Laporte no está

El nombre no es el libro, el libro es la unidad a deconstruir, lo real de este nombre está constantemente desplazado por la máquina textual, la Biografía es la definición, la máquina textual, y su paradigma platónico de tejido siempre en la memoria, recordado, es la imagen del nombre. El nombre sería el texto definido por la Biografía, pero el definiens es aleatorio, acarreado por el juego de su diferenciación. El conocimiento sería la lectura a condición de recordar que la lectura y la escritura son lo mismo a través de la diferencia que las constituye. El quinto factor es la escritura, siempre idéntica a sí misma y siempre distinta, a través de la lectura, y en relación con la cual el texto sería el reflejo. Este comentario platónico podría ser acusado de reconducir una forma de dualidad metafísica, pero el texto-imagen es también múltiple y cada lectura reconfigura la identidad y la preserva. El texto es ese φαρμακός que, no siendo ni cura ni veneno –escritura o contraescritura-, se afirma por ambos.

César Simón y el jardín de la eternidad

A menudo, se debate sobre el lenguaje y la emoción en la literatura, como si la técnica y el uso pragmático del uno fueran contrarios a la humanidad y transcendencia de la otra; de tal modo que no pudieran coexistir en un todo, más allá de convertirlos en rivales y “echarlos a reñir”. Quizás porque… Seguir leyendo César Simón y el jardín de la eternidad

Retratos: Bajo el Volcán o sobre una distopía textual de Lowry (II)

Al igual que el Dios de la Cábala debe retirarse para dejar un vacío en el que crear, todos estos mitos apuntan a un desgarro constitutivo de nuestra humanidad y de lo que la trasciende. Tiene nombre, pérdida de la unidad primaria, división de los sexos, fractura entre amor y conocimiento, signo y sustancia. La barranca profundiza así, de forma dramática, en la dimensión de la pérdida y la carencia.

Retratos: Bajo el Volcán o sobre una distopía textual de Lowry (I)

En la superficie de este espacio plano las relaciones narrativas no son de causalidad sino de contigüidad y sucesión recurrente. Todo sigue su curso y se repite, el indio y su caballo marcado con el número siete, la mujer con las fichas de dominó, las cantinas, la barranca, los puentes. El destino del Cónsul está escrito al pie de la letra en la carta de un gigantesco juego de la oca astrológica o se despliega a la manera de una baraja de tarot. Delante o detrás de él, su destino es igual a sí mismo. Porque, como en una película, se puede cambiar el orden de las secuencias pero no las imágenes, todo deviene, entonces, figurativo o prefigurativo.

Por los acantilados de Circe

Mientras tanto nosotros mismos sucumbimos a la lectura hipnótica de esta trama que se retuerce y multiplica y complica, no con inmadurez repito, sino con una suerte de desprejuiciada osadía literaria. Esta novela es de cuando la novelista irlandesa todavía intentaba lo imposible. Sabemos que su origen está en un viaje por los acantilados de Moher, en Irlanda. El imán del mar, como lo vetado, pudo acompañar a la autora durante ocho kilómetros, en algunos tramos desde más de doscientos metros de altura. Imaginemos que estamos cercados pero por lo infinito. El espacio que recrea Murdoch posee elementos que obedecen a los clásicos del género, por ejemplo la ciénaga misteriosa en la que uno espera oír el aullido de la fiera de Baskerville, o el dolmen que sirve de testigo de una antigüedad tan oscura como inabarcable. Y luego que no, que no es un mar para nadar. Porque en estas aguas de la página nos espera un mar para leer.