
Resulta curioso cómo cada uno de nosotros nos fijamos en algo distinto al ver a alguien por primera vez y, si se da la circunstancia de describir o evocar al susodicho, un atributo, un gesto o un comentario se transforman en el elemento esencial, casi único, que lo definen. Según parece, la mayoría solemos detenernos en los ojos, mientras que un pequeño porcentaje lo hace en la boca o en el conjunto del rostro. En realidad, es tan común porque constituyen el punto focal mediante el cual calibramos, de un vistazo, al otro: intenciones, nivel de confianza y seguridad, interés, posibilidad de conexión. Elena Garro (1916-1998), en “Un traje rojo para un duelo” (1996), utiliza los ojos como espejo del alma –ya sea manantial, charco o cloaca- y rasgo de personalidad. “Los ojos rubios del muchacho”[1]GARRO, Elena. 2025. Un traje rojo para un duelo. Valencia: Bamba Editorial, página 9 o aquellos en los que “estaba el pasado impenetrable que convertía a la casa entera en un lugar donde se hubiera cometido un crimen”[2]Ibíd., página 17 son pedazos de cada uno de los personajes que transitan por este pasaje del terror –de ese que tejen los vínculos malsanos y que hieren el meollo de los seres humanos-, porque las miradas que ofrece la autora mexicana son capítulos en sí mismas, vetas cuya concentración más valiosa son las identidades, los traumas, las necesidades y los sueños.
Aunque Elena Garro la concibió como una obra de teatro en 1965, tuvo miedo de publicarla en aquel momento, ya que vivía acosada por la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y, también, porque es probable que abordara en ella aspectos relacionados con el tormentoso matrimonio que mantuvo con Octavio Paz; así como, por las coincidencias que ligaban a Josefa Lozano Delgado –la que fue su suegra- y a Pili, la abuela de Irene, la protagonista. Las represalias de su exmarido y de los medios oficiales mexicanos no tardarían en llegar, si revelaba aspectos de su vida en común. Y ella no lo ignoraba. En una ocasión, comentó que “la censura interior paraliza la mente y la mano”[3]Ibíd., página 97 y en esto es bastante parecida a Natalia -la madre de Irene-, hostigada por Pili –su suegra- y por Gerardo –su marido-. Ésta quiere actuar como un ser libre, casi salvaje; pero tras años de doma, de tratar de ser veloz y escurrirse, prácticamente ha sucumbido a la invisibilidad. “Soy un rompecabezas revuelto, déjame que acomode las piezas”[4]Ibíd., página 22 y eso molesta al hombre que tiene a su lado. Su aparente seguridad, su belleza, sus aspiraciones y esa forma de entender el mundo le provocan rabia y deseo a partes iguales. Nadie la conoce, realmente; ni comprende su posición al margen de los problemas, pero siempre alerta a enemigos imaginarios. Natalia y Elena podrían ser, a grandes rasgos, sosias situadas en planos diferentes.
El manuscrito pasó por varias fases: pieza teatral, cuento y, finalmente, novela corta.
Nació en México, viajó a Estados Unidos, creció en España y concluyó en Francia. Por fin, vio la luz en su país de origen. Como todo proyecto importante, experimentó su propia metamorfosis. Y eso es lo que, en definitiva, arrojan sus páginas: un traje rojo que personifica el rito de paso de la inocencia a la edad adulta. Irene aún es una niña, pero ha de desprenderse de ese rol, porque la adolescencia la empuja sin contemplaciones a escenarios poco amables: la separación de sus padres, las críticas sobre su madre, la obediencia a la figura paterna, el celo de su abuela Pili, las ganas de huir, la muerte de su abuelo y la sensación de vacío. Cambios y pruebas que la obligan a analizar situaciones y a decantarse por una u otra actitud, sin tener muy claro qué quiere o qué debe hacer. Este aprendizaje –doloroso, erosivo- será fundamental en la transición, tan necesaria, como inevitable. Puede que haya segundas oportunidades, pero las heridas quedarán en algún resquicio de sus entrañas, como fósiles antiguos que habitan en el subsuelo y nos recuerdan de dónde venimos y a qué pertenecemos. Lo más difícil será tomar su propio camino, pues la familia reclama, pesa, determina, y ella aún se asusta “ante la voluntad de poder de sus ojos de piedra”[5]Ibíd., página 94, ante la autoridad perenne de Pili.
Pili es el motor del mal y Gerardo, su instrumento. La manipulación emocional se erige, a menudo, como una de las armas más utilizadas en las relaciones basadas en la dependencia. El sacrificio como deuda, hacer dudar al otro de sus propias percepciones y el chantaje como forma de control son algunos de los mecanismos más frecuentes. A esto hay que añadir las secuelas asociadas a años de maniobra, que conllevan a una dinámica peligrosa. Gerardo no dejará de atormentar y de humillar a Natalia, porque no conoce otra forma de amar. Es la herencia que le ha dejado su madre: culpa constante, baja autoestima, contradicciones, frustración y hostilidad. También Irene sufrirá las consecuencias, pues su padre, de forma sutil, la comparará con su madre; ya sea para subrayarle que no es tan guapa como ella, o para evitar que se sumerja en la misma “locura”.
Pili es un insecto negro que aparece y desaparece, acechando a la muchacha, robándole la tranquilidad y el descanso. En medio del caos, observa a través de las paredes y de los kilómetros que separan su casa del domicilio materno; una maldición con la que tendrá que lidiar dentro y fuera de sí misma. En este sentido, la escritora deforma la realidad –como ya hiciera Franz Kafka-, sobredimensionando de manera simbólica la presencia de un bicho pequeño, que el personaje principal podría aplastar en unos pocos segundos y que, sin embargo, la paraliza. Irene es espiada y juzgada sin descanso. Está aislada dentro del núcleo familiar, aquel que debería aportarle seguridad e incondicionalidad.
Elena Garro falleció el 22 de agosto de 1998. Precursora del realismo mágico, marcada por el exilio y por el desprecio de los círculos literarios de su época, era una apasionada de la danza, de los gatos y del teatro. Periodista, guionista, activista, acumuló el mismo número de seguidores que de detractores. Frente al ataque, escogió un traje rojo que la envolviera en llamaradas, permitiéndose bailar al ritmo de su propia melodía.
| Título: Un traje rojo para un duelo |
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