Salvo por los inusitados órdagos lanzados por Tezanos desde su atalaya del CIS, a tenor de la totalidad del resto de encuestas incluidas por si cupiera alguna duda las auspiciadas por los pocos medios progresistas que aún quedan en la esfera mediática, las próximas elecciones generales en España traerán una abultada victoria de las opciones neoliberales, ultranacionalistas y conservadoras.
Más o menos como viene ocurriendo en el resto de Europa, en una renovada versión de lo que ocurriera durante el periodo de entreguerras del siglo pasado como respuesta a las crisis desatadas entonces y con las consecuencias que todos conocemos.
Hoy, incluso, tal como ocurre allende de nuestros mares con fenómenos como los de Trump, Milei, Bukele o hace solo unos días con la victoria de la hija del ínclito Alberto Fujimori, con el presunto alegato a la seguridad de su país, del mismo modo que lo hiciera su padre en 1990, por mucho que se eche la vista atrás a todo lo que aconteciera después en tierras peruanas.
Pero volviendo a la escena nacional y ante semejantes evidencias cabe preguntarse cómo un representante tan cualificado del PSOE, como es el caso del presidente de Castilla la Mancha, Emiliano García-Page, manifiesta sin tapujos la necesidad de una convocatoria electoral inmediata a sabiendas que ello supondrá una contundente victoria de la derecha política y una abultada derrota de su propio partido.
Lejos de lo que pretenda aparentar García-Page como un ejercicio de higiene democrática, a sabiendas de lo que podría constituir a la larga su suicidio político, parece más fácil imaginar que lo que oculta son otros intereses que, desde hace tiempo, sobrevuelan de manera insistente la escena política española.
Cabe recordar ahora que Pedro Sánchez fue despreciado como un juguete roto tras rebelarse a la estrategia del PSOE de presentarlo como un adalid del mismo cuando en realidad solo se le había reservado un rol secundario de la lideresa andaluza Susana Díaz.
Arrojado a los infiernos por su partido, defenestrado por Felipe González y la mayor parte de sus baronías, Pedro Sánchez se enfrentó a sus predecesores -incluso al ahora damnificado Rodríguez Zapatero-, prácticamente en solitario, hasta que con el único aval de los afiliados consiguió recuperar la secretaria general del partido.
A partir de ahí Sánchez se convirtió en un apestado para Felipe González y toda su corte, incluido el propio García-Page, iniciándose una sórdida campaña de desprestigio del mismo, hasta ese momento por cuestiones meramente personales.
Pero tras el fracaso del acuerdo con Albert Rivera, que hubiera dado continuidad al modelo felipista y con ello la consolidación de la renuncia a los postulados más elementales de la socialdemocracia, y el giro obligado por sus propias bases a favor de las tesis progresistas que conllevó su alianza con Podemos en el gobierno de coalición de 2020, puso de forma abrupta y definitiva en el disparadero a Pedro Sánchez ante la fracción más conservadora de su partido encabezada por el propio Page con el auspicio de la vieja guardia del mismo.
Ya hemos referido y es algo que resulta incuestionable visto el desarrollo legislativo desde entonces, que de no haber sido por la entrada en el gobierno en primer lugar de Podemos y más tarde del Movimiento Sumar, las iniciativas sociales y laborales de carácter progresista que se han dado los últimos años hubieran sido imposibles de no mediar los mismos.
Nadie, salvo obviamente los medios conservadores por cuestiones de estrategia política, pone en duda que de haber sido por Pedro Sánchez y el PSOE, por poner solo dos ejemplos, el Salario Mínimo Interprofesional seguiría muy lejos de ese 60 % de la renta media que desde hace 30 años recoge la carta social europea -PP y Vox han votado reiteradamente en contra-, o las pensiones no se hubieran garantizado con respecto al IPC, lo que viene a corroborar que, tal como pronosticamos en esta misma tribuna desde el primer momento, el gobierno de coalición iba a sufrir un furibundo acoso y derribo de las fuerzas liberales conservadoras que han controlado la escena pública y política española desde la Transición.
De lo que el propio Felipe González ha venido dando buena cuenta tras abrazar los postulados consolidados en la Unión Europea desde finales del siglo pasado que cerrarían definitivamente el paso al laborismo y la socialdemocracia con Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schröder a la cabeza en Alemania.
Efectivamente, Pedro Sánchez, como lo hubiera sido cualquier otro -al margen por completo de las presuntas tramas que le rodean-, no es más que el chivo expiatorio en tanto primer ministro de un gobierno que nada contracorriente no solo en la escena nacional sino en la internacional como principal oponente a las estrategias de toda índole de Trump, el genocidio del pueblo palestino o la forma de afrontar la crisis energética y en general frente a los movimientos políticos en boga en la actualidad.
En medio de tan frenético asedio García-Page representa la última posibilidad de que el PSOE pueda seguir manteniéndose de alguna manera en candelero al albor de una propuesta que, desde hace años, sobrevuela la escena política española y que auspiciada por dos referentes del establishment como José Mª Aznar y Felipe González, planea un gobierno de coalición PP-PSOE para que nada cambie y todo siga igual pero que quede al margen una fuerza tan peligrosa y desestabilizadora como Vox.
Para ello es necesario el hundimiento de Pedro Sánchez y cuanto antes mediante una pronta convocatoria electoral de tal modo que impida, por remota que sea, la posibilidad de que el espacio que queda a la izquierda del PSOE pueda armarse en la forma debida.
La presumible debacle de Sánchez le abonaría a su dimisión irremediable y la de todo su equipo -si no, a buen seguro, la judicatura pondría todo lo necesario de su parte-, y con ello la incorporación a la cúpula de lo que quedara del PSOE de los elementos más serviles capaces de fraguar una alianza con el PP con la consabida excusa de evitar la entrada de los ultranacionalistas de Vox en el gobierno.
Un esperable paripé negociador y presuntas cesiones por ambas partes que no se verían nunca consolidadas, salvo en cuestiones menores de poco o nulo alcance.
Como quiera de ello el PSOE acabaría perdiendo relevancia, una cuestión menor para el caso, como ha ocurrido en los países donde se ha dado semejante acuerdo -el ejemplo más flagrante es el de Alemania tras años de coaliciones entre la CDU y el SPD-, ante la deriva neoliberal, el abandono de las tesis socialdemócratas y el rechazo de la mayor parte de su base electoral.
Los partidos socialdemócratas, salvo en el caso de Suecia, España, Portugal y Malta han resultado la fuerza minoritaria los últimos 50 años en el contexto de la Unión Europea -Jacques Delors fue en 1995 el último presidente del Grupo Socialista en la Comisión-, y aunque la poderosa industria mediática haya inducido la falsa idea de que todos los males del mundo actual son culpa de la izquierda no es menos cierto que desde que esta resultó abducida también por el neoliberalismo ha acabado siendo víctima del rechazo de su tradicional electorado.
No hay mayor dechado de ello que el del Partido Socialista francés (PS), históricamente el partido socialista más poderoso de Europa, relegado a la irrelevancia en la Asamblea Nacional de Francia en 2017 cuando pasó de 314 a 30 diputados.
¿Acabará cosechando el PSOE su misma suerte?
Por último, a pesar de las repetidas coaliciones en Alemania entre la CDU y el SPD, la AfD, el partido de derecha radical que niega las atrocidades del nazismo, encabeza las encuestas electorales al día de hoy en el país más poderoso de Europa. Luego la pregunta más sugerente que queda por hacernos no puede ser otra que: ¿Acaso resulta suficiente una coalición liberal-socialdemócrata sin más para frenar la ola reaccionaria?