Palabras en el silencio del tiempo

A un poeta se le reconoce por sus lugares. De tal forma que el requisito de buscar -de buscar un saber más verdadero que el que sabemos-, es hacerlo siempre un poco a tientas, en la oscuridad de las palabras. Unas palabras en el silencio del tiempo [1]ALEMANY MARTÍ, Gabriela, y Julio García Caparrós. 2019. Torre por el mar prendida. Zaragoza: Sindicato de Trabajos Imaginarios (colección Dasein)/Ajuntament de Moncofa, p. 57, que salvaguardan la memoria.

En el incansable cuestionamiento de lo opaco hay alguien, entonces, que no puede escapar de la brama pensativa del tiempo.

Ese es el vocablo del poeta.

Y Torre por el mar prendida (Gabriela Alemany Martí y Julio García Caparrós, 2019), el canto de un tiempo que no se perdió, aun cuando ya ha sucedido. Es ese tiempo que se lleva, que destruye o desgarra lo detenido y lo allega en un núcleo de silencio y alegría. Este es un libro de celebración.

Todo el trabajo de Julio García Caparrós, pero muy especialmente este último libro de poemas, nos dice que la experiencia vital, partiendo con la resolución poética de un modo narrativo, se ve y entiende por su relación con un lenguaje, carne de los recuerdos [2]Ibíd, p. 81, como condenado a vivir en voladizo y llamado a detenerse, en medio de pequeñas preguntas existenciales.

La bellísima pintura de Gabriela Alemany Martí, que acompaña los poemas y redondea el libro, la tenemos que pensar también como un diálogo con lo escrito. Y así, la poesía y la pintura, si es que una de las dos cosas y las dos no son exactamente la misma, prueban a ser la pregunta de aquel que acepta no salir ileso de las respuestas.

Este diálogo supone entonces una lectura de la participación en tales preguntas, una poética atenta a compartir la recurrencia del tema, la reflexión. Las solidaridades, en fin, de la reescritura de la existencia. Porque siempre hay un preguntarse, un vagar en la excavación del pensamiento, incluso cuando la reconfiguración de lo imaginario es a veces ir más allá de cualquier aclaración.

Su respuesta es, por utilizar el argumento blanchotiano, un retumbo. No una imagen que retumba, sino que es el espacio de la imagen […] el punto de surgimiento donde, hablando adentro, ya habla totalmente afuera[3]BLANCHOT, Maurice. 1996. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 499.

El corazón de la reflexión, entonces, se asume como la conciencia de una contradicción fundamental, porque la evidencia del paso del tiempo y el engaño, portador de tal término -el punto final, diríamos-, se enfrenta con ímpetu al rechazo de la finitud, a la necesidad de detener el movimiento de las horas para escapar del flujo perpetuo de lo efímero.

La poesía es como una lágrima, congelada en un instante de eternidad. Pero también es una falta, como la violencia de una ausencia en el fondo.

Esta torre, cuyos restos, como la existencia misma, están casi perdidos en el mar, es un decirle a todo que no hay dónde remediar desde aquí, si es que hemos de recordar una anterior conversación[4]Alemany Martí, García Caparrós, Op. Cit., p. 110.

En el espacio mudo descansa el tiempo de lo que ha pasado, quizá sin querer que pase de largo.

Palabra tardía, palabra del mar bajo la mirada del poeta, enfrentada al vacío del existir mismo. Y quien escribe no puede por menos que verse a sí mismo vagando, buscando, intentando escapar del tiempo. Creer y no creer que, con el paso del tiempo que se estanca o parece hacerlo, un acuerdo es todavía posible.

Y tocado por la pregunta, la pregunta insistente, que podría ser, por ejemplo, «¿cómo sería esta vida aquí, si no hubiera noche?» O, acaso, «¿cómo sería el día en el que nada deba morir?».

El pensamiento poético gira de tal forma, siempre al borde de la confesión. Te doy la palabra de mis libros, dice Jabès[5]JABÈS, Edmond. 1990. El libro de las preguntas I. Madrid: Siruela, p. 68. Lo vivido está hecho bajo los días, en un hueco que los ilumina de memoria: todo lo que cuenta /  viene de lejos[6]Alemany Martí, García Caparrós, Op. Cit., p. 137.

La palabra tardía del poema, fechado, es sin embargo a tiempo, ahora. Es presencia.

En un tiempo todo, suspendido, que le roba un poco de eternidad a la pérdida irremediable de lo absoluto: el momento en que el presente, reuniendo en sí mismo el pasado e ignorando el futuro, vive sin fronteras en las profundidades del tiempo, en lo que parece ser la raíz del tiempo.

Poema, pintura, exilio ontológico en suma, olvidada la tensión de la falta y la pérdida. Todo no es más que la adhesión al mundo, la percepción de una plenitud que fuerza las cercas.

Nada más que el tiempo, que se ha replegado allí y no espera nada: creo en pocas cosas / pero que el silencio sea / una torre por el mar prendida / es algo que creo[7]Ibíd., p. 52.

Para vivir este otro tiempo, que es siempre del poema, es necesario liberarse de la contingencia, de su tumulto y pesantez, a costa de un despojo –el lenguaje de García Caparrós hace gala, no por nada, de una extraordinaria sencillez-, de un receso de sí mismo cada vez más radical, en el pliegue de un silencio que es, eternamente y de continuo, más silencio.

El silencio que sucede cuando ocurre el milagro, cuando se abre desde dentro hacia el afuera, y accedemos al dominio, a este núcleo irrefutable del ser, donde ya no es una contradicción, ni un muro para dividir o rasgar, sino la dádiva total de uno mismo para sí.

En el momento en que el silencio abre una puerta, siempre debe comenzar todo de nuevo, como el mar de Valéry. Siempre es necesario excavar en el día las huidas del día, cavar contra el tiempo de los relojes que miden y se dividen, contra la recuperación del presente por un futuro ya casi vivido.

¿Quién de nosotros podría superar, si no, la espera?

Torre por el mar prendida, tal como yo entiendo el lenguaje de su poética y la pintura de Gabriela Alemany –inseparables, como decía, una de la otro-, es lo que queda al cavar contra el peso de un pasado para vaciarse de sus represalias y recordar así, por puro ascetismo.

Lo que permanece, en fin, tras la retirada, por la denudación, para dar la bienvenida al espacio donde se ilumina la presencia indispensable.

Entonces, rotos los límites que antes pensamos indiscernibles, vemos el tiempo, de repente inmóvil como luz en renuevo, que brota de una canción silenciosa.

Esta es la que habita al poeta cuando busca signos de una presencia que se nos concede vivir sin apenas mediación del lenguaje, fuera de todo discurso: un encuentro en silencio, entre ninguna presencia, pero que es siempre el de una presencia.

Moncofa, ese τόπος definido a orillas del Mediterráneo, permite adensar un reinado del silencio, conviniendo, pues, la realeza creativa que tiene poder de revelación. A través de él, se produciría la entrada a este mundo interior donde el vacío es plenitud y riqueza de pobreza, en el encuentro de la nada que es todo.

τόπος, brecha en lo opaco, descanso en la luz.

Desde dentro estamos ya fuera, en nosotros y fuera de nosotros. La misma luz es lo que se fraterniza consigo misma.

De alguna manera, este pueblo deviene, à la Benjamin, lugar inscrito de manera firme indeleble en el corazón de la escritura. Actúa, parafraseando al filósofo, algún espíritu que es afín a los libros[8]BENJAMIN, Walter. 2014. «París, la ciudad en el espejo», en Imágenes que piensan (ed. Tillman Rexroth). Madrid: Abada Editores, p. 78.

Escribir Moncofa es probar en el entorno, ordenarlo todo entre cosas que no sólo coexisten, para decir entonces la presencia llena del momento, de este silencio vacante.

Las imágenes están ahí, entre versos y cuadros, viviendo en su totalidad desde la esfera del silencio, ocupadas manteniendo el tiempo todo, con los restos de una torre que ya no es, pero sigue siendo, a la vista todavía de cualquiera.

Título: Torre por el mar prendida
  • Autor/es: Gabriela Alemany Martí y Julio García Caparrós
  • Editorial: Sindicato de Trabajos Imaginarios (colección Dasein)
  • Nº de páginas: 158
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. ALEMANY MARTÍ, Gabriela, y Julio García Caparrós. 2019. Torre por el mar prendida. Zaragoza: Sindicato de Trabajos Imaginarios (colección Dasein)/Ajuntament de Moncofa, p. 57
2. Ibíd, p. 81
3. BLANCHOT, Maurice. 1996. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 499
4. Alemany Martí, García Caparrós, Op. Cit., p. 110
5. JABÈS, Edmond. 1990. El libro de las preguntas I. Madrid: Siruela, p. 68
6. Alemany Martí, García Caparrós, Op. Cit., p. 137
7. Ibíd., p. 52
8. BENJAMIN, Walter. 2014. «París, la ciudad en el espejo», en Imágenes que piensan (ed. Tillman Rexroth). Madrid: Abada Editores, p. 78
Daniel Arana

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