César Simón y el jardín de la eternidad

A menudo, se debate sobre el lenguaje y la emoción en la literatura, como si la técnica y el uso pragmático del uno fueran contrarios a la humanidad y transcendencia de la otra; de tal modo que no pudieran coexistir en un todo, más allá de convertirlos en rivales y “echarlos a reñir”. Quizás porque me muevo en un subsistema repleto de etiquetas, donde un diagnóstico parece la panacea, cada vez huyo más de las categorizaciones pues, a mi entender, no aportan tanto como aparentan. Esta tendencia viene de lejos e, incluso, puede que su sentido sea puramente organizativo, igual que dividimos los conocimientos en asignaturas o disciplinas, enfrentando a “los de Ciencias” y a “los de Letras”. Acaso, ¿no sería más enriquecedor aunar miradas y no establecer tantos límites? Sí, pero habría que desbaratar por completo el tapiz y no todos amamos tan profundamente como lo hizo Penélope; porque, al fin y al cabo, “¿qué hilandera desteje lo que teje?”[1]SIMÓN, César. 1997. El Jardín. Madrid: Hiperión, p. 21.

Esta reflexión se ha apoderado de mí desde que, hace unos días, leí “El jardín” de César Simón (Valencia, 1932). A raíz de entonces, no he dejado de vincular lenguaje y emoción en su libro de poemas. Además, aludo directamente a la empatía del lector para conectar con el escrito, como capacidad o competencia indispensable de fusión con él. En este caso, la tarea del que lee va más allá del entretenimiento o análisis sintáctico, pues se trata de caminar por un jardín primigenio y futuro, insondable como el Big Bang, velado a los ojos secos de la prisa y del vertiginoso devenir del presente.

Para Simón, la observación es la brújula y el faro que nos lleva por la senda diaria, adonde quiera que nos dirijamos. De la mano de la instrospección, se extienden a un nivel superior -más allá de los cinco sentidos- que ayuda al ser humano a profundizar en sí mismo y en el mundo que lo contiene. Menciona la noche, donde sólo cantan los grillos y la mecedora se asemeja a un metrónomo que marca cada segundo ignorado; “la hora espectral”[2]Ibíd., p. 13 donde confluyen los tiempos, las eras, lo que es y lo que fue, lo que será. Ese instante sólo lo habita la soledad y las sombras de otras existencias desconocidas, que palpitan en el pulso de cada criatura terrestre. Sólo ese estado de “hipnosis del despierto ensimismado”[3]Ibíd., p. 11 nos puede acercar a nosotros mismos, hacer que estrechemos vínculos más allá de lo tangible; pues lo material puede taponar conductos básicos y ejercer de barrera para la percepción.

Con este conjunto de poemas, el autor penetra más en el cosmos, pero también lo hace con una mirada sumergida en la penumbra, presintiendo un final próximo.

De tal modo, sugiere al lector las cuestiones que nadie aún puede resolver: ¿adónde vamos?, ¿por qué estamos aquí? No lo hace con la pretensión de encontrar respuestas, sino con la certeza de que ésta es la herramienta para sondear lo más humano de cada persona como ser íntimo e individual. Todo resulta un enigma, probablemente sea mucho más lo que busquemos que aquello que vamos a hallar. El cuerpo pasará y la luna seguirá siendo el puerto de las ruinas de la eternidad; una morada de cráteres que nos llama sin voz en noches en las que no podemos dormir o vamos de vuelta a casa, para susurrarnos en otro idioma cada secreto. Lo recóndito, lo remoto, no son simplemente átomos dispuestos por la mano de Dios. Puede que la Nada sea mucho más vasta y plantee incógnitas que subestimamos. Para el autor, sin duda, constituye un lugar de plenitud tras el recorrido y así se atreve a considerarla: “Nada definitiva, qué cálido es tu lecho”[4]Ibíd., p. 61.

Simón sintetiza la emoción con pocas palabras, en una comunión perfecta. Sus versos carecen de filigranas y cascabeles, con un lenguaje preciso –en absoluto, rimbombante- y asequible al lector. Sin embargo, podemos optar únicamente a una lectura mecánica o superficial o, por el contrario, entregarnos a un pausado bucle en el que cada uno decide cuántas espirales quiere surcar. De nuevo, dependerá de quién tome el libro entre sus manos, acercándose al momento vital en el que lo escribió el autor o centrándose en el suyo propio. De igual forma, “El jardín” será el hilo conductor, la oportunidad de traspasar alguna puerta cerrada o ya entreabierta.

Su poesía empezó a publicarse tarde y ha quedado fuera de manuales de referencia, por lo que resulta inaccesible en ocasiones. Algunas de sus obras son “Pedregal” (1971), “Erosión” (del mismo año), “Estupor final” (1977) y “Templo sin dioses” (1996), que ganó el Premio Loewe de Poesía. En todas ellas reside ese poso de reflexión y contemplación de lo cotidiano, y un claro carácter filosófico. Aunque cronológicamente perteneció a la generación segunda de posguerra, comenzó a publicar con posterioridad, ya en los setenta.  Su infancia estuvo enmarcada en la Guerra Civil y pudo ser uno de los muchos niños que marcharon a Rusia, pero su madre rehusó dicha posibilidad. Con dieciséis años, conoció a su primo Juan Gil-Albert, que volvía entonces del exilio, y este hecho fue crucial en su vida; tanto que se doctoró con una tesis sobre él.

Pareciera que para César Simón la poesía, además de una práctica literaria, hubiera significado una experiencia, una actitud, un comportamiento, una forma de ser. Porque el poeta, el novelista o el dramaturgo han de situarse en la autenticidad, en el desgarro de la desnudez sincera cuando ejercen la escritura. De lo contrario, se transformarán en venteros de libros al peso, en malversadores de productos que sólo tienen un fin materialista, alejados de la genuina esencia del arte de la palabra.

Título: El jardín
  • Autor/es: César Simón
  • Editorial: Hiperión
  • Nº de páginas: 72
  • Encuadernación: Tapa blanda

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Referencias

Referencias
1 SIMÓN, César. 1997. El Jardín. Madrid: Hiperión, p. 21
2 Ibíd., p. 13
3 Ibíd., p. 11
4 Ibíd., p. 61

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