Un par de ratones que correteaban por la agrietada bóveda de la iglesia sacaron a la luz unas pinturas al fresco. Antiquísimas y de mérito, aunque nada se sabe de cierto porque el párroco despidió con prisas a los albañiles y prohibió la entrada al templo. Seguidamente se inició una procesión de curitas de clergyman que culminó con el mismísimo señor obispo. En el pueblo temíamos y codiciábamos un milagro a partes iguales y, por la picazón de la curiosidad, los de la cuadrilla organizamos una expedición nocturna. Había unas lonas que tapaban las imágenes y estaba oscuro, así que no nos ponemos de acuerdo. Paco dice que era la Ascensión de la Virgen y otros que una lapidación de San Esteban, pero yo juraré, aún en mi lecho de muerte, que vi claramente el gigantesco índice de un mono aproximándose a la pálida mano de Adán.
Artículos relacionados
Confines varios
20 julio, 2026
Quería ser un pez
17 julio, 2026
Que no son gigantes, sino molinos de datos
13 julio, 2026
Pérdidas irreparables
10 julio, 2026