Malick, un joven senegalés que ha dejado aparcada la furgoneta de reparto para tomarse un descanso y consultar el móvil. Unos y otros solo han cruzado un saludo. Hasta que el niño tropieza en su correteo, se cae y se araña las rodillas. Julia lo coge en brazos y trata de calmar sus lloros; Carmen va a la fuente y moja un pañuelo para lavarle las heridas. Anselmo lo distrae contándole la vieja historia de un lobo. Malick corre hasta la furgoneta y vuelve con un pequeño botiquín. Lo demás viene rodado, porque el banco de la plaza no es solo un banco.
