Un portulano de llanto

Comentario a CHRISTLE, Heather: El libro de las lágrimas. Editorial Tránsito, Madrid, 2020.

Los portulanos representan la época más hermosa de la cartografía, entre los siglos XIII y XVI, pero también la más imprecisa, subjetiva e incierta. La pregunta entonces es la de si podemos tener un conocimiento de lo real que no sea, de suyo, impreciso, subjetivo e incierto. Es lo que plantea la magnífica poeta Heather Christle, en una obra que parece nacida para hacerse clásica: «Este libro empezó hace cinco años, cuando me planteé que aspecto tendría un mapa de todos los lugares donde había llorado; fue una idea que trasladé a mis conversaciones con amigos sin saber cuántos años y páginas crecerían a su alrededor, sin saber cuánto cambiaría mi visión sobre las lágrimas.»[1]CHRISTLE, Heather: El libro de las lágrimas. Tránsito, Madrid, 2020, p. 6. Las cartas portulanas no son en realidad mapas, sino un álbum de puertos, de oportunidades y momentos. En este sentido, debido a su naturaleza fragmentaria, como una colección de circunstancias, un portulano estaría entre el mapa propiamente dicho, que es una mera abstracción, y el territorio. Si tuviésemos a Gilles Deleuze a nuestro lado, tal vez nos soplase, con su voz irónica y cavernosa, que el mapa es liso mientras que el territorio es estriado. Y la carta portulana, con la que identifico el ensayo de Christle, sería un tejido intermedio. Ahora bien, si juntamos todos los instantes de llanto, como si acumulamos los puertos, tenemos el mundo; contaríamos con la ontología de las lágrimas, aunque sea de una manera descabalada, alterada por la memoria. Obligados por esa exactitud poética, que a veces nos parece tan inexacta debido a nuestra ceguera, o a lo que Walter Benjamin, que probablemente era un experto en lágrimas, llamaría la pobreza de experiencia.

El humor de Heather Christle, su extraña habilidad para construir la forma a partir de elementos heteróclitos, incluso incompatibles, la emparenta con Anne Carson, a quien de hecho cita al menos dos veces. Pero es que este libro, como cualquier portulano, incluye también repeticiones, figuras especulares y reverberos. El último fragmento, sirve como muestra suficiente de esa irónica tesitura para la stravaganza: «Si tienes ideas o pensamientos suicidas, recuerda que hay personas con las que puedes hablar. Llama al 7170037 17 y te ayudarán.» (p. 175). Consolador mensaje, por eso se les llama teléfonos de la esperanza, pero también, al mismo tiempo, ocasión de lágrimas. Pues ningún número salva cuando lo que nos urge es un nombre.

¿A quién podríamos llamar de verdad sino a Dios, cuando la aflicción nos asedia? Emil Cioran, principesco virtuoso del pesimismo, escribió uno de sus libros más bellos, no en el exilio parisino del triunfo mundano, sino en un retiro rumano de angustia y paradoja, y lo dedicó a las lágrimas y a los santos, y nos dice, en ese terreno intermedio, en su portulano, que no es el mapa del ateísmo ni tampoco el territorio de la creencia: «Nadie cree en Dios sino para escapar al atormentador monólogo de la soledad. ¿Podríamos dirigirnos a alguien más? Él parece alegrarse de nuestro diálogo y no le ofende que le hayamos escogido como pretexto teatral de nuestras tristezas solitarias. La soledad sin Dios es una completa locura. En él al menos ponemos nuestros extravíos, sanando así nuestro espíritu y nuestro corazón. Una especie de pararrayos. Porque Dios es buen conductor de la tristeza y la desesperación.»[2]CIORAN, Emil: Lágrimas y santos. Hermida, Madrid, 2017, p. 45. Estos teleoperadores del consuelo son el más obvio recordatorio de la desertización teológica del presente. Y es un golpe de genio, como el último acorde de una balada triste, un poco loca y perversamente naif, el que elige Christle para cerrar su itinerario. Por si nos ha dado pesadumbre, aunque  lo hayamos devorado con los ojos chispeantes y una permanente media sonrisa, a lo que ayuda sobremanera la acogedora edición. Estimulante y depresiva, suministradora del estímulo de la depresión. En esto me recuerda Heather Christle a Cioran, si es que se puede comparar, sin dar un salto mortal, al mejor heredero de los moralistas francesas, con esta inteligente pitonisa, disfrazada de ese muñeco un poco raro y kawaῑ, que nos conmueve en una tarde de lluvia mientras escuchamos canciones de Belle & Sebastian en un tocadiscos. Pero se trata de un señuelo. Leed si no la denuncia sobre el extraño y pernicioso poder de las lágrimas de la mujer blanca sobre la población afroamericana. O cómo las aportaciones de la psicología cognitiva al estudio de las lágrimas poseen un significativo sesgo de género. La figurita kawaῑ, como algunas de las que atesoraba mi hija Alicia, después de haber practicado toda suerte de sevicias con su panoplia de Barbies, promete ser también capaz de certeros golpes al patriarcado racial. Cioran por el contrario tiene una relación más clásica con respecto a la infancia. La de quien recuerda el paraíso a la vez que su pérdida, según la clásica herida melancólica que, según él, es la propia del conjunto de la humanidad, lo sepa o no, y que hace que explore una y otra vez, en sus diarios, la cercanía de las plegarias con las lágrimas. Advertimos que hay una correlación entre las lágrimas derramadas y las plegarias atendidas, puede que la santidad consista en vivir según esa correlación para Cioran, y por ello no puede aspirar a semejante galardón: «¡Cuántas horas no habré pasado pensando en las lágrimas que no he derramado, que no he podido derramar.»[3]CIORAN, Emil: Cuadernos 1957-1972. Hermida, Madrid, 2020, p. 360.

Las atenciones que recibe Christle son confusas, hechas de luz y de sombra. Pues comienza con un aborto, que es el epítome del fracaso y de la pérdida, y que será también el anuncio de otra pérdida, de la futura muerte del amigo: «Después del aborto sangré durante semanas. Una noche con tanta intensidad que me asusté. Llamé a la clínica y me dijeron que fuese a Urgencias, pero no tenía dinero. Llamé a Bill y vino a mi casa. Se pasó la noche en mi cama, mientras yo lloraba, sangraba y lloraba. Fue la única vez que nos besamos» (p.15). Me pregunto si lloraban con suficiente ropa, porque, como ella misma menciona, «llorar ya es desnudarse» (p.87).

En su álbum, que parece escrito por una persona de llanto fácil a la que le resulta difícil sin embargo presumir de ello, reconoce sólo tres tipos de lágrimas, las basales, que son sobre todo lubricantes, las irritantes, que actúan como defensa del ojo frente a un objeto extraño, y las psicogénicas, que expresan emociones (pp. 94-95). Es decir, tiene en cuenta lo qué hacen, sin otorgarle a la causalidad emotiva un valor característico. De tal manera que esa ausencia viene a taponarse con el dónde y el cuándo de su particular carte de tendre o mapa de la ternura.  La antropología filosófica, de la mano de Helmuth Plessner, pretende estudiar todas las variedades del llanto afectivo. Sirva como ejemplo el cuarto tipo: «Es representado por el llanto suelto de la dulce melancolía, anhelo, suave tristeza. El hombre acepta las lágrimas con gusto. Manan unas veces desde la profundidad del sentimiento íntimo como dulces lágrimas, y otras desde una menor hondura como lágrimas de alivio y de compensación. La estructura interna es relativamente unitaria, abierta y sin contornos. Domina un sentimiento de elevación y dicha, cuando el hombre se entrega al llanto en estas ocasiones.»[4]PLESSNER, Helmuth: La risa y el llanto. Investigación sobre los límites del comportamiento humano. Trotta, Madrid, 2007, p. 138. Heather Christle se sirve de un lenguaje binario, el de la ciencia (el de la clínica) y el de la poesía, de tal manera que en esa sucesión de sístole y diástole, va generando su propio idiolecto, hecho de memoria, de sorpresa, de angustia, también de daños. Probablemente objetaría su insatisfacción ante el lirismo filosófico de un Plessner, que parece delatar cierta imposibilidad, como hace muchos años me aseguraba Daniel Innerarity, para hacer fenomenología de piel para adentro. No creo que sea un síntoma ni un error. Lo que constatamos en la labilidad del lenguaje, llegados a este punto, es que hemos tropezado con los límites (Grenzen). Reír y llorar son un paso al límite de nuestra experiencia mundana, y por lo tanto, hay en ello un cierto anuncio de lo ilimitado (Das Grenzenlose), que, de alguna manera, funde o disuelve el lenguaje analítico y categorial.

A diferencia, como hemos visto, de Cioran, Heather Christle apenas habla de místicas y santas.

Con la excepción de Margery Kempe (siglo XV), de llanto casi incesante, y cuya autobiografía, la primera escrita en lengua inglesa, comienza, de manera especular con respecto a nuestro libro, con las dificultades de su primer parto. Y Kempe le pide a Dios que no le falten lágrimas: «Lorde, I wolde I had a welle of teerys to constreyn thou wyth (cap.57)». Señor, deseo poseer un manantial de lágrimas con el que constreñíos.[5]The Book of Margery Kempe. Medieval Institute Publications, Kalamazoo (Michigan), 1996. A propósito de las visiones de ella, no olvidemos que fue amiga de Juliana de Norwich, Heather Chistle nos recuerda que su espectacular llanto era auténtico porque, en el fondo, todas las lágrimas son lágrimas reales (p.124). Me parece a mí que esa mención al llanto como lo real, no como lo verdadero o lo falso del lenguaje proposicional, sino en cuanto eso real performativo, que es independiente de la verdad o la falsedad, aunque en cierto modo la efectúe, nos conduce a ese pensamiento de los límites, que planteábamos desde Plessner. Me pregunto si esto real performativo no es consustancial a la oración no menos que a las lágrimas, y si en esa plegaria de Margery Kempe no se produce también una suerte de redundancia, como la de llorar desnudo. El don de lágrimas es, en cualquier caso, un carisma transversal para diferentes religiones. Sobre todo ateniéndose a la tradición hebrea, Catherine Chalier ha escrito hermosas y ya imprescindibles palabras sobre ello: «El Talmud enseña así que si todas las puertas del Cielo parecen cerradas herméticamente incluso a las oraciones más ardientes (même aux plus ardentes prières), las lágrimas pueden abrirlas a pesar de todo, según la palabra del Salmo: «No estés sordo a mis lágrimas (el dimati al teheresh) (39,13). Rashi subraya además que, puesto que está escrito «no estés sordo»-y no «mira»-, eso significa que Dios oye las lágrimas, incluso cuando permanecen invisibles.»[6]CHALIER, Catherine: Traité des larmes. Fragilité de Dieu, fragilité de L’Âme. Albin Michel, Paris, 2008, p. 63.

Las vidas de santos son verdaderos textos de llanto. Por ejemplo la encantadora historia del obispo Porfirio de Gaza, contada por Marco el diácono en el siglo V. No sólo es proclive Porfirio a mezclar plegarias y lágrimas, porque, a diferencia del canto se puede llorar y rezar a la vez, sino que hace llorar a otros, por ejemplo al anacoreta Procopio de Rodas o al eunuco Amantios. Está claro que hace cosas mientras llora; incluso hace llorar.[7]MARCO EL DIÁCONO: Vida de Porfirio de Gaza. Trotta, Madrid, 2008. Pero si es verdad que Dios oye las lágrimas, que todas son reales para su escucha, todavía tendremos que preguntarnos a qué le saben, pues no todas parecen tener idéntico sabor para Catalina de Siena (siglo XIV), a quien le debemos toda una Doctrina de las lágrimas, puede que la mejor proporcionada por la literatura mística cristiana. De hecho el llanto ha de pasar por cinco estados, por cinco pruebas, como si los ojos tuviesen sus propias moradas, aunque en realidad son las del corazón, tal y como se deduce del estado más bajo y despreciable, según Catalina: «Quiero que sepas que toda lágrima procede del corazón, pues no hay miembro en el cuerpo que tanto quiera dar gusto al corazón como los ojos. Si tiene dolor, los ojos lo manifiestan. Si el dolor tiene origen en los sentidos, derraman lágrimas que engendran la muerte, por proceder de un corazón que ama desordenadamente.»[8]SANTA CATALINA DE SIENA: Obras. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1996, p. 210.

De qué te dueles, qué deseas, esas son las preguntas que hemos de hacernos sobre las lágrimas para saber si son de vida o de muerte, de agua o de fuego. Desde luego que Catalina fue una mujer activa, capaz de regalar satíricamente naranjas confitadas al Papa, y de mediar, soldar y unir. Pero esto no es óbice para que se entregue a todos los excesos visionarios, sobre todo a la vista del imperio masculino, removiendo por completo el motivo del alter Christus, es decir, la vocación de todo cristiano para ser otro Cristo, según los extremos del beguinato tal como se da en otras latitudes europeas. Así lo resume André Vauchez: «Para Catalina, la carne de Cristo en la Pasión se hizo carne femenina, y de ella habla como de una vulva que se abre al aguijón (spillo) del deseo, lo que conduce a una especie de inversión de los sexos en la unión mística en la que el alma deviene el esposo y Cristo la esposa que -solo ella- puede colmar su deseo. La imitatio Christi constituye, pues, un planteamiento en el que las mujeres cobran ventaja y hasta gozan de un privilegio, en la medida precisamente en que se vinculan con lo corporal.»[9]VAUCHEZ, André: Catalina de Siena. Vida y pasiones. Herder, Barcelona, 2017, p. 191. Las páginas de Heather Christle, su diario o incluso su pistola de llanto, nos hacen plantearnos muchas cuestiones, revisar lecturas. Ella sabe que las preguntas resultan infinitas: ¿Qué efecto tienen las lágrimas de ave fénix? ¿De verdad lloran los vampiros? ¿Por qué todas las muñecas que lloran son blancas? ¿Cuántas especies animales practican la lacrifagia, es decir, se nutren de lágrimas? Mis preguntas son más viejas, claro, tienen tal vez la terquedad del filósofo. Y ella es una gran poeta.

Título: El libro de las lágrimas
  • Autor/es: Heather Christle
  • Editorial: Tránsito
  • Nº de páginas: 208
  • Encuadernación: Rústica

Referencias

Referencias
1 CHRISTLE, Heather: El libro de las lágrimas. Tránsito, Madrid, 2020, p. 6.
2 CIORAN, Emil: Lágrimas y santos. Hermida, Madrid, 2017, p. 45.
3 CIORAN, Emil: Cuadernos 1957-1972. Hermida, Madrid, 2020, p. 360.
4 PLESSNER, Helmuth: La risa y el llanto. Investigación sobre los límites del comportamiento humano. Trotta, Madrid, 2007, p. 138.
5 The Book of Margery Kempe. Medieval Institute Publications, Kalamazoo (Michigan), 1996.
6 CHALIER, Catherine: Traité des larmes. Fragilité de Dieu, fragilité de L’Âme. Albin Michel, Paris, 2008, p. 63.
7 MARCO EL DIÁCONO: Vida de Porfirio de Gaza. Trotta, Madrid, 2008.
8 SANTA CATALINA DE SIENA: Obras. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1996, p. 210.
9 VAUCHEZ, André: Catalina de Siena. Vida y pasiones. Herder, Barcelona, 2017, p. 191.

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