En una de sus entrevistas aseguró que su existencia era bastante ordinaria, muy alejada del aura de misterio que muchos le atribuían: una mujer sencilla y solitaria, que escribía unas pocas horas al día, hasta que se cansaba. Realmente, quién sabe si fueron sus frustraciones, soledades y oscilaciones emocionales las que llevaron a Patricia Highsmith (1921-1995) a desdoblar la vida de sus personajes y a darles la posibilidad de iluminar sus oscuros deseos. Lo que está claro es que la gran escritora de novela negra elevaba sus obras por encima de los convencionalismos, desplegando un mapa de perfiles psicológicos y tramas insólitas –nada predecibles-, que han perdurado a través de las décadas. El secreto, quizás, resida en la ausencia de juicio hacia los protagonistas, permitiéndonos que advirtamos la tensión y la sugestión derivadas del desarrollo de los hechos y de la ambigüedad moral.
Sin duda, Highsmith sigue siendo un referente indiscutible del suspense, con su característica “cotidianidad del mal”.
En “Ese dulce mal” (1960) todo comienza una noche, cuando David determina dar un paseo y calmar su angustia. Annabelle no está, pero su mente no deja de recrearla y de ligarla a un futuro esperanzador. ¿Qué importa que, de momento, las circunstancias no sean favorables, si a ambos les espera un destino juntos? Apareció, de repente, hace un par de años, y él buscó un trabajo que le proporcionara dinero con facilidad para casarse con ella, aunque eso supusiera malgastar su talento científico. Annabelle merecía una casa preciosa, un piano en mitad del salón, un juego de té de auténtica plata, un jardín, los mejores restaurantes, viajar por todo el mundo, recorrer museos y exposiciones… Sin embargo, la realidad no suele plantearse tal y como la imaginamos. En el mejor de los casos, despuntan matices que la transforman; en el peor, los acontecimientos la desmoronan y hay que adaptarse al contexto. A veces, incluso, nos vemos obligados a soltar, olvidar, huir… o no. Y es, entonces, si no aceptamos los hechos, cuando una idea fija puede volverse recurrente e intrusiva, aturdiéndonos hasta límites insospechados. Por ende, este nuevo estado nos hostiga, haciéndonos experimentar la insaciable necesidad de poseer y dominar al objeto de nuestra obsesión. ¿Cómo conformarse con la simple contemplación o fantasía? Queremos más. David quiere más. ¿Llegará a crear una ilusión que lo trastoque y lo lleve, cada vez, más lejos de la verdad?
David Kelsey, un joven parco en palabras, pero correcto y educado. Paga a la dueña de la pensión donde se hospeda sin retrasos, no cita a chicas en su dormitorio, trabaja con ejemplaridad, se traslada todos los fines de semana a cuidar a su madre enferma y nunca nadie lo ha visto llegar bebido, ni en malas condiciones. Un santo.
William Neumeister, exitoso, extrovertido, carismático, triunfador en negocios y compra ventas. Es dueño de una propiedad a las afueras de un pueblo, amplia y confortable, donde su esposa lo aguarda con la mesa puesta y, a menudo, dormida sobre las mullidas sábanas de algodón de la cama de matrimonio. Ninguna preocupación. Bienestar y felicidad. Envidiado y admirado, a partes iguales.
Kelsey y Neumeister, el perdedor y el ganador, aunque a priori mantienen sus espacios y entornos sin mezclarse, ni molestarse, se irán posicionando en un ring donde se enfrentarán en un duro asalto en el que sólo uno resultará vencedor. ¿Enemigos por convicción o debido al transcurso de las incidencias? Si las variables hubieran sido otras, es probable que jamás hubieran llegado a semejante trance. No obstante, el ser humano es ambicioso y no suele contentarse con quien es, sino que ansía y persigue al que desea ser, con el conveniente coste en cada uno de los ámbitos de su vida. En ocasiones, el espejismo se presenta tan nítido que trasciende la imaginación, colándose en gestos, conversaciones y planes, que sólo se suceden en uno mismo. La dicotomía entre “el yo” y “el otro” puede desaparecer en cuestión de segundos, en una fusión incompatible, pero completamente cierta para el sujeto que la sufre. Desde fuera, esta metamorfosis puede desconcertar a los observadores o participantes indirectos, ya que no es difícil pensar en el delirio. Dos identidades: el señor Hyde y el doctor Jekyll.
Highsmith logra, de nuevo, la estrecha convivencia entre lo racional y lo perturbador, sin que se produzca la incongruencia durante la lectura. Al contrario, pues es el lector quien pide más desde su butaca, mientras se ajusta las gafas en el tabique nasal, convirtiéndose en cómplice del entramado argumental. La claustrofobia se hace insoportable y, al mismo tiempo, tentadora; sintiendo un puro afán por echar una mano a ese muchacho que está perdido, en medio de una cadena de malas decisiones y de una carrera contrarreloj. De igual manera, Annabelle, la que pudo revelarse como esquiva y un poco altiva al principio, genera ahora una compasión digna de cualquier criatura herida, acorralada, víctima de un enamorado ciego y sordo a sus súplicas.
Aquí, a diferencia del género policial clásico, el motivo fundamental no es el esclarecimiento del crimen. De hecho, ni siquiera habrá que reunir pistas, ni estar pendientes de cada personaje para etiquetarlo como sospechoso. Nosotros mismos estaremos presentes, seremos la sombra del asesino –accidental o calculador-; al que no podremos odiar, porque no es un monstruo, sino una persona normal y corriente. Y es que no está alejado de la lógica empatizar con el antihéroe, humanizarlo, y ponernos en su lugar por un instante. No contemplamos la pura maldad, tan sólo somos testigos de cómo la presión puede desbaratarlo todo.
La autora afirmó en alguno de sus diarios y cuadernos que estaba hecha de dos apetitos: amor y pensamiento, una dualidad que impulsó su producción literaria y se asentó en su terreno más personal. Fue tan enigmática, como sus gatos, cuya compañía prefería a la de las personas. Mucho se ha contado acerca de su difícil personalidad, pero hay algo incuestionable: si entras en su territorio, te atrapará para siempre. “Extraños en un tren” (1950), “Carol” (1953), “El talento de Mr. Ripley” (1955), “Aguas profundas” (1957), “El diario de Edith” (1977)… y “Ese dulce mal”.
| Título: Ese dulce mal |
|---|
|
