Mientras tanto nosotros mismos sucumbimos a la lectura hipnótica de esta trama que se retuerce y multiplica y complica, no con inmadurez repito, sino con una suerte de desprejuiciada osadía literaria. Esta novela es de cuando la novelista irlandesa todavía intentaba lo imposible. Sabemos que su origen está en un viaje por los acantilados de Moher, en Irlanda. El imán del mar, como lo vetado, pudo acompañar a la autora durante ocho kilómetros, en algunos tramos desde más de doscientos metros de altura. Imaginemos que estamos cercados pero por lo infinito. El espacio que recrea Murdoch posee elementos que obedecen a los clásicos del género, por ejemplo la ciénaga misteriosa en la que uno espera oír el aullido de la fiera de Baskerville, o el dolmen que sirve de testigo de una antigüedad tan oscura como inabarcable. Y luego que no, que no es un mar para nadar. Porque en estas aguas de la página nos espera un mar para leer.

El autor sigue con atento pormenor ese camino, esa vía recorrida por el propio Rilke, en la que fue de no poca importancia el encuentro con un músico, con Ferruccio Busoni. Le llega antes que nada con su pensamiento, con sus palabras. Sobre todo cuando Busoni señala que la música es la mediadora entre el tiempo y el no-tiempo, la eternidad. Como que gracias a eso el poeta puede reconocer lo angélico de la música y, por lo tanto, lo que hay de elevado y de abismático en la misma, es decir, de mostración de lo bello y de insinuación de lo horrendo.

Pero es que este librito encantador relata un preludio de la gran historia a la que nos referimos. Me refiero al viaje que realizaron en julio de 1814 Mary Shelley, con sólo dieciséis años, hija de la filósofa Mary Wollstonecraft, que murió en el parto de la niña, y del gurú del anarquismo Wiliam Godwin. Su acompañante es un joven poeta Percy Bysshe Shelley, que está a punto de cumplir veinticuatro, y la hermanastra de la primera, Claire Clairmont, que será a su vez amante de Lord Byron. Percy y Mary han iniciado un romance bastante escandaloso en Inglaterra, ya que el poeta está casado. Y todo este viaje es una especie de fuga y de reto hacia la buena sociedad de la isla que han dejado atrás.

Hace algún tiempo, buscando información sobre Hans Bellmer en Internet, una impactante fotografía me sobrecogió por la crueldad de su exposición: un cuerpo de mujer desnudo, marcado por la tirantez de un cordón que la rodeaba y estrangulaba del cuello a los tobillos. La palabra que se impuso en mi mente fue “sumisión”, pero Bellmer…