Poesía: lo sempiterno del pensar

Poéticamente habita el hombre. Una de las ideas centrales del pensamiento de Heidegger está en esta máxima suya: «Der Mensch gebärdet sich, als sei er Bildner und Meister der Sprache, während doch sie die Herrin des Menschen bleibt»[1]HEIDEGGER, Martin. 2000. «Dichterisch wohnet der Mensch», en Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 190 [de ahora en adelante, todas las traducciones son nuestras]. Esto es, que el hombre se comporta como si fuera el creador y maestro del lenguaje, mientras que es el lenguaje quien dirige al hombre.

Encontramos, casi exactamente, la misma cita en otro lugar más: aparte del ya mencionado, puede leerse en Bauen Wohnen Denken (Construir habitar pensar, 1951). Esta difusión, a la manera de lo que hizo Valéry en sus obras, redundando y analizando -coreando, casi- de nuevo los mismos conceptos, no es, sin embargo, un proceso común entre los filósofos. Tal vez sea en este caso un simple intercambio del autor consigo mismo, ya que ambos estudios son, de hecho, conferencias impartidas entre agosto y octubre de 1951.

Una de sus citas más conocidas dice exactamente esto: «El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada» (Die Sprache ist das Haus des Seins. In ihrer Behausung wohnt der Mensch. Die Denkenden und Dichtenden sind die Wächter dieser Behausung)[2]HEIDEGGER, Martin. 1976. «Brief über den Humanismus», en Wegmarken (GA 9). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 313. Heidegger era consciente de la dificultad de su estilo, pero no veía razón para cambiarlo. En un estudio del fragmento 16 de Heráclito, Aletheia, se sorprende incluso de que ya en su época, la presocrática, le hayan apodado «El Oscuro». Por el contrario -escribe en este texto- Heráclito debería llamarse «El Iluminado», ya que es él quien «habla con claridad gracias a la brillantez de la expresión de su pensamiento»[3]HEIDEGGER, 2000, «Aletheia (Heraklit, Fragment 16)», Op. Cit., p. 265.

Que nuestro pensamiento, además, encuentre el camino sólo con gran dificultad, aunque sea de manera precaria, no justifica el hecho de que esta dificultad de percepción radique en una limitación de la comprensión común o en una aversión a las perspectivas que amenazan los hábitos y perturban la vida cotidiana. Debemos buscar otra explicación. Escribe Heidegger: «sabemos demasiado y creemos demasiado deprisa como para poder sentirnos cómodos con las preguntas que surgen de una experiencia real. Para ello, necesitamos la capacidad de asombrarnos por lo que es simple y debemos aceptar este asombro como nuestra morada»[4]Ibíd., p. 266.

Según el pensador alemán, el lenguaje -para muchos una prisión- es el único camino a seguir para aquellos que lo vigilan. El verso de Hölderlin expresa esta idea con palabras: «lo que perdura lo fundan los poetas»[5]HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra Poética Completa, tomo I. Barcelona: Río Nuevo, p. 216 [las cursivas son nuestras].

Es un verso, dice Heidegger, que «nos lleva de vuelta al problema de la esencia de la poesía»[6]HEIDEGGER, Martin, 1981. «Hölderlin und das Wesen der Dichtung», en Erläuterungen zu Hölderlins dichtung (GA 4). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 41. Nos habla de lo que queda, lo que perdura, permanece y por tanto, da un sentido, si es que podemos entender este «un» aquí como significado en sí mismo, como el único significado que sólo puede ser el que establece el verbo del poeta. Poesía, al cabo, es la «fundación por la palabra y sobre ella»[7]Ibíd., p. 41.

Poesía, entonces, como origen del λóγος. Hay aquí una voluntad de forma que, a través de la actividad creativa, define el Ser y la identidad del hombre. Heidegger no encuentra otra forma de expresarse en sus escritos que prestando especial atención al lenguaje. A veces tratando incluso de liberarse de una cierta prosopopeya, dado que no es consciente del momento en que la forma reveló por primera vez al Ser, y sin vacilar en atribuirle este hecho únicamente a los poetas. Ahora estamos hablando de Heidegger y él es quien hace la pregunta. Y también quien responde: lo que perdura, sin duda alguna. ¿Pero qué es lo que perdura, lo permanente? ¿Lo verdaderamente, quiero decir, indeleble, indisoluble? El irreemplazable Paul de Man se preguntará, sobre la base de estas eternas preguntas -esta infinita duplicación de un verso, de las palabras de un verso, de una sola palabra en el (uni)verso-, si no es la voz del propio pensador la que se revela, en lugar de la del poeta[8]DE MAN, Paul. 1983. Blindness and Insight: Essays in the Rhetoric of Contemporary Criticism. London: Methuen, p. 246.

Porque, frente a la respuesta de Heidegger -lo verdaderamente permanente es lo transitorio, lo permanente es sólo un acto poético- ¿no estaría el filósofo, de hecho, haciendo poesía a su manera? Hemos sabido, después, que el pensador tiene, en su haber, una nada escasa obra poética, donde podemos leer, como en el poema Die Gedanken (Los Pensamientos): «Desaprender lo que es mío. Si alguna vez hubo una estrella que aligeró hasta la palabra tu camino al decir, déjese lo pensado a su amo, que así lo ha escrito, para que lo llevemos, con gozo y silencio, pensando»[9]HEIDEGGER, Martin. 2007. «Die Gedanken», en Gedachtes (Band 81). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 81.

Heidegger, al menos en un momento de su vida, soñó con poseer el arte propio de los poetas y escribió algunos versos de extrema belleza y profundidad. Porque, ¿no son acaso las ideas (o versos) del filósofo lo que estamos buscando? Hölderlin puede muy bien pasar por una de sus creaciones, no importa. El mismo Heidegger no pudo escapar al hecho de que él mismo es, siempre que sea necesario, la creación de otro. Y así es interesante observar cómo ciertos temas se repiten en la obra del filósofo. En sus Aclaraciones a la poesía de Hölderlin, por ejemplo, algunos de los versos apenas nombrados en este texto nuestro, recibirán más tarde una atención especial. Pienso en, claro está, el célebre «und wozu Dichter in dürftiger Zeit?» (¿Para qué poetas en tiempos de indigencia?), extraído de la Elegía de Hölderlin Pan y vino[10]HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra Poética Completa, tomo II. Barcelona: Río Nuevo, p. 68. Así, el propio Wozu Dichter? devendrá el título de un estudio sobre este verso, aunque ahora se trate de pensar a Rilke[11]HEIDEGGER, Martin. 1977. «Wozu Dichter?», en Holzwege (Band 5), pp. 269-321.

¿Es Rilke el poeta de un tiempo de indigencia, de miseria?, se pregunta -al mismo tiempo que afirma- Heidegger. Y, como siempre, la respuesta se considera desde varios ángulos.

Sin embargo, quien escribe estas líneas es de la opinión (y estoy muy lejos de ser el único en este sentido) de que la era de la indigencia ya ha llegado, está aquí, y los poetas son todavía necesarios. La singularidad de nuestra forma de ver radica en la importancia que le damos a la urgencia de tener poetas: ¿No podría Heidegger, como tantos otros, haberse preguntado de antemano si no es, en realidad, una suerte de quijotería temer el anuncio de algo alarmante? ¿Sirven los poetas realmente a un propósito, no sólo en tiempos de miseria, sino en todo momento? ¿Qué podría ser más útil en las actividades del hombre que componer el mundo con el aliento de las palabras? Todavía menos, escribiendo desde este aliento, leído luego bajo el silencio de una tímida luz artificial. Je n’écris pas sans lumière artificielle.

¿Estamos escribiendo sobre la realidad o estamos escribiendo la realidad? Si admitimos que estamos escribiendo sobre la realidad, ¿qué pasa con la lectura de la misma -un poema-, por ejemplo? ¿Y qué hay de lo que nos incumbe, en verdad? ¿Nada más que la escritura de la realidad?

¿Pero qué es la realidad, salvo algo que siempre se pone entre paréntesis? Esta no es una forma poética de hablar. Todo lo más, incluso, un tema ya obsoleto, que nació con los primeros pensadores y ha llegado hasta nosotros. Pienso en Heidegger, aunque se acerque hasta aquí de forma indirecta. Heidegger, el filósofo frecuentemente confundido con un poeta, dado lo, hasta cierto punto, escandaloso de sus ideas, que tenían algo que no parecía ser suficientemente perceptible.

Doble equívoco: uno, imaginar que la poesía y la filosofía son cosas tan distintas; dos, el de no ver en la poesía precisamente el grado más elaborado del pensamiento. Desde Platón hasta Heidegger, los mismos escollos: la aprehensión de la realidad nunca ha sido un tema axiomático. Desde el principio, sabemos que la filosofía ha visto sus escritos como meros recordatorios para la evocación futura; lo que importaba era la lección directa.

La voz, los gestos, la respuesta de las miradas, combinada con el calor de los cuerpos y tal vez las nubes que atravesaban el cielo, no se podían traducir realmente. ¿Pero no sería momento ahora de preguntar por qué traducirlos? ¿Por qué, de hecho, no nos limitamos al mundo que está ahí y que probablemente nos precede a nosotros y a nuestra ansiedad? ¿No es un tejido éste lo suficientemente real? ¿Realmente necesitamos construirlo en lugar de describirlo? Hoy sabemos –o así hemos querido creerlo- que no basta con que el hombre esté en el mundo; ser hombre, parece, es ser algo distinto de todo lo demás, desde la piedra hasta el pájaro, que habita con nosotros. Nuestra percepción no es exactamente lo que perdura, lo que resulta sempiterno; esto sería admitir una existencia previa. Como si afirmáramos la realidad de un mundo en el que vivimos y aburridos vegetamos.

No advertimos las cosas colocadas de una manera tan fugaz. Evitemos caer, aun así, en simplificaciones: entre la percepción del mundo y el mundo mismo no hay ni siquiera el grosor de una hoja de papel. La imagen es un poco literaria, de acuerdo: está el grosor palpable de esta hoja de papel; hay una materialidad implícita. Y sin embargo, por encima de todo está la fina hoja como página escrita.

Pensar que el mundo no reemplaza al mundo: nuestra certeza es sólo la de lo que pensamos que es. Empero, y este es un punto fundamental, no tenemos otra certeza. Decir que estamos en el mundo es también decir que creemos que estamos en el mundo. Cuando buscamos la inconsistencia de las ideas no le damos la espalda al mundo. Por el contrario, dotamos al mundo de la prontitud que necesita para ser legible. Este es el poder que naturalmente atribuimos a la poesía.

Las cuestiones filosóficas y poéticas están tan entrelazadas en nuestro tiempo que los poetas y pensadores a menudo terminan encontrándose. Por eso Hölderlin y Heidegger. En cuanto a la primera pregunta, llegamos a la conclusión de que no hay una aprehensión integral del ser a partir de la traducción. Heidegger, en el otro extremo de la línea de tiempo desde Platón -aunque diferente de él, no temiendo a los poetas- también parece ser de la opinión de que ningún pensamiento claramente establecido puede reemplazar la aprehensión espontánea e incuestionable. Menos aun cuando se trata de pensar en la poesía.

Es cierto que he intentado, por un momento, dejar de escribir sobre esto. Pero sólo por un momento. La razón es muy simple: desde Santo Tomás y Juan de la Cruz hasta Wittgenstein, no ha pasado un día sin que se haya abordado esta cuestión. ¿Por qué deberíamos ser diferentes? ¿Eso es todo lo que es el hombre? ¿No está en su esencia hablar y hablar, incluso cuando sabe lo inútil que es tratar de mostrarle algo al otro?

La poesía, claramente, no salva nada ni a nadie. Tampoco está ahí para eso. Mi intención –supongo que, en el fondo, no muy distinta de la de Heidegger- es sólo llamar la atención sobre la posibilidad de un mayor encarcelamiento de los hombres en su ceguera. Prisioneros, por así decirlo, en el exterior. Pero también es intención mía reafirmar a los poetas como los que son libres. Si no pueden (lo que por el momento parece ser una verdad) poner a sus semejantes en el buen camino, o al menos hacerles ver la luminosidad del mundo, que no se dejen llevar, al menos, por la tiranía de los -ismos, apéndices de nada de lo que a menudo encontramos en tiempos de indigencia.

No es cosa de fruncir el ceño; este fruncimiento es inútil. Pero no zahiramos tampoco la saludable –incluso lamentable- seriedad de la vida. El animal arcaico, el hombre, ha estado como suspendido en pleno vuelo durante mucho tiempo: la línea que debería estar allí para representar su trayectoria no es más que una maraña de líneas confusas a la que hoy llamamos presente.

Título: Aclaraciones a la poesía de Hölderlin
  • Autor/es: Martin Heidegger
  • Editorial: Alianza Ensayo
  • Nº de páginas: 240
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. HEIDEGGER, Martin. 2000. «Dichterisch wohnet der Mensch», en Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 190 [de ahora en adelante, todas las traducciones son nuestras]
2. HEIDEGGER, Martin. 1976. «Brief über den Humanismus», en Wegmarken (GA 9). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 313
3. HEIDEGGER, 2000, «Aletheia (Heraklit, Fragment 16)», Op. Cit., p. 265
4. Ibíd., p. 266
5. HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra Poética Completa, tomo I. Barcelona: Río Nuevo, p. 216 [las cursivas son nuestras]
6. HEIDEGGER, Martin, 1981. «Hölderlin und das Wesen der Dichtung», en Erläuterungen zu Hölderlins dichtung (GA 4). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 41
7. Ibíd., p. 41
8. DE MAN, Paul. 1983. Blindness and Insight: Essays in the Rhetoric of Contemporary Criticism. London: Methuen, p. 246
9. HEIDEGGER, Martin. 2007. «Die Gedanken», en Gedachtes (Band 81). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 81
10. HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra Poética Completa, tomo II. Barcelona: Río Nuevo, p. 68
11. HEIDEGGER, Martin. 1977. «Wozu Dichter?», en Holzwege (Band 5), pp. 269-321
Daniel Arana

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