No cualquiera puede ser medianoche

Escribir lo que no se ha escrito: ¿es posible o, más bien, inconveniente? ¿Por qué reunir en un ensayo lo que hasta ahora no han sido más que borradores, proyectos, sueños o intentos -inicios- que han quedado atrás, relegados a la condición de apuntes, ficticios o reales, escritos o no? La pregunta es si se puede hacer un libro de los libros que no fueron libros. O si pueden estos textos perdidos, secundarios, inacabados, servir de base para la realización de uno sólo de ellos, formando ese fuste retorcido de la humanidad, valga aquí la expresión kantiana.

¿Y bien? Son muchas preguntas, le pedimos respuestas a George Steiner y él mismo, in absentia, no puede responderlas. La conversación no puede continuar y, por lo tanto, es infinita. Decir lo que no se ha dicho. Pero, ¿por qué decirlo ahora? ¿Y cómo podemos escribir sobre lo que se ha callado? Dar a entender la reticencia y la incompletitud del ayer a través de un libro concreto, material, palpable, ¿es contradecirse? Divulgar lo que siempre se ha defendido como lo más privado, el secreto más celosamente guardado, ¿no es asumir y/o soportar el riesgo de la contradicción? De forma más precisa aún, ¿qué hace lo irreal del pasado a la escritura cuando se actualiza, qué revela sobre la trayectoria de un escritor? ¿Se habría convertido George Steiner en algo distinto de lo que es si hubiera escrito estos libros? Al revelar su carácter incompleto, sus abandonos, el viejo profesor de Cambridge rompe el silencio que se le había impuesto y se resiste a la atracción del pasado. Toda la brecha entre las humanidades y las ciencias se juega en lo que Steiner llama la flecha del tiempo, mientras el hombre de letras occidental siempre mira hacia atrás y el mañana es más rico, más abarcador que el día de hoy.

Si George Steiner escribe sobre las cosas que se dejaron de decir y los silencios del pasado, no es tanto para rellenarlos –cada uno de los capítulos no es, en absoluto, un compendio de quimeras librescas– como para dar testimonio de una ausencia o incompletitud que es preciosa –preciada- justo porque falta. Lo que no se ha pensado, lo que ha quedado en la sombra da, al hacerse legible, la medida de lo que ha faltado, al permitirnos comparar lo que no se ha elegido, lo que se ha descartado, evitado o dejado de lado con lo que ha tenido lugar. Espacio de imposibilidades librescas, Los libros que nunca he escrito es una mirada a una trayectoria intelectual, la proyección retroactiva de lo que la escritura no permitió acceder. Como las direcciones de un solo sentido, estos capítulos son muchos caminos que el escritor no siguió. ¿Es George Steiner el Orfeo de una Eurídice de la escritura? Debemos pensar si Steiner mira hacia atrás lo que no se ha escrito, con la intención de perder, por segunda vez, el objeto de la escritura y demostrarse a sí mismo que es definitivamente inaccesible, o transfigura, a secas, esta carencia, sustituyéndola por otra cosa. ¡Un libro no puede ser la sustitución de sus propios libros fantasmas, de esos libros ausentes cuyas sombras son convocadas por cada capítulo de este libro! Empero, no son más que la venganza de su propia negación. Uno escribe un libro contra y para los libros que no habría escrito. Al exhumar trayectorias posibles pero jamás tomadas, George Steiner hace concesiones al pasado, el espacio rizomático de su escritura contemporánea. Elegir un campo de investigación, escribir un artículo o un libro, pronunciar una conferencia, es comprometerse con un camino que no admite intercambiabilidad ni retroceso. No es tanto lo que uno ha hecho, como lo que no ha escrito, lo que le impide volver atrás. Lejos de estar determinada únicamente por el momento de la escritura y su tema, la escritura es la ruta que hace elegir al escritor, y es ella la que compromete al escritor. No es ese espacio liso deleuziano dentro del cual el investigador se mueve a su antojo, sino que es el espacio estriado por excelencia, devolviendo a su significado original (esto es, topológico) expresiones como la vía o el camino.

Steiner siempre adujo que le faltaba valor y le sobraba escepticismo. Y sin embargo, en Los libros que nunca he escrito, George Steiner hace lo que pocos de nosotros seríamos capaces de hacer: confesar nuestra propia noche. Había empezado a dar a entender sus propias dudas titulando su autobiografía Errata. Pero aquí se trata de ir más allá. En un capítulo en el que el verde de la Invidia baña el ensayo con su color sombrío, cita a los moralistas antes de retomar sus máximas: «Hay algo que no nos disgusta en la desgracia de un amigo o Triunfar no es nada si no vemos fracasar al otro, al amigo si es posible. Que se atreva a negar alguien estas desagradables verdades», desafía Steiner[1]STEINER, George. 2008. My unwritten books. New York: New Directions, p. 52 (aunque existe traducción española, hemos preferido utilizar la nuestra).

Esta es una confesión, una circonfesión, entonces, que amplía o arquea las ideas de los anteriores. Steiner utiliza las metáforas de la noche y el silencio para expresar su profundo escepticismo sobre el hombre y el lenguaje. La ira y la melancolía impregnan el lenguaje del professor, que acaba eligiendo el silencio para revelar lo esencial. Por su paradójica generosidad, este libro perturba y fascina a la vez, arrojando una luz oscura sobre libros tan importantes como Presencias reales, Después de Babel, Antígonas o Gramáticas de la creación. Y, como toda confesión, la de Steiner causa incomodidad, porque atrapa nuestra propia deformidad, cuando argumenta, por ejemplo, que bajo tortura se enamoraría de su perro, mientras que no pestañearía ante el dolor de los suyos[2]Ibíd, p. 176 o cuando plantea preguntas retóricas sobre el genio del pueblo, preguntas que ponen en duda su intención congruente, resultando en aparentes actos de falsa ingenuidad o condescendencia. O es que acaso se trata una vez más, podríamos considerar, de la inconmensurable soberbia de un pensador que cree que, en relación con el genio, la rueda gira y el sol de la civilización no brilla en todos los cielos, en todo momento. Steiner parece pintar la figura de un intelectual en claroscuro, perseguido por la fragilidad de la razón. ¡Pero no es cierto! Todos saben que Steiner siempre nos deja boquiabiertos e indecisos ante su propia realidad, su propia presencia real. Es el mismo que, aun siendo marcadamente antisionista, ataca al Islam sin reservas, al que acusa de estar varado en medio del siglo XV, sin voz intelectual alguna desde entonces. Todos estos encuentros con el pensador son el punto de partida de una discusión que debe continuarse o abandonarse inmediatamente. El primer intercambio quedará en papel mojado si el interlocutor no siente que la provocación es una invitación de Steiner a dejarse convencer por la idea contraria a la que se plantea con tanto descaro, el descaro de un tunante instruido que todo lo tergiversa. En cualquier caso, Steiner cree que el consenso intelectual no es el signo de un pensamiento genuino: «Si los demás están de acuerdo conmigo, debe ser que estoy soltando tópicos o tonterías»[3]Ibíd., p. 186. Cuando lo hemos leído, es fácil figurarse que el pensador se ponga a prueba de esta manera, al mismo tiempo que sondea a su interlocutor, para medir si el intercambio merece la pena. No sufre por haber adivinado todo lo que puede esconderse en una mente.

He dicho un intelectual en claroscuro que confiesa su propia noche. ¿Pero he dicho todo? Steiner revela de igual forma su incompetencia en varias áreas. Por ejemplo, al final de su capítulo sobre Sión, donde aduce que, para escribir una verdadera obra sobre la diáspora judía, le falta «la claridad de miras necesaria y el hebreo»[4]Ibíd., p. 122. Steiner insiste en que no hablaba la lengua (la realidad lingüística, por otro lado, de tantos judíos asquenazíes, políglotas, capaces de una inmersión particular en las lenguas, pero extrañamente alejados de la lengua de la Torá). De esta vacante lingüística surge la duda recurrente que cultiva sobre su propia persona. Pero, ¿no es acaso el vagabundeo del judío «la representación alegórica y empírica de una búsqueda, de un incesante vagabundeo interior»[5]Ibíd., p. 94. Será una extraterritorialidad ontológica, más que un exilio histórico o sociológico. El experto de Cambridge no escatima cuando admite su falta de valor intelectual: no se ha atrevido a escribir ciertos libros por carecer de formación al respecto y no se pronuncia políticamente en muchas ocasiones por miedo a devenir idiota aristotélico. Por el contrario, este anarquista platónico que fue Steiner –que es, porque es difícil hablar de él como si ya no estuviera- no pretende convencer a los demás de su verdad. No hay nada sistemático en su pensamiento. El camino de la convicción es demasiado estrecho y él prefiere las extensiones pedregosas de la investigación, del vagabundeo. De esa forma no hay límite, de acuerdo, pero el vértigo está garantizado. Steiner fustiga la tiranía de la corrección política que invalida cualquier pensamiento serio sobre la educación: la cultura y la belleza son elitistas y no todos somos iguales frente a ellas. Deplora, así, la demagogia del discurso que fijaría una posible democratización de las Humanidades.

Los libros que nunca he escrito es su libro negro. La ontología resulta ser negativa. Será el doble de un mentiroso (Joseph Needham) o de un eterno segundón (Cecco d’Ascoli). Pues es el sincretismo del sinólogo lo que intenta Steiner a través de cada movimiento de pensamiento. Cecco, ardiendo en las llamas de la Inquisición, fue el segundo Dante de su tiempo, un poeta salierista versado en teología. Steiner dice que no escribió el libro sobre este ilustre asegundado porque el tema era demasiado sensible. Pero las razones íntimas de esta renuncia son ciertamente más trágicas que las que se invocan: «Intento, con mi cuerpo, imaginar aquella noche del 15 al 16 de septiembre de 1327 […] Ningún dolor que hayas experimentado […] puede anticipar en modo alguno el fuego que sube por tus piernas, que te envuelve en un infierno cegador y asfixiante»[6]Ibíd., p. 55. Porque Steiner ha escapado del fuego y me temo que el incendio atroz de la historia surgió para engullir muchas de sus pesadillas. Habiendo sobrevivido a lo peor, podrá buscar la quemadura de la humillación. «La erudición no es más que un judío copiando de otro», siseó un político austriaco antisemita, un sinsentido con el que Wittgenstein, en un gesto extraño, irritado, parece estar de acuerdo: «El judío analiza, expone, en el mejor de los casos critica, pero no es un creador». El odio a sí mismo (que proyecta una sombra fascinante sobre la obra de Weil, por ejemplo) surge del sentimiento de ser un extraño para uno mismo. El examen de Steiner de la condición milenaria del judío revela un principio, un modus vivendi. Sus argumentos podrían pertenecer a los que veían una raza en el judío: «El mero concepto de una reserva genética judía que se ha conservado a través del tiempo y de la mezcla es muy hipotético, incluso sospechoso. Sin embargo, se trata de una comunidad que ha vivido en una situación de apartheid muy pronunciada y que ha luchado por prescindir de la exogamia. Por lo tanto, sería quizás arbitrario rechazar al por mayor la posibilidad de evaluar la herencia genética y descalificar la idea de que pueda haber un componente biogenético en algunos linajes judíos excelentes, pero también en otros mediocres o insignificantes»[7]Ibíd., p. 108.

Si, por una parte, la Edad Media y el Renacimiento cristianos hicieron de Shylock un paradigma, no tenían idea alguna, por la otra, de que el corazón y la mente del humillado asentirían con una sonrisa orgullosa y burlona. Kafka inventó el hombre escarabajo, y así pintó a la humanidad. Su parábola se ha convertido en el emblema de nuestra condición inestable. La raza humana es fuste, madera retorcida, capaz de lo peor y lo mejor. La conciencia culpable del judío errante es el reflejo unidireccional de una humanidad monstruosa que ha olvidado consultar su espejo. El judío sostiene la superficie reflectante para otros hombres. La mente inquieta ha establecido estrategias de supervivencia. El libro de Steiner convoca la noche de los cuerpos martirizados para superar sus sombras y sugerir la mañana del espíritu. Este descenso del yo es preventivo. Proclamamos nuestra insignificancia antes de que lo haga el otro. Steiner es pura táctica. Aunque cite a Pushkin y su metáfora del cartero, sabe que ha iniciado mucho más que eso. La omisión le permite avanzar sin temblar. Como ya se ha dicho todo, sólo correremos el sublime riesgo de asombrarnos. En cuanto a los críticos, los simples carteros, Steiner escribe de ellos que, «por su estilo y el carácter innovador de sus propuestas, [algunos] se han acercado a la literatura misma»[8]Ibíd., p. 54. El pensador se aleja así, poco a poco, de las, en ocasiones fatigosas, diatribas de Presencias reales, que hablaban del «polvo decoroso de los almacenes de las bibliotecas»[9]STEINER, George. 1993. Presencias reales. Barcelona: Destino, p. 24 y de que «las mejores lecturas del arte son arte»[10]Ibíd., p. 29.

En «Los libros que nunca he escrito», sin embargo, sus adagios adquieren un nuevo tono.

El autor no existe sin el crítico, a veces el detractor, que conformará la indispensable contrapartida oscura de la obra puesta a la luz. Tal es el caso del desafortunado contemporáneo de Dante, Cecco d’Ascoli. La pequeña mezquindad dantesca de la que da cuenta Steiner contribuye a elevar a Ascoli a lo más alto del escalafón del genio: «Dante suplicó una copia clandestina de L’Acerba, por si la hoguera no lo devoraba todo»[11]STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 42. La labor de este último era consustancial a la del primero. La obra mayor integra, llama a sí misma a otras menos radiantes, menos ruidosas, que, por un singular fenómeno de ecos y reflejos, contribuirán a su grandeza. Empero, una lógica de muerte estructura la conciencia del buscador: «La interminabilidad es caos satánico. Por lo tanto, la herejía puede definirse como una revaloración y una relectura interminable. La herejía reniega de la finalidad exegética»[12]STEINER, Presencias…, Op. Cit., pp. 61-62. Así escribe Steiner. Como crítico, hace del escándalo el punto de partida de su pensamiento. Convencidos de que el pecado original está grabado en la gramática (un acento en la Torá olvidado por un copista), condena cualquier movimiento de pensamiento creativo, en plena posesión de heterodoxia(s). Quizá por eso la obra de Cecco fascina a Steiner, porque es la obra de un hereje que ha establecido el horóscopo de Cristo. Antes nos habrá dicho, sobre el Hijo del Hombre, que «existe, en la llegada del Mesías, apenas la sombra de cierto aburrimiento»[13]STEINER, George. 2000. La barbarie de la ignorancia, en diálogo con Antoine Spire. Madrid: Mario Muchnik, p. 120.

Pero entonces estaba dispuesto a esperar, paciente e irónicamente. Hoy, sus palabras van en otra dirección: «Puede que quede aún todo por decir sobre la espera de Godot. No nos dicen nada de Su llegada. Y la noche se hace larga»[14]STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 202. En quince años, conforme ha avanzado la noche, el tono ha cambiado. Steiner maneja el tiempo futuro con destreza y profetiza con la máxima seriedad. Su arte es a menudo un comentario in futurum. Cuando nos recuerda, a propósito del desafortunado Cecco, que la predicción siempre ha sido un arte peligroso, escruta su propio corazón y mide lo que su presciencia puede haberle costado en términos de decepción. La vitalidad de los modos contrafácticos y del futuro -modos y tiempos que tienen el poder de rehacer el mundo- acompaña las intuiciones del filósofo en cada uno de sus discursos o discusiones que tenemos la suerte de vivir con él. La naturaleza gramatical del hebreo establece una relación singular con la existencia, ya que no disocia el pasado del presente y del futuro. En este lenguaje, el futuro pertenece al presente. Esta singular tensión filológica contribuye a convertir a Steiner en un estudioso de la lengua hebrea, muy a su pesar. La estructura profunda del hebreo resurge en la prosa de un hombre ajeno a una gramática que lo convierte en su anfitrión y decide su destino.

Pero en este último libro, el cielo de George Steiner parece ser el límite. Sus afirmaciones son de una austeridad desalentadora. Las palabras borran los avances humanistas, considerando la democracia como un espejismo: «Estamos lanzados a este mundo profundamente desigual. Nacer con hambre en las profundidades de Camerún es un destino, una condición de verdad muy diferente a la del recién nacido incluso en la parte menos privilegiada de Manhattan […] ¿Cómo puede un credo político basado en el axioma de la igualdad humana ser otra cosa que un ensueño edénico o una pura ilusión?»[15]Ibíd., p. 188. La invidia y la ira forman una cadena de pecados capitales en la sintaxis del filósofo. La invidia, con su máscara verde, persigue las obras y la vida de Cecco d’Ascoli, en quien Steiner puede haber adivinado un doble. Las últimas páginas del libro están llenas de ira y la prosa irónica de Hamlet no lo varía: «Por un lado, palabras, palabras, palabras, de elocuencia e ingenio infinitos; por otro, el grito del niño asfixiado, del torturado, del que muere de hambre o de una enfermedad evitable»[16]Ibíd., p. 206.

Steiner vuelve a una aporía que siempre le ha perseguido: las Humanidades no han sobrevivido a la traición de los Clérigos. La duda y la noche confunden las mejores voluntades, y no hay adiciones serias a las Escrituras, excepto en Kafka: «La parábola de la ley en El proceso es la única adición real de la literatura secular a la Torá»[17]Ibíd., p. 105. Steiner sitúa en el centro de su reflexión filológica los textos sagrados que enuncian verdades que tornarán ficticia toda escritura literaria y la reducen a meras bellas letras. Distingue en cada poema o novela una falsedad intrínseca y un oportunismo contingente. Kafka, con su forma única de interrogar sin cesar a la propia duda, fue el único que añadió algo a las gramáticas de la creación. El entusiasmo de Steiner por las obras de fuerte intención teológica ha disminuido. Las creaciones alabadas en Presencias reales, Después de Babel o Antígonas ya no encuentran favor alguno a sus ojos: incluso cuando el pensamiento canta, le es imposible circunscribir la idea de Dios. Presencias reales plantea la hipótesis de que «Dios es, pero no porque nuestra gramática esté gastada; sino que por el contrario, esta gramática vive y genera mundos porque existe la apuesta en favor de Dios»[18]STEINER, Presencias…, Op. Cit., p. 14.

La esperanza sonríe desde las primeras páginas. Pasaron los años, se escribieron libros, y Steiner clamó, al principio del epílogo a la primera línea de sus Gramáticas: «no tenemos más principios»[19]STEINER, George. 2010. Grammars of creation. London: Faber & Faber, p. 1. Como el incipit era imposible de formular, quedaba por escribir sólo lo explícito, y Steiner lo convirtió en un libro: las Gramáticas son un largo poema filosófico sobre el fin de las ideas y las formas. En estas páginas, sin embargo, todavía brilla la triste incandescencia del crepúsculo, mientras que en Los libros que nunca he escrito, el autor parece estar más allá, casi al otro lado, del epílogo. Para avanzar en la noche. ¿Pero para ver qué? ¿Para escuchar qué? La modestia del filósofo es evidente. Susurra dos verdades personales: «La intimidad y la obsesión intelectual son mis ideas políticas»[20]STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 195. Porque, «pensar es algo supremamente nuestro; se halla oculto en la más íntima privacidad de nuestro ser»[21]STEINER, George. 2007. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. México: FCE, pp. 34-35. Así que Steiner se envuelve en la noche, la noche que fue el comienzo de un pueblo: «Después de Auschwitz, reconstruimos Sión»[22]STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 96. Y nosotros sabemos que tendremos que convertir la maldición en fuerza, transformar la nada en gracia. El Luftmenschen, en inquietante término acuñado por el propio Hitler, debe convertirse en una criatura de «libertad y luz»[23]Ibíd., p. 122. Steiner clama que hay situaciones en las que el estatus del judío es «tan imposible de evaluar como la materia oscura en la cosmología»[24]Ibíd., p. 112. Esta metáfora del caos es reveladora: la noche también debe estar al principio de la obra, para convertirse en la expresión de su perfección. Uno se siente abrumado por el vértigo cuando piensa en el destino humeante que debieron experimentar las obras de Kafka y Nabokov. Los siete libros no escritos de Steiner son quizás primos hermanos de estas obras con olor a ceniza. Hay artistas que «negocian con la nada», escribe en las Gramáticas, «que incluyen en su obra la presencia performativa del no ser»[25]STEINER, Grammars of…, Op. Cit., p. 150. Esta libertad del no ser y su fenomenalidad en la pintura, la escultura o la arquitectura entran, entonces, en la definición misma de la creación.

Si, con sus Gramáticas, puso en palabras una melancolía asumida, en Los libros que nunca he escrito, el humor negro abruma a su autor. Steiner avanza en sus veladas paranoicas, sobre las que destaca la silueta preocupada del eterno perseguido. El miedo ha construido su ontología. Cuenta la inquietante anécdota de un hombre que le siguió por la calle y le preguntó si era judío. Steiner se asombró de la clarividencia del desconocido y le preguntó qué podía ver: «Es bien obvio: la forma en la que usted camina», respondió el desconocido. Y Steiner añadió: «Como cualquiera, supongo, que tiene dos mil años de amenazas pisándole los talones»[26]STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 108. Hay filósofos que se definen como pensadores judíos; Steiner nunca lo hace. Sin embargo, el carácter talmúdico de su pensamiento le sitúa en el lado de esta familia de intelectuales. El vagabundeo filosófico muestra una inteligencia en movimiento (Steiner camina mucho). Cuando el pensamiento divaga, muestra aún más de lo que declara. El pensamiento proyecta una sombra que se extiende como una estatua de Giacometti sobre el horizonte púrpura de los epílogos. Sin embargo, aunque su silueta ética duela, un caminante tiene siempre para sí esa fuerza aguda que apunta a la pureza. El aliento talmúdico anima las tensiones contradictorias que suscitan ciertas páginas, que parecen, si no contradecirse, al menos sí volver incesantemente a la idea enunciada como para probar su fragilidad. La aporía coja camina en este libro sobre la doble continuidad, el hilo duplo del pensamiento, lenguaje del ideal[27]STEINER, George. 1987. Antígonas. Una poética y una filosofía de la lectura. Barcelona: Gedisa, p. 21.

La coda del libro también obliga a algunas contorsiones de la mente. Steiner maldice a un enemigo imaginario y a sí mismo al mismo tiempo, ya que el hechizo lanzado parece volver sobre el que lo ha hecho: «hay una vieja maldición que dice: que mi enemigo publique un libro. A lo que ahora añado: que publique siete»[28]STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 209. Los libros que nunca he escrito contiene siete capítulos: Medusa acaba de verse en el escudo. El enemigo íntimo de Steiner es Steiner. Volvemos a ese דיבוק, a ese dibbuk que lleva al filósofo a hacer de su conciencia la sede de las más ardientes sospechas. Puesto que «toda obra de arte […] busca completar el bucle de sus orígenes»[29]Ibíd., p. 20, la aporía y su cismático principio atacarán la carne misma del libro por escribir. Cualquier impulso espiritual queda trágicamente sometido al peso de una falsa revelación. Nunca inventamos ni encontramos nada, porque sólo llegamos a lo que nuestro lenguaje alcanza. El propio Steiner sabe que las respuestas ya están programadas en el propio lenguaje y quizás en el mapa del córtex. Esto es, que conocemos la respuesta al formular la pregunta. Steiner se refiere al lenguaje cuando intentamos decir Dios. La experiencia del lenguaje del pensador se asume como plenamente tautológica. Su atención a la trascendencia es un reflejo de su atención al lenguaje. Steiner ha rechazado la hipótesis de que Dios sufriría una forma de retirada, como una suerte de fatiga, y necesitaría la colaboración del hombre.

¿Acaso no es en esta ausencia, a la que decimos noche, espera, ira, donde reside lo esencial? Donde Steiner nos invita a seguirle, a convertirnos en su huésped. Bien podría ser que el verdadero pensamiento naciera de este caos, de esta náusea instaurada por la presencia de una ruina que pide, exige casi, ser reparada. Es probable que la potencia poética se mida por la violencia soportada y asumida por un combate. Es en el tenue rastro de la lucha donde descubrimos la forma de la obra dejada a la tierra. El pensamiento está impreso en la arcilla y el barro de los sueños incumplidos, recién desflorados. En Gramáticas de la Creación, Steiner todavía se maravillaba de que Vermeer y Chardin «pintasen el silencio»[30]STEINER, Grammars of…, Op. Cit., p. 149. O de que la ausencia de Lear fuese formidable[31]Ibíd., p. 146. En Los libros que nunca he escrito se enfurruña con el Silencio y la Ausencia. Ya no son realidades sensibles que todavía pueden cantarse: Silencio y Ausencia no son nada. Steiner elude responder, sin embargo, a la pregunta que planteó en las últimas páginas de Gramáticas: «¿Puede el ateísmo, podrá dar lugar a una filosofía, una literatura, una música o un arte de alguna importancia?»[32]Ibíd., p. 375. Porque no se trata de ateísmo. Es sólo una cuestión de ira y miedo. Miedo furioso ante la noche que nos espera. El filósofo sabe, sin embargo, que la muerte es la que «olfatea su presa creativa» y que «la lucha con el ángel misterioso […] ha sido un arquetipo de la creatividad humana»[33]Ibíd., p. 362. La ira asustada de Steiner debe conducirnos a un silencio susurrante. Nunca ha dicho tanto como para optar por el silencio y dejar el verdadero sentido de su pensamiento a la discreción de su lector.

Todo sucede en la lectura que el hombre hace de su abandono y en la escritura ofrecida, siempre intransitiva. Pues el Lector Supremo no lo es. El pueblo judío después de la tragedia no rezará a Dios sino por Dios. Etty Hillesum escribió una vez en su diario, con una ironía descarnada, que es Dios quien necesita a los hombres. Pues bien, su sarcasmo nunca alcanzó la fuerza de la ira de Job, que bien podría ser similar a la de Steiner. La pregunta del hombre ante Dios es: ¿Por qué? Y Dios no responde. Es el hombre el que va a soplar la Palabra a partir de ahora: «la única respuesta del hombre, pero indestructible, es la de las palabras, de la gramática en la que está escrito el libro de Job: un lenguaje que Dios debe hablar si quiere ser escuchado»[34]STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 46. Steiner invierte la tragedia y hace que la creación humana vuelva a ser admirable, en tanto que desafía a Dios. La grandeza del hombre reside en su desgracia. La muerte es creativa y puede hacer cantar a Dios. Dios no tiene el privilegio de la muerte, ni del miedo.

¿Son ciertas estas anécdotas de fracaso en las que nos sume Steiner, estas crónicas de abandono? ¿Es todo real o se trata, por el contrario, de exponer el poder mistificador de la escritura, de su objeto metafórico que falsea, incluso, la indiscreción, la exposición? Nada de eso importa aquí. Nada de eso importa ya. Lo principal es que se invita a los lectores a vivir vidas de escritura paralelas. El impulso orgánico del lenguaje inspira el pensamiento, las palabras son viscerales o eróticas, carnales o fisiológicas, imaginan o gritan. No importa ya porque Los libros que nunca he escrito, que no es el último libro de Steiner pero sirve como testamento –pues testificar es, al final, hablar de aquello que no se ha hablado, que no se ha podido hablar hasta el momento en que se testifica- declina una gramática del asentimiento, como última oportunidad para que Dios salga de su silencio y cante en la mañana. La ira silenciosa de Beckett o Celan es aterradora. Pero el miedo sigue siendo la riqueza del hombre, del que espera convertir en receloso a Dios. Celan habla, con la voz de todos los muertos, incluido el lenguaje: «Alabado seas tú, Nadie. / Por amor a ti queremos / florecer. / Hacia / ti»[35]CELAN, Paul. 2002. «Salmo», en Obras Completas. Madrid: Trotta, p. 162. El libro de George Steiner se retrae, aísla, aleja incluso, en un silencio que es sólo de la medianoche, sobre la flor sin nombre de Celan, una flor sin matiz para ser nombrada. Así que lo escribe para luchar contra la soledad y la claudicación de la obsesión intelectual. Qué importa el resto, mientras no falten la imaginación o la fantasía. Nos hemos rendido a la apuesta de Steiner, que no es tanto hacernos creer lo que dice como sí hacernos reflexionar sobre lo voluptuosamente humano de lo que no hacemos. La adhesión, como el entusiasmo, también se mueve a partir de lo que se ha desprendido (liberado) en nosotros. Porque no queda nada más por decir, o hemos dicho –por eso también dejado de decir— demasiado en esta noche confesada, revelada.

Referencias

Referencias
1 STEINER, George. 2008. My unwritten books. New York: New Directions, p. 52 (aunque existe traducción española, hemos preferido utilizar la nuestra)
2 Ibíd, p. 176
3 Ibíd., p. 186
4, 23 Ibíd., p. 122
5 Ibíd., p. 94
6 Ibíd., p. 55
7 Ibíd., p. 108
8 Ibíd., p. 54
9 STEINER, George. 1993. Presencias reales. Barcelona: Destino, p. 24
10 Ibíd., p. 29
11 STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 42
12 STEINER, Presencias…, Op. Cit., pp. 61-62
13 STEINER, George. 2000. La barbarie de la ignorancia, en diálogo con Antoine Spire. Madrid: Mario Muchnik, p. 120
14 STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 202
15 Ibíd., p. 188
16 Ibíd., p. 206
17 Ibíd., p. 105
18 STEINER, Presencias…, Op. Cit., p. 14
19 STEINER, George. 2010. Grammars of creation. London: Faber & Faber, p. 1
20 STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 195
21 STEINER, George. 2007. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. México: FCE, pp. 34-35
22 STEINER, My unwritten…, Op. Cit.,p. 96
24 Ibíd., p. 112
25 STEINER, Grammars of…, Op. Cit., p. 150
26 STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 108
27 STEINER, George. 1987. Antígonas. Una poética y una filosofía de la lectura. Barcelona: Gedisa, p. 21
28 STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 209
29 Ibíd., p. 20
30 STEINER, Grammars of…, Op. Cit., p. 149
31 Ibíd., p. 146
32 Ibíd., p. 375
33 Ibíd., p. 362
34 STEINER, My unwritten…, Op. Cit., p. 46
35 CELAN, Paul. 2002. «Salmo», en Obras Completas. Madrid: Trotta, p. 162

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